19 Dic 2007

Una rubia difícil de olvidar

De modo que Solbes y compañía por fin han descubierto que, aunque España entró en la zona euro hace ya un puñado de años, la moneda única no ha terminado de entrar en la mollera de los españoles. En principio tendrán que reconocer que para los alemanes fue mucho más fácil: 1 euro = 2 marcos. Aquí, mientras, tuvimos que desempolvar los céntimos y volver a manejar decimales sin más cursillo que el que nos dieron los García. ¿Alguien se acuerda? Era una familia de dibujos animados con la que el Gobierno de por entonces intentó convencernos de que lo del euro estaba chupado y era algo que se entendía con una explicación del tipo Barrio Sésamo.

No hizo falta mucho tiempo para darnos cuenta de que, como pasa con la fuerza de los caballeros Jedi, el euro también tenía su lado oscuro. Resultó que aprenderse el tipo de conversión de las monedas y pasarse el día con la calculadora en la mano sólo servía para llevarse disgusto tras disgusto. Las equivalencias numéricas podían decir misa, pero lo cierto es que enseguida no hubo manera de encontrar un café por sesenta céntimos, que es lo que –según nos dijeron– iban a ser los veinte duros. Y desde aquel día en que nos hizo tanta gracia que por el cajero automático saliesen billetes con dibujos de puentes y puertas, los precios comenzaron a moverse más que Sarkozy con tres ‘red bulls’. Siempre en la misma dirección, la que toma un globo de feria que se escapa de las manos de un niño, y a una velocidad como para provocarle un infarto al director de Tráfico.

Así que en euros el conejo cuesta lo que costaba el lechazo en tiempos de las ¿añoradas? pesetas y, ahora, el corderito lechal cuesta lo que costaban la angulas... y así sucesivamente hasta llegar a los pisos, que cuestan lo que antes los palacetes. ¿Qué va a sucedernos dentro de, digamos otra legislatura? ¿Va el Gobierno a recomendarnos celebrar la Navidad con patatas a la importancia? No será necesario, al paso que vamos dentro de poco no habrá gran cosa que celebrar.

Total, que quienes pueden tomar medidas, en lugar de cumplir con su deber prefieren mirar para otro lado; para el lado del consumidor, claro. Boicot a la pularda, al pavo y, si es preciso, también al pollo. Mientras, por culpa del desmadre de los precios –y también de quienes han situado las finanzas mundiales a la altura de los cubos de basura– el viejo Greenspan ha resucitado uno de esos palabros que tanto gustan a los mandatarios y que ya provoca pesadillas: «Se aprecian los síntomas tempranos de la estanflación», ha dicho. Estancamiento económico acompañado de inflación, a que acojona.

A lo mejor exagero y lo que sucede es que hace siglos que los palentinos tenemos por costumbre pensar aquello de que «a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor». Ay, Jorge Manrique, aunque no lo creas, después de tu muerte hubo una época en la que la lana y el cereal castellanos daban para conquistar América y Europa. Ahora volvemos a los orígenes, a Hispania, tierra de zampadores de conejos.

28 Nov 2007

Puñaladas con preaviso

Miguel Ángel Fernández Ordóñez, el hombre del Gobierno en el Banco de España, también conocido en algunos círculos como ‘el gobernador’ y en otros como ‘el mancebo de Trichet’, descendió el viernes pasado de su coche oficial y subió la escalinata del Palacio del Senado. Tras saludar a los excelentísimos representantes de la ciudadanía que tuvieron a bien ir a trabajar esa mañana, accedió a la sala donde iba atener lugar la comisión de Presupuestos Generales del Estado y tomó asiento. Las decenas de periodistas acreditados pusieron en marcha sus grabadoras y el compareciente les proporcionó el titular del día siguiente. En concreto, dijo algo así (no es literal, pero sí fiel) como: ‘En el caso de que el rebrote inflacionista no remita y produzca efectos de segunda ronda debido a la existencia de mecanismos de indiciación en la fijación de rentas, el Banco Central Europeo se verá obligado a endurecer su política monetaria’.

Algunos de los encargados de transmitir la información, quizás para evitarles un mal rato a sus lectores y que a la mañana siguiente no se atragantasen con la magdalena, optaron por transcribir la declaración tal cual, con absoluto respeto al esotérico estilo de la autoridad económica. Otros, por contra, tradujeron el acertijo a román paladino y dispararon sin piedad ni paños calientes: ‘Si los precios siguen por las nubes y los trabajadores tienen la tentación de pedir que sus salarios suban de manera acompasada, entonces el BCE elevará los tipos de interés y las hipotecas volverán a encarecerse’. Y todo, aunque no entendamos muy bien por qué, se hará porque no queda más remedio y será por nuestro bien. Vamos, como para regurgitar la magdalena, la papilla y hasta el calostro.

Así que me imaginé a un torero empitonado por quinientos kilos de morlaco al que llevan en volandas, desangrándose por la entrepierna, y que cuando llega a la enfermería escucha al médico decir: ‘Para frenarla hemorragia de la femoral vamos a practicar una incisión en la yugular’.

Afortunadamente, entre la oscuridad terminológica que reina muchas veces en las páginas económicas del periódico y lo justito que va el personal de conocimientos financieros, una gran mayoría vive en la inopia (y no me refiero solo a la pecuniaria sino, sobre todo, a la intelectual). Eso que llevan ganado; gracias al desconocimiento se ahorran los presagios de los heraldos de las malas noticias, que bastante doloroso es recibir el golpe como para encima tener que estar esperando su llegada con la certeza de que no puedes hacer nada por evitarlo. Abajo con el sadismo; hasta los nazis les decían a los judíos que sólo iban a la ducha.

El otro día en el autobús conversaban dos tipos de mediana edad con pinta de tener estudios, familia y nómina. Uno de ellos, muy ufano, le decía al otro: ‘A mí lo del Euribor no me afecta; yo tuve suerte y firmé la hipoteca justo antes de que empezara a subir’.

Lo dicho, bendita ignorancia.

26 Nov 2007

Otra verdad incómoda

Mientras el Gobierno vocea que la luz no subirá más que la inflación (que tampoco es moco de pavo)...

El 4% del importe del recibo doméstico de la luz se destina a pagar la deuda acumulada de la tarifa eléctrica

Mª José Alegre, Colpisa

El 4% del importe que los usuarios domésticos pagan en el recibo de la luz no corresponde a su consumo actual, sino que se destina a enjugar el déficit de tarifa de los años pasados. Como el desfase sigue aumentando, esa 'hipoteca' se seguirá cobrando al menos durante los siguientes quince años.

Las empresas eléctricas tienen reconocidos unos costes determinados. En la mayoría de los años, la tarifa que aprueba el Gobierno no alcanza a cubrirlos, pero las compañías acaban cobrando la diferencia. Los usuarios lo pagamos todo, tanto las cantidades adeudadas como los intereses del préstamo (mediante el cual los bancos adelantan la factura a las compañías).El déficit acumulado desde el 2000 supera, entre amortización e intereses, los 10.000 millones de euros. (...)

En consecuencia, la factura de los consumidores domésticos se ve encarecida en unos 1.000 millones al año. Esa cuantía equivale al 10% de la tarifa de acceso, que en el recibo de la luz que pagan los hogares representa, a su vez, el 40% del total. De ahí que un 4% del desembolso bimensual corresponda a la 'hipoteca' de la electricidad consumida en años anteriores.

La Comisión Nacional de la Energía considera que el vigente sistema despista a los consumidores, al no trasladarles la adecuada señal del precio que finalmente pagan por el suministro eléctrico. Si la tarifa reflejara en cada momento el coste real, los usuarios harían un uso más eficiente de la electricidad, sugiere el organismo regulador.

Más información

05 Nov 2007

Vicio gratis

Creo recordar que cuando era un crío con granos, allá por los ochenta, si queríamos jugar a depravarnos teníamos que ganárnoslo con el sudor de nuestra frente. Tomemos, por ejemplo, la popularmente considerada trinidad del vicio: sexo, drogas y rock & roll. Para echarnos a la vista un poco de pornografía había que ir a casa de un amigo cuyos padres compraban el ‘Interviú’ y mirar con un ojo a las chicas, mientras con el otro vigilábamos la puerta. De pelis porno ni hablemos; para avistar algo así como ‘La guarra de las galaxias’ tenías que conocer a algún mayor que currase en un videoclub y que quisiese jugársela por ti. En cuanto a las drogas, el alcohol siempre ha resultado un reto devastador para el bolsillo de los adolescentes, y más en la era anterior al botellón. La de kilos de manzanas que pudimos llegar a recoger y cazuelas fregar la pandilla y yo para poder costearnos los vicios juveniles. Para las drogas blandas había que acudir a alguien que conocía a alguien que podía presentarle a uno que no engañaba con la postura; eran los años del o costo, o jaco. Y la música sí que era una ruina... porque hubo un tiempo en que los elepés había que pagarlos y costaban una pasta. También gran parte del ocio era un lujo en aquellos maravillosos años. En la época pre VHS, ver una peli era ver una peli, las echaban en salas enormes y había que comprar una entrada. Los videojuegos eran maquinitas prehistóricas, estaban sólo en los salones y tragaban monedas no veas a qué velocidad. Hasta con la tele había que estar listo: si te perdías un capítulo de tu serie favorita, te lo habías perdido para siempre.
Qué rabia da; hoy todo es gratis, o por lo menos muy barato y, en cualquier caso, no exige apenas esfuerzo. El porno está en todas partes, en Internet no cuesta un céntimo y hay rachas en que no hay San Casto que resista el asedio, qué decir de un adolescente (dícese de una persona aún poco hecha). Imagino que las drogas seguirán valiendo lo suyo, pero es innegable que la variedad y los puntos de venta se ha multiplicado. Y qué añadir sobre el invento de abaratar el gasto en alcoholes mediante la socialización de una mercancía adquirida a precio de coste y consumida en espacios de acceso no oneroso. Por otro lado, pagar por el rock & roll es ya cosa de cuatro tontos y dos locos; cualquier jovencito medio espabilado es capaz de encontrar un ordenador desde el que ponerse a descargar como un poseso todo lo descargable, cantidades ingentes de ocio en sus más variados géneros. Qué faena haber llegado tarde y que quienes lo disfruten sean esos mocosos inmaduros de pantalones como sacos de arpillera y camisetas que no les llegan a los ombligos perforados. ¿Me estaré volviendo un padre fachoso, o será que la edad potencia la envidia entre quienes la única transgresión que les queda es una sobremesa con una botella de Rioja, el ‘Sultans of Swing’ de fondo, bajito, y una conversación sobre lo buena que sigue estando la Schiffer? Un vicio sano, decente, legal y barato... menudo vicio.

22 Oct 2007

Una verdad tan real como la vida misma

Al menos hay alguien con decencia para advertir de que esto es lo que hay


Ofrecemos tres tipos de servicio

BUENO - BARATO - RÁPIDO

Usted puede elegir dos de ellos

Si elige bueno y barato no será rápido
Si elige bueno y rápido no será barato
Si elige rápido y barato no será bueno


26 Sep 2007

Caca de Dragón

La publicación satírica estadounidense ‘The Onion’ incluía el otro día una entrevista (falsa, pero tremendamente realista) con un empleado de una fábrica china estupefacto ante «la ingente cantidad de mierda que pueden llegar a comprar los occidentales». Y explicaba: «Cuando nos llega un pedido para fabricar, por ejemplo, escurridores de ensalada, me parece imposible que haya nadie que quiera comprar algo así; pero un mes después recibimos la orden de triplicar la producción. ¿Cómo puede alguien necesitar toda esa basura inútil?».
Pues sí, nunca faltan compradores para los artilugios más superfluos, ridículos o, simplemente, inservibles con tal de que lleven la etiqueta de ‘novedad’. Dispensadores de bolsas de plástico, moldes para cocinar tortillas en el microondas, cajitas con forma de animales para guardar las lentillas, llaveros con dados de tamaño gigante, discos voladores inflables... las tonterías más inopinadas se amontonan en los comercios de los países desarrollados destinadas a saciar la gula consumista de sus orgullosos ciudadanos. «Nada les detiene –reflexionaba, pasmado, el trabajador chino– ni unas instrucciones que son como para abofetear al traductor, ni tampoco el hecho de que todo esté diseñado para romperse una semana después de comprarlo».
A esta lamentable dicotomía han quedado reducidos los referentes políticos, sociales y económicos imperantes en el siglo XXI: millones de personas trabajando sesenta horas a la semana a cambio de un puñado de yuanes para producir morralla que satisfaga el apetito de otros millones de personas caprichosas, excéntricas y veleidosas.
Si confrontamos el estado actual de los modelos comunista y capitalista el resultado es para echarse a temblar. Un país, China, donde está prohibido murmurar los términos ‘libertad’, ‘democracia’ o ‘derechos’ aunque sea en sueños y en el que la ‘propiedad privada’ tiene una tradición que se remonta a seis meses atrás; y otro, Estados Unidos, donde en aras de tan sacrosantas palabras se cometen y justifican todo tipo de actos contrarios al sentido común, la lógica y la dignidad y en el que la supremacía financiera deviene en culto al vil metal y adoración al nefasto plástico. Los dos sólidamente implantados en su parcela planetaria correspondiente, exprimiendo los recursos de la naturaleza sin remilgos medioambientales y necesitándose mutuamente para sobrevivir.
Y mientras el dragón chino piensa que ha descubierto la senda del éxito económico al incorporarse al comercio mundial a su infrahumana manera, los norteamericanos siguen convencidos de que son seres sobrehumanos gracias a la estrofa de su himno que les define como ‘el país de los hombre libres’.
Hay veces en que siente uno alivio de ser europeo, aunque ello suponga no ser ni chicha ni limoná. Y hay otras veces en que dan ganas de gritar como los ‘hippies’ de los años sesenta aquello de ‘que paren el mundo, que quiero bajarme’.

25 Jul 2007

Propinas y dignidad

Había un bar donde solía ir a tomar café en el que el camarero siempre me daba las vueltas en forma de calderilla, esperando que le dejase alguna moneda de propina. La consumición venía acompañada de una pastita que yo, sistemáticamente, abandonaba intacta porque me gusta el café solo, solo. En otro bar donde iba a tomar el aperitivo, cuando algún cliente dejaba unos céntimos en el platillo, el propietario hacía sonar una bocina y gritaba ¡booote!, para que el resto de parroquianos se enterasen, a ver si cundía el ejemplo.
No es que en España hayamos sido nunca muy aficionados a dejar propinas, pero como nos gusta copiar los usos y costumbres sobre todo de los yanquis, hasta se van popularizando los frascos para el agasajo al objeto de que el consumidor se anime y contribuya a llenarlos. Así que por esta tendencia a la mímesis y, claro está, por la generalización de los sueldos basura en el sector servicios, cada vez hay más trabajadores que esperan e, incluso, necesitan que todo el mundo deje propina. De forma independiente al grado de satisfacción por la atención recibida.
Las propinas, sostengo, tienen como finalidad más o menos oculta perpetuar un modelo comercial basado en la relación de amo y siervo que está en las antípodas de un sistema moderno en el que (se supone) todos somos socialmente iguales. Los propios destinatarios de la propina harían mejor si concentrasen sus esfuerzos en lograr salarios justos, antes que dedicarse a la adulación en busca de un premio que, si llega a hacerse realidad, no suele ser más que caridad. Y no debo de ser el único que lo piensa cuando en Estados Unidos, el imperio económico y también el reino de las propinas, seis estados ya las han proscrito por ley.
Hasta hoy, por más que me afano en escribir artículos de factura impecable, nunca un lector y menos un jefe me ha dado una propina por mi trabajo. Con la satisfacción del deber cumplido y una nómina decente me doy por satisfecho. ¿Por qué habría de esperarla el taxista que nos lleva a nuestro destino por el camino más corto? ¿Acaso si supiese que no va a recibir propina nos conduciría por el más largo?
En fin, tal vez yo sea un rata; al fin y al cabo, cada cual hace lo que le viene en gana con su dinero. Quizás el de la propina tampoco sea un asunto como para ponerse trascendente. Puede que no dé para reflexiones más profundas que las que surgen en la barra de un bar tras algunos tragos de más. En tal caso, la discusión (para mi gusto) definitiva sobre el tema ya la escribió Tarantino en ‘Reservoir Dogs’, ¿recuerdan? En la escena, el jefe de la banda de ladrones increpa al señor Rosa por no apoquinar un dólar para la camarera que les sirve los cafés antes del desastroso y sangriento atraco al banco. Dice algo así como: –¿Por qué no dejas propina? –No creo en ella. –¿Que no crees en ella? La chica ha sido atenta con nosotros; ¿qué tiene que hacer para que le dejes un dólar? ¿Llevarte a la cocina y hacerte un trabajito? –Bueno, en ese caso le dejaría el 12%.

06 Jun 2007

Más madera... o más ladrillos

Ahora, si compras un piso, la inmobiliaria te 'regala' un todoterreno. Lo vi el otro día en el salón inmobiliario de Madrid. Vas al quiosco a por el periódico y sales cargado con una vajilla de cristal de bohemia y con la historia del cine español. Nos ha pasado a cualquiera. La revista 'Cosmopolitan' regaló hace poco un vibrador y se agotó en un día. Sucedió en Francia, según leí. Buscas un coche y, para convencerte, te ofrecen un iPod de serie. Lo he visto en un anuncio. Y si entras en la sucursal del banco a hacer una transferencia, cuando quieres darte cuenta te han colocado un curso de inglés. Le pasó a un conocido recientemente. Hace no mucho, no sé qué partido político sorteaba una VPO entre sus votantes. Lo dijo el periódico. Por no hablar de la candidata belga que prometía sexo oral y luego se rajó. El márquetin, por lo que se ve, ha progresado un montón desde los tiempos en que el Phoskitos traía un cromo de Spiderman. O no. Lo que sí parece es que hay un negocio en la explotación de la tendencia que tienen las personas a moverse en busca de incentivos. El consumo de las familias es uno de los motores fundamentales del crecimiento de la cosa, así que hay que hacer lo que sea para impedir que se pare. Aunque para bajar los precios haya que trasladar la planta de producción a una guardería vietnamita. La batalla es cruenta y sin cuartel; que se lo digan si no a muchas de esas inmobiliarias que están a punto de verle las orejas al lobo. Dicen que en Madrid no se ha vendido ni un solo piso usado desde hace nueve meses. En todo este tinglado, lo de 'el ladrillo' amenaza con pasar de ser una metáfora graciosilla a convertirse en el protagonista de un derrumbe que pondrá a prueba la fortaleza de la Seguridad Social.
Consumidores que se dejan tentar con premios y regalos los hay en todo el mundo. Sin embargo, la historia de amor sin fin que vivimos los españoles con nuestra vivienda en propiedad no tiene parangón en los países occidentales, donde 'traslado' y 'mudanza' son algo más que dos palabras que aparecen en el diccionario. Ni por diez días que nos den de permiso en el trabajo cambiamos de morada. Desde jovencitos, aquí lo que mola es tener tu cuarto, tu cubil, tu pisito, tu nido, tu casa. Si hace falta hipotecarse hasta la barbilla y no queda más remedio que llenar el frigorífico con una triste coliflor, así sea. Luego sucede que las ataduras de la propiedad impiden la movilidad laboral y retienen a las personas en los lugares equivocados.
A pesar de todo, vistos los esfuerzos que están haciendo los promotores por deshacerse de sus últimas creaciones (hay otro que 'regala' una vuelta al mundo), debe ser aterradora la cantidad de viviendas que corren el riesgo de quedarse vacías, habitadas solo por fantasmas burbujeantes. A veces da la impresión de que el entramado económico en el que estamos inmersos tiene la misma consistencia que un castillo de naipes.

16 May 2007

Palomitas para el cerebro

Un profesor de psicología norteamericano ha hecho un experimento consistente en repartir palomitas rancias gratis entre los espectadores de una sala de cine; la mitad en cubos de tamaño grande y la otra en recipientes de tamaño gigantesco, todos con más cantidad de la que se terminaría una persona normal. Finalizada la película pesó los cubos y descubrió que quienes recibieron los más grandes comieron de media el 53% más que los otros.
La prueba efectuada por Brian Wansink aparece en su libro titulado ‘Mindless eating’ (algo así como ‘Comer cual descerebrados’), donde trata de buscar respuesta a la pregunta de ‘por qué comemos más con los ojos que con el estómago’. Wansink sostiene que el actual va a ser el siglo de los cambios de comportamiento y que en ellos está la clave si queremos añadir años y calidad a nuestras vidas, según ha declarado en una entrevista al ‘New York Times’.
Los estudiosos que –como él– investigan el impacto del comportamiento humano en la economía alertan de que las personas tenemos una persistente tendencia a actuar de manera contraproducente con nuestros intereses; a tirar piedras contra el tejado propio, vamos. Comemos de más, fumamos sin ton ni son, nos olvidamos de tomar la medicina o gastamos dinero en caprichos en lugar de ahorrarlo para la jubilación. Las prisas y el estrés gobiernan nuestras vidas y, mientras, nos repetimos una y otra vez que querríamos cambiar de hábitos. Pero nos convertimos en víctimas propiciatorias con cara de tontos en la jungla del consumo, donde la carne se vuelve débil y, en ocasiones, fofa.
Wansink mantiene una particular cruzada contra las vajillas de platos grandes que, según defiende, hacen que la comida siempre parezca escasa e incitan a zampar de más. En su libro se centra en el aspecto psicológico, muchas veces inconsciente y en ocasiones irracional, del acto de comer y sus reflexiones y recomendaciones van dirigidas a combatir la obesidad y los hábitos de alimentación perjudiciales para la salud.
Pero el asunto también entronca con las tácticas que ponen en práctica no pocas compañías con el objetivo de manipular (¿someter?) la voluntad de los consumidores. Las hay que hasta hipnotizarían a sus clientes para vaciarles la tarjeta de crédito si tuviesen la certeza de que no iban a ser descubiertas. Otras, no lo duden, han estudiado el comportamiento humano para conocer sus debilidades y poder aprovecharse de ellas.
Lo saben bien los promotores de la hamburguesa mega grande y también los que colocan el producto más caro a la altura de la mano y el más barato a la del tobillo. Lo saben los vendedores de palomitas y quién sabe si no lo saben también los productores de espaguetis, en comandita con los fabricantes de platos.
Y una cosa es arruinar tu propio tejado y otra aceptar las piedras que te proporciona el vendedor de tejas.

08 May 2007

El consuelo del 'mileurista'

Los negocios 'low cost' superan la categoría de moda y se generalizan con el impulso que les proporciona la proliferación de 'salarios basura'

El fenómeno nació con las tiendas de 'todo a cien' y tocó el cielo con la llegada de las aerolíneas baratas, pero unas y otras son solo las puntas más visibles de un iceberg mucho mayor. Las empresas que ofrecen productos y servicios a precios más baratos de lo que el euro ha convertido en 'normal' cubren cada día más y más sectores. También tienen como clientes a más grupos sociales que sus destinatarios originales y naturales, los ya populares 'mileuristas'. No solo resulta más asequible volar a Londres que ir en autocar a Ponferrada; también está al alcance de casi todos amueblar el 'minipiso', vestir a la última -o penúltima- moda, o conducir un coche con 'airbag'. La globalización y las nuevas tecnologías han ejercido de padrinos y promotores del movimiento. Y si hablamos del sector audiovisual, del musical y de las aplicaciones informáticas, entonces hasta el 'low cost' es caro si se compara con el 'no cost'.

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El gusto por el cambio conduce a incrementar la frecuencia con la que se compran productos de uso duradero