30 Oct 2009

Luchadores olvidados

Robert Guédiguian en L’arme du crime recurre a una historia poco conocida de la Segunda Guerra Mundial: la lucha en la resistencia de los exiliados extranjeros residentes en suelo francés: polacos, húngaros, republicanos españoles, armenios. Muchos de ellos judíos, todos represaliados en algún momento y repudiados por los dueños de la Francia ocupada. Al grupo de resistentes les mueve variados sentimientos: El odio irracional impulsor de venganza; hay quien posee un alma pura que odia la violencia pero no es momento para éticas pacifistas; exite el judío comunista que no soporta tanta opresión… todos frente al nazismo y su brutalidad. La historia de las minorías que murieron fuera de su tierra por la libertad se agranda al carecer de connotaciones meramente patrióticas. Guédiguian subraya la soledad de estos excluidos sociales haciendo que su vida transcurra por un París aparentemente sin graves problemas. La vida no habla de guerra ni de represión; la normalidad sólo la interrumpen los uniformes alemanes. Sol, flores, música, competiciones deportivas… La resistencia en Francia fue dura y en ella participó buena parte de la población civil, pero esa es otra historia contada decenas de veces. Guédiguian quiere poner a los extranjeros solos ante las fieras, y así vemos al francés colaboracionista, al hijo de Petain sumiso a la bota alemana ayudando al invasor. El planteamiento es sólo en apariencia reduccionista en su búsqueda por subrayar la heroicidad de estos luchadores. La actividad de los exiliados era doblemente peligrosa, pues servían a los colaboracionistas de Petain como arma de propaganda. Según el argumento repetido en los medios de comunicación, un francés no cometería nunca actos terroristas; estos eran obra de extranjeros que había que desenmascarar. Su mera existencia ya resultaba peligrosa. Las primeras escenas de la película cuentan el final: les vemos dirigiéndose al paredón donde serán fusilados. Y es que el relato es la vida de unos hombres que existieron realmente y murieron por la libertad y, de paso, por Francia. L’arme du crime se desarrolla durante más de dos horas de película intensa, durísima en las escenas de tortura, pero auténtica en su planteamiento.

El director Robert Guédiguian ha logrado con su último trabajo, L’Armée du crime (El ejército del crimen) el Premio Especial del Jurado y Mejor Guión para Gilles Taurand, Serge Le Peron y el propio Guédiguian.

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Vuelta en redondo

Away we go (un lugar donde quedarse) de Sam Mendes cierra la 54 Semana Internacional de Cine sin entrar a concurso, lo que le evita la posible desilusión de no lograr el premio, y no por no ser una película estimable, que lo es, sino por la falta de un punto de garra. Los personajes centrales constituyen lo mejor del trabajo de Mendes; fuera de ellos, el interés flojea en algún que otro tramo.

Dos jóvenes, para la competitiva sociedad estadounidense, con escaso éxito profesional, van a ser padres. La pareja la forman un niño grande y una mujer melancólica. Nada tienen en común sus caracteres, la unión es puro amor, ilusión, alegría y compenetración, un material más que suficiente para hacerlos únicos. Con este equipaje recorren el país en busca de un hogar para su futuro hijo. Conocidos, hermanos, amigos, parientes... ofrecen a los protagonistas vidas minúsculas ante el valor de su unión. Saltan de ciudad en ciudad sobre vidas perdidas en uniones grotescas, fracasos personales; ahí no está su hogar, es gente extraña a su mundo. La mujer se niega a recordar un pasado feliz en una familia feliz que murió con los padres. Su tristeza, frente al insobornable optimismo del hombre, requiere de un regreso al tiempo pasado donde reposarán los recuerdos. El viaje terminará en el principio: ellos solos en medio de un hermoso paisaje. Sentimental, poética y cargada de humor, si algunas historias tienen relativo interés, el conjunto se salva apoyado en la magnífica interpretación de John Krasinski y Maya Rudolph.

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En el nombre de la democracia, soldado contra la guerra

No todos los estadounidenses aceptaron la trágica farsa de la guerra de Irak subyugados por las soflamas vengativas de George Bush y sus halcones. Hubo americanos sensatos que supieron ver más allá de la propaganda institucional, que pusieron en duda que Sadam Husein fuera una amenaza, que la guerra era inevitable. Si ahora no hay muchos que duden de que la agresión iraquí resultó un acto criminal sostenido sobre mentiras, en los días que se desató el drama, el peso del 11-S convertía en traidores a todos los que se opusieran a la invasión. El teniente Ehren Watada lo hizo, y su decisión de negarse a combatir no sólo le causó graves problemas personal, sino que le sentó ante un tribunal militar nada complaciente. Las vivencias de este hombre no se entienden sin las bajezas políticas y morales de la administración Bush. El documental In the name democracy: America’s conscience, a soldier’s sacrifice nos refresca la memoria y, entre otros acontecimientos, vuelven las imágenes de las torturas en nombre de no se sabe qué libertad, la muerte y la destrucción de un país, junto a la alegre indiferencia de los responsables de tanto dolor. Sabemos todo lo que nos cuenta y quizá no nos lo dice de una manera brillante, pero no hay duda de que mantener viva la vergüenza de Irak es una obligación, aunque las claves bajo las que se plantea resulten en ocasioes demasiado internas, más para el público estadounidense.

Los caminos de la memoria

El planteamiento sobre los sucesos de la Guerra Civil española y la represión posterior que hace José Luís Peñafuerte en Los caminos de la Historia cae en la dispersión por ambicioso. Arranca la película con la identificación de los cadáveres de una fosa común, con su carga de emociones y recuerdos. De este escenario tan representativo de la Memoria Histórica, el documental va a un instituto y se vuelve didáctico explicando el asunto a unos alumnos ignorantes del tema. Familiares y víctimas de la represión franquista cuentan a los muchachos los negros sucesos, y la historia empieza a diluirse perdiendo profundidad y hasta el hilo, cuando la búsqueda de esa memoria se alarga hasta los campos de concentración alemanes, pasa por el exilio y, entre medias, dos actores escenifican la lucha fraticida. El peso de tanto drama impide la unión general, lo que resiente el trabajo. Los textos, que declama maravillosamente bien Marisa Paredes, son lo mejor del documental.

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Cierre de montaje

Unas 10.000 persona de Moraine, en el estadounidense Ohio, viven, directa o indirectamente, de la fábrica de montaje de camionetas de la General Motors. A pesar de ser una planta de referencia, con varios premios nacionales por su apreciada producción, un día del 2008 la compañía anuncia que la cierra: el mercado no compra lo que produce. El documental vive con los trabajadores los meses, días, minutos… hasta que sale la última furgoneta. Vemos a hombres y mujeres, a los que han obligado a dar carpetazo a media vida, decir adiós a compañeros con los que convivieron más que con la familia. No sólo pierden un trabajo y entran en la incertidumbre, pierden casi su identidad. Al documental no le interesa saber qué piensan los trabajadores de la dirección de la empresa que los deja en la calle o de la lucha sindical, busca a hombres y mujeres con una historias que contar, los sentimientos que les origina su nueva situación, lo conseguido con un duro y agotador trabajo que, sin embargo, les dio seguridad y les permitió mejorar en la vida. Hombres como castillos llorarán por la caída de lo que fue su mundo; mujeres luchadoras se derrumban ante la pérdida de un empleo al que se sienten ligadas. Y estos dramas humanos son los de muchos trabajadores del sector del automóvil de todo el mundo, a los que Steven Bognar y Julia Reichert dedican su obra La última furgoneta.

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28 Oct 2009

Paskaljevi de nuevo

Honeymoons de Goran Paskaljevic constituye un trabajo correcto. El director cumple con los mínimos que se esperan de él y su película no decepciona, sin embargo, tampoco entusiasma; no avanza sobre lo ya conocido. Las fronteras como barreras físicas y mentales, los marginados pueblos del Este que no encajan en una Europa llena de prejuicios; la guerra y sus secuelas, el inocente que paga culpas ajenas… Paskaljevic dibuja con eficacia cuadros sociales, y el de Honeymoons lo deja abierto porque se sigue desarrollando. Cerrar sin conclusión el último plano implica al espectador, al que obliga a meditar un posible final para las dos historias.

La película desarrolla las vicisitudes de dos parejas, una albanesa y otra serbia, que nada les relaciona, pero a los cuatro les persigue la violenta historia de sus países, y ésta sí es común. La película expone las poderosas razones que incitan a dejar la tierra de origen, un lugar violento y cargado de prejuicios, y la necesidad de buscar la libertad en las fronteras occidentales donde, por descontado, no existe para ellos. En el otro lado sólo preocupa la seguridad, y para ésta no hay lugar para generosidad hacia el extraño. Esta parte nos la conocemos, porque sabemos cómo somos. Lo más interesante de Honeymoons, para quien vive a este lado de la frontera, probablemente no sea la desesperación del emigrante que aparentemente centró el interés de Paskaljevic. Es la vida de la gente en Serbia o Albania, encadenada a su sangrienta historia, cargados de rencor que les impide la generosidad y el perdón. Dos historias, dos parejas, dos bodas, un atentado terroristas… Kosovo, Albania Serbia. Las bodas con invitados desgraciados no son felices. Paskaljevic nos da sólidos argumentos para conocer la tragedia humana de los Balcanes; sin embargo, la película es demasiado previsible en muchos aspectos del guión.


Los 110 minutos de Le Pere de mes enfants hubieran podido ser 200 o 10 sin alterar el resultado. Nada, no ocurre nada. Un productor de cine se suicida ahogado por las deudas; tiene unas hermosas, inteligentes y alegres hijas que, lógicamente, quedan apenadas. La mujer liquida la empresa y deja Francia. Punto. Nada.

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27 Oct 2009

Fútbol entre coches

Coche y fútbol, dos temas que han perdido hasta las costuras de las veces que se les ha dado la vuelta. Son las pasiones del corazón del hombre de hoy, y los asuntos que tocan el músculo vital es raro hincarles el diente sin tocar hueso o perderlo directamente. Los documentales Cambio de Sentido (el coche) y Puskás Hungary (fútbol) se meten por sendos andurriales, y el interés del espectador queda satisfecho. El primer asunto, el del coche, parecía más difícil por el ambicioso planteamiento. Hablar de Puskás, en teoría, era tema menos trillado; al menos a estas alturas de la historia, cuando el mítico jugador húngaro es declarado leyenda, y ya se sabe que es honor en el que trabaja el olvido. Los dos trabajos ejecutaron bien la difícil pirueta.

Cambio de sentido nos demostró que somos una Humanidad descerebrada que, sabiendo las desgracias que nos acarrea, se siente ligada al coche como a un imán. Una chica joven, en silla de ruedas por un accidente, sueña con volver a conducir; su argumento, que le da más libertad. Un buen coche reafirma la personalidad y añade respeto; hasta ayuda al sexo: la velocidad sube la testosterona… La publicidad nos ha comido el cerebro hasta imponernos el vehículo como una necesidad. Este es un manejo; hay otros, como que la General Motors logró desterrar los tranvías en algunas ciudades estadounidenses para dar paso a las cuatro ruedas; otro, las grandes compañías automovilísticas influyeron para que viviéramos desparramos a grandes distancias los unos de los otros y del trabajo. Nos hicieron dependientes de las cuatro ruedas, y ahora justificamos su necesidad contra viento y marea y, al final, nuestra vida es un incómodo atasco y el medio ambiente un desastre. El coche es un vicio sobre el que se habla mucho y del que nadie, sin embargo, se desengancha. Sergio García de Leániz y Vicente Pérez Martínez han investigado a fondo y en todas las direcciones, y lo han hecho bien. Nos descubren nuestra ignorancia, lo fácil que es manipularnos y lo difícil que ahora es que rectifiquemos, por urgente y necesario que sea. Ágil, irónico y puntillosamente preciso y cargado de argumentos. ¿Sabían que haya ciudades que han perdido las aceras por falta de uso, y que tienen restaurante para automovilistas donde si vas en bicicleta no te sirven…? El cambio de sentido resulta esencial.

Puskás es un mito hasta para los más ignorantes sobre fútbol, como es el caso presente. ¿Por qué elegí un documental sobre un jugador de un deporte del que ignoro todo? El personaje y el mundo que le tocó en suerte resultan muy interesantes. Siento curiosidad por el uso del deporte rey por los poderes y, especialmente en la Europa de la ‘guerra fría’ y en la España de Franco. Los jugadores, que por lo general se declaran apolíticos, son manejados por los sistemas con la misma agilidad que ellos tienen para meter goles. El soldado Puskás, héroe deportivo que logró los máximos laureles para la selección húngara, decidió no regresar a su país cuando los soviéticos lo invadieron para ahogar el levantamiento del 56 y el poder embarró su nombre. Con 31 años, su vida deportiva entra en un profundo bache; su carrera no está clara. La llamada del Real Madrid le salvará. Recupera la forma y durante casi nueve años reinará sobre el césped. De personalidad infantil y generosa, el fútbol es lo más firme que posee. Sus dotes excepcionales para este deporte se plasman en triunfos también como entrenador. Casi tres décadas después de salir regresará a Hungría, que lo recibe con los brazos abiertos, para morir a los 79 años sumergido en el alzheimer. Tamás Almási ha rastreado en Puskás Hungary la vida del jugador desde la infancia hasta el centro donde pasó su última enfermedad. El respeto y cariño por el personaje del realizador se transmite desde la pantalla al espectador. En el denso desarrollo no podían faltar jugadas míticas, ni las más relevantes escenas públicas del deportista, pero es en las declaraciones de sus amigos y compañeros donde encontraremos la verdadera dimensión humana de una singular personalidad dentro y fuera de los campos de fútbol.

 

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26 Oct 2009

El Día de la falda salvó el día

Las razones por las que la Seminci decide que una obra se proyecte en la Sección Oficial o que encaja mejor en Punto de Encuentro no las capto. Pasar por el Calderón es estar en el cogollo del festival; hacerlo en otra sala baja el perfil. Lo que no impide que la Sección Oficial ofrezca una obra menor como es Lille Soldat y Punto de Encuentro acoja la más que interesante La journée de la jupe.

La journée de la jupe expone, sin maquillaje ni moraleja, la violencia cocida en el desarraigo inmigrante que domina algunos centros de educación franceses. Uno de los habituales incidentes da la oportunidad a la profesora de un instituto con alumnos conflictivos de poner bajo su dominio, mejor bajo el poder de intimidación de una pistola, al grupo de violentos, desmotivados y carne de delincuencia que le ha tocado en suerte intentar desasnar en lengua. El desagradable comportamiento de los protagonistas es el de quienes mamaron la violencia con el biberón. El interés y la fuerza de la obra está en que el argumento no acepta concesiones ni con adultos ni menores, es pura realidad. Profesores, Gobierno, policía…, incompetentes preocupados sólo por su pellejo. Un duro drama que no ahoga en sordidez al espectador; por el contrario, le permite respirar subiendo y bajando la tensión del relato; introduciendo dramas personales que explican muchas cosas, pero dejando hueco a la ironía. El buen guión oculta el rastro del posible final, manteniendo la expectación. La policía, las familias… forman el paisaje exterior que remata una buena película. Hay que reconocer que Isabelle Adjane, transformada, maneja con maestría un personaje dramático soberbio. En el pequeño Zorrilla había varias decenas de alumnos con sus profesores. Los menores siguieron sin dar señales de cansancio una película social, en francés, subtitulada, que se desarrollaba en una habitación. Era prueba de que lo que ocurría en la pantalla atrapaba al espectador.

Lill soldat es una obra con todos los méritos para que la olvide antes de que termine el día. Una mujer soldado traumatizada regresa a su país donde su padre, un empresario del transporte, explota a prostitutas, incluida la modalidad de trata de mujeres. La hija participará como chófer en el negocio, concluyendo el asunto en que a la ex soldado le sale el espíritu salvador al parecer anima a los ejércitos internacionales y lo aplica en casa salvando a una puta que no quiere ser salvada. Si detrás hay una razón para rodar la película importa poco en este insulso asunto menor. No hubo mejor suerte con la turca Perros negros ladrando.

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A los 70 con ritmo

A las cuatro de la tarde, hora del sueño, es el momento para poner una sonrisa intrascendente que mantenga espabilado al personal. Meisjes lo consigue con su viuda; una mujer que a los 70 años, junto a dos amigas, retoman el conjunto de rock & roll que formaron a los veinte años. La veremos rejuvenecer como un regalo imprevisto antes de ingresar en el mundo oscuro del alzheimer. El espectador sigue la historia y se entretiene, lo que no es poco si te está martirizando la incomodidad de las rígidas y de escaso respaldo butacas del Zorrilla, separadas por un mínimo espacio para estirar las piernas. Hay que admitir, por otro lado, que la restauración le ha sentado magníficamente bien al edificio. Está soberbia y encantadora la ‘bombonera’.

P.D - La crisis, nadie lo duda, existe, pero también puede servir de coartada para justificar malos resultados. ¿Van más o menos espectadores que el año pasado a la Seminci? Este año, en el festival de Sitges subió el 30% la asistencia. Es una diversión asequible. El Roxy A, la gran sala, estaba a las 9,30 de la mañana del domingo prácticamente llena. El sábado, en la B, a las 21.30, el documental Septiembre del 75 dejó pocos huecos libres. Cada día tendrá sus achaques, pero parece que el asunto está animado.

Escrito por: memarcos 0 comentarios 26 Oct 2009 URL Permanente Compartir

Miradas positivas

Le Hérisson funciona, y lo hace bien contra la lógica. La fórmula consistió en saber mezclar con pulso, inteligencia y sensibilidad la buena historia surgida de una exitosa novela francesa. A priori, el argumento lo menos que producía era escepticismo. Niña sabia ya a los once años, un japonés indescriptible y, sobre todo, una asocial portera con el interior tapizado de sabiduría y sensibilidad. Los personajes suben y bajan constantemente por la escalera de un lujoso edificio parisino de clase alta, sin mezclarse ni relacionarse más de lo estricto. La pequeña forma parte de una familia superficial y correctamente tolerante; un mundo que odia y que pretende destruir antes de suicidarse. El asunto discurrirá por derroteros no previstos. La portera, que ama la literatura y muerde cuando habla a unos vecinos que la soportan porque prácticamente no existe para ellos, ve alterada la vida con la llegada de un inquilino que descubre su mundo interior. Simple, pero complicado; peligroso por la deriva a la que puede llegar, pero ágilmente resuelto sin moralinas ni clichés. El público la aplaudió.


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25 Oct 2009

Entre dos dramas, la sonrisa

El huracán que removió gran parte del siglo XX parece claro que sólo sirvió para poco más que para destruir las vidas de millones de personas, sobre cuyas historias personales, lentamente, se posa el polvo del tiempo y el olvido. Con I skoni tou chronou ( ‘el polvo del tiempo’), Theo Angelopoulos da el segundo paso de lo que será una trilogía sobre el pasado siglo; la primera, Eleni , no la conozco. Si al realizar la tercera, el conjunto da que ha logrado el objetivo; la segunda película, la del sábado presentada en la Seminci, habrá tomado cuerpo y definición. Lo visto, con partes de gran intensidad y con espléndidas actuaciones (Bruno Ganz está soberbio) no logró emocionarme, y eso que el drama está cargado de sentimientos. El resultado es una película con un exceso de historias desdibujadasdas. Aún estoy intentando dar con las intenciones del director.

La sonrisa llegó con Diletante. Bela Jordan es la madre de la responsable del documental, Kris Niklidon, actriz y directora de teatro de origen argentino. La octogenaria progenitora dialoga con su cocinera, a la que no se llega a ver, con un chispeante leguaje lleno de colorido. La anciana conduce un tractor, lee, hace puzles y es observada por un silencioso peón. Al fondo, como complemento, el exuberante paisaje de las orillas del río Paraná. La agudeza mental de esta mujer, que habla olvidándose de la cámara que recorre sus arrugas en primerísimos planos como se fueran un paisaje, no merece que se pierda por barreras idiomáticas. Por culpa de los giros argentinos, e incluso por el mismo acento, hay pasajes que son ininteligibles. Los subtítulos, deberíamos admitirlo, no andarían sobrados para el español latinoamericano. Con sonido directo, como es el caso, se entiende mal. Y en este documental, el menor diálogo-monólogo resulta esencial.

En septiembre de 1975, el dictador iniciaba matando el último recorrido de su vida. En un documental sin concesiones a la retórica, Septiembre del 75, denuncia la impotencia de la familia de Xosé Humberto Baena por limpiar la memoria de este militante del FRAP, condenado a muerte y ejecutado junto a otros compañeros en los últimos coletazos del franquismo. Hoy nadie escucha a la hermana de Baena; su petición de que se devuelva a Xosé el honor no interesa a la democracia española. Es una historia que aún molesta. Con la palabra de quienes vivieron esos días, sin florituras ni maquillajes, recordamos que hace poco más de treinta años, en este país se mataba impunemente, se torturaba por orden del sistema y se humillaba a las personas con total impunidad. El sobrio documental planta ante el espectador, dando nombres de torturadores y militares indignos, una historia que por edad más de uno conoció, pero que se borró de la colectividad por demasiado sucia. El dolor de las familias, recuerdos y reflexiones; las vivencias de los detenidos que cayeron en las garras de la policía político social ponen la piel de gallina; están ahí al lado, pero al país, de momento y tímidamente, sólo anda por la memoria de la Guerra Civil y su posguerra inmediata. La otra posguerra, la que llegó hasta el 75, aún cuesta mirarle la cara. La obra de Adolfo Dufour no deja dudas a las ambigüedades; reclama al presente que repare las injusticias de hace dos días, que quienes no fueron asesinos no merecen que se les mate por segunda vez con el olvido y la mentira.

Escrito por: memarcos 3 comentarios 25 Oct 2009 URL Permanente Compartir

Sobre este blog

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SEMINCI

Mª Eugenia Marcos, responsable de Opinión de El Norte de Castilla, escribe sobre la Seminci.

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