08 Mar 2010
PERAS Y MANZANAS (Bea Gómez González)
Llego a casa con la premura de quien llama al ascensor y abre el buzón al mismo tiempo, y allí, entre las consabidas facturas y los reclamos publicitarios, aparece una carta sin destinatario en la que me invitan a una especie de charla, o algo así, para contarme las maravillas de no sé qué batería de cocina. Me dicen, además, que si asisto con mi cónyuge, ambos seremos agasajados con un obsequio. A saber: un juego de pendientes y gargantilla –no me digan que la palabrita no se las trae- para las damas y un reloj de acero templado, waterproof y no sé qué más para los caballeros. Ni que decir tiene que, en cuanto entro en casa, el papelito de marras se pierde en el fondo del compartimento de la basura destinado al papel, y no vuelvo a acordarme de él hasta que no veo por televisión que se ha censurado una campaña publicitaria en la que Paris Hilton bebe un refresco del modo más sexy que puede y los lugareños observan cómo la heredera calma su sed. O sea que está bien que los obsequios sean diferentes para ellos y ellas, pero olvídate de que una marca utilice como reclamo el atractivo sexual de una mujer.
Y todo esto justo hoy, un día antes de que se celebre el día internacional de la mujer. Un día del que, por otro lado, siento verdadero recelo, quizá por el hecho de que hay más días internacionales que longanizas y tampoco parece que vayan más allá de una charla por aquí o un evento por allá, por aquello de justificar gastos sociales. Los días internacionales me dan miedo. Qué le voy a hacer. Es más, me dan grima. Porque su sola existencia es ya suficientemente sintomática, indicativa de que algo va mal. No existe el día internacional de los que miden 1’70, ni el día internacional de los pelirrojos. Por algo será. Así que, mientras el día internacional de la mujer siga existiendo, me temo, mi papelera seguirá llenándose de reclamos sexistas y los escotes de las herederas seguirán estando en el ojo del huracán.
Porque, al fin y al cabo, todo esto de la igualdad no es más que una trampa, una especie de convenio tácito al que la sociedad patriarcal ha llegado con los propios movimientos feministas, que alzan la voz contra la mujer objeto y siguen dando en sus bodas bomboncitos para ellas y purazos para ellos. La mujer objeto no tiene nada de malo, igual que el hombre objeto, siempre que ambos hayan decidido libremente serlo, desempeñar ese rol social o firmar un contrato en el que han de fingir serlo, aunque sólo sea por unas horas.
Es estupendo que una mujer tenga como meta combinar su trabajo de alta ejecutiva con un matrimonio y tres hijos al cargo, pero tampoco es obligatorio. Y el patriarcado, mano a mano con el feminismo reinante (heredero de aquel feminismo decimonónico tan necesario en su día), parece estar empeñado en decirnos que ése es el único camino posible. Porque, que haya igualdad entre hombre y mujeres no significa que éstas tengan que mantener sus roles y asumir, además, las tareas sociales destinadas a aquel, sino que más bien se trata de desdibujar esas barreras que nos diferencian, de desconfigurarlas por completo, hasta que desaparezcan.
Igualdad no es que ellos pongan la lavadora y ellas lleven el coche al taller, porque eso no supone una transgresión en los roles de género, sino una simple asimilación de tareas que se suman a las que, de por sí, ya tiene cada uno. Igualdad, más bien, sería, que el fútbol, los coches, los toros y el wisky solo, no estuvieran asociados en la imaginería popular a un género en concreto, y que tampoco lo estuvieran la moda, el cine romántico, las joyas y los refrescos bajos en calorías, por poner algunos ejemplos.
Y si alguno de ustedes está pensando ahora mismo que hay muchas mujeres a las que les gusta el fútbol y hombres preocupados por su fondo de armario, verán que para llegar a esas conclusiones han tenido que identificar primero el arquetipo y ponerle a cada palabrita su cartelito rosa o su cartelito azul y, por desgracia, aquí nadie está libre de pecado.
Parece claro, por tanto, que los roles no son más que una construcción social que se consigue a base de tópicos, a base de maneras, de modos, de ademanes, de accesorios, de cortes de pelo y de una imaginería concreta asociada a uno u otro género. Por eso, la igualdad no es posible dentro de ese encorsetamiento, sino que únicamente es factible en una sociedad en la que todos esos tópicos, maneras e imposturas sean, no abolidas, desde luego, sino, de algún modo, intercambiables, flexibles, móviles, dúctiles y complacientes. Un hombre sabe perfectamente lo que tiene que hacer para disfrazarse de mujer, y lo mismo ocurre al revés. Pero no solemos reparar en el hecho de que, con gestos aprendidos, imágenes inculcadas, asociaciones inducidas, las mujeres también se disfrazan de mujeres y los hombres de hombres cada día. Y es más, aquellos y aquellas que no siempre lo hacen sufren, con frecuencia, el rechazo de esa misma sociedad que mañana celebra la fiesta del camino a la igualdad. Paradojas del rol y el calendario.
Por eso, el día en el que para escribir un artículo como éste yo ya no pueda echar mano de los adjetivos rosa y azul y estos colores tengan tanto que ver con el género como el amarillo limón o verde veronés, se habrá llegado a la igualdad, es más, el concepto de igualdad se habrá superado con creces, y hablar de hombres y mujeres será tanto como hablar –que Ana Botella me perdone- de peras y manzanas.
24 Feb 2010
ISACIO CALLEJA ( Guillermo de Miguel Amieva)
07 Feb 2010
EL MIEDO A NO PODER SER HOLDEN (Bea Gómez González)
Hablar de los muertos siempre es una vulgaridad. Por muy bien que lo haga uno, por muy elegante o respetuoso que uno quiera ser, siempre acaba la cosa poniéndose algo pedante, o tosca o, cuando menos, inapropiada y al final, el texto termina por ser un amasijo de torpezas que oscilan sin remedio entre el sentimentalismo maniqueo del nosomosnadie y la mundana trivialidad del muertoalhoyo. Así que confío en que ustedes sean capaces de perdonarme si, a lo largo de este artículo, se cuelan como prófugos en el Titanic, algún que otro epíteto moñas o alguna que otra estupidez en forma de frase hecha manoseada y hortera.
Digo esto porque, ahora que ya han pasado unos días desde que la muerte de J.D.Salinger abriera una brecha en mi mundo literario, precisamente el día de mi cumpleaños, hoy me he decidido a visitar de nuevo las páginas de su Guardián entre el centeno (A catcher in the rye) y he vuelto, de nuevo, a estar de acuerdo. Estar de acuerdo con algo, con alguien, siempre sienta bien, por eso, cuando tengo uno de esos días en los que mataría por tener la patente de la bomba atómica y hacerla explotar de una vez por todas para que reviente el mundo entero, sin miramiento alguno, siempre acabo entre las páginas de El guardián, porque con Holden Caulfield siempre sé que estoy de acuerdo. Por eso, cuando hoy he vuelto a esa edición de bolsillo que tengo ya tan anotada y subrayada y que por tantas manos ha pasado –cómo no compartir los pensamientos de un tipo con Holden con la gente a la que uno quiere- me he dado cuenta de que, en efecto, los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras. No hay muchos libros de esos. Por ejemplo, no me importaría nada llamar a J.D.Salinger, si no fuese ya, claro, porque J.D.Salinger está muerto. Con eso no contaba el propio Salinger cuando escribió esas líneas, con el hecho de que, como a Holden, a uno le podía apetecer de repente, una tarde lluviosa y tonta, telefonearle a él y charlar sobre cualquier tontería, sobre esa idea mía a cerca de la patente de bomba atómica y todo eso. Pero ahora ya no. Ahora Salinger está muerto y su muerte ha acabado también con la posibilidad de fantasear con esas llamadas, por más antisocial y ermitaño que éste fuera en vida. Su muerte ha dejado huérfana una posibilidad, y no es que nos sobren de ésas, precisamente.
Y es que al final, eso es un poco también la muerte. Una posibilidad agotada, extinta, finita, caput. No es tanto el hueco, el agujero o el vacío, como la absoluta certeza que te invade al saber que ya no existe, ni remotamente, la posibilidad, por ínfima que fuera, de llenarlo de nuevo, de ocuparlo otra vez, cuando fuera, como fuera, en un futuro. J.D.Salinger, a pesar de haber vendido más de 35 millones de ejemplares en todo el mundo de la novela de aprendizaje que ha sacudido las mentes de millones de adolescentes y otros tantos peterpanes atrapados en cuerpos de adultos por el ya acuñado síndrome de Holden Caulfield, nunca quiso prodigarse en la vida pública ni editar, más allá de sus relatos sobre la familia Glass, ninguna otra obra. El hombre que no salía en las fotografías estuvo más de cuarenta años sin publicar una sola línea, tal vez por el miedo, más que justificado, de verse eclipsado por el mito de su propia obra, y encontrarse ante el hecho, más que evidente, de no poder dar vida a más holdens, de no poder ser Holden constantemente.
Por eso también, la muerte de Salinger se trata de una muerte exenta. Exenta como su foto vacía –de la que hablaba David Trueba hace unos días en El País-. Una muerte vacía que viene a ocupar un vacío que, en realidad, ya existía, pero que, secretamente, confiábamos en poder llenar algún día, alentados, además, por sus propias palabras, por sus propias ficciones. Y es que, con la ficción, pasa un poco lo contrario que con la muerte: te convierte, casi por arte de magia, en dueño y señor de un sinfín de posibilidades, algunas muy buenas, otras peores, pero sólo de ti depende el modo en el que sean o no aprovechadas.
Pensaba en todo esto esta mañana, mientras releía algunos pasajes de El guardián entre el centeno y escuchaba a The Clash. Y ahí, entre notas arrugadas tomadas en servilletas, algún que otro folleto publicitario de ofertas informáticas y periódicos atrasados apareció, en uno de ellos, la imagen de un cerdo abierto en canal recién chamuscado y aún humeante. En ese momento, sonaba London calling y Holden decía algo acerca de presentarse voluntario a todas las guerras venideras y a mí el mundo me pareció de pronto un lugar verdaderamente impracticable. Volvió de nuevo mi absurda idea sobre la patente nuclear y mis neurotransmisores asociaron al instante, de un modo extraño, la muerte de Salinger con la cruenta exhibición de la obscenamente llamada fiesta de la matanza y eso, unido a la visión apocalíptica de la premonitoria London calling, me llevó a tomarme la vida un poco más en serio y la muerte, mera supervivencia, un poco menos. Tuve miedo, por un momento, de no poder ser Holden Caulfield nunca más y acostumbrarme a la vulgaridad de la muerte, y acomodarme en la calma chicha de la obscena edad adulta que desayuna porras mientras ojea las fotos de los cadáveres y los animales muertos con la voz de Joe Strummer de fondo; pero entonces ocurrió. Pensé que Cristo hubiera vomitado si hubiese visto todo esto y una voz, quiero pensar que la de J.D.Salinger, me contestó que era un ateo sacrílego y, probablemente, tenía razón.
Me sentí realmente bien porque al menos, por esta vez, había logrado volver a ser Holden.
28 Ene 2010
UN GALGO EN LA PLAYA ( Guillermo Miguel Amieva)
10 Ene 2010
LOS DIEZ PROPÓSITOS (Bea Gómez González)
Dejo la ventana abierta. No mucho, porque ya se sabe que en estos días de invierno y de lluvia, áridos y adversos como la boca de un ministro, es mejor no tentar ni a la suerte ni a los virus, porque en situaciones así, uno nunca sabe dónde acaba su ventana y donde empieza el mundo. Así que, como digo, dejo abierta la ventana, lo justo para ventilar, para que el aire se renueve y el oxígeno se retroalimente y también, por qué no, para que el día entre, plomizo y cargado, puede ser, pero que entre, y haga de mí, un poco más él, y un poco menos yo. Observo las nubes, las miro mientras hago alguna otra cosa, cualquier tontería, como ahuecar la almohada o silbar una sintonía absurda de algún politono que deteste y, de pronto, entran. Entran por ahí, por la misma ventana que yo he abierto; entran volando, como aviones de papel o aviones de verdad y tienen formas raras, formas de nubes raras, formas de nubes raras y blancas que me siguen como en los dibujos animados y que se cuelan en mi casa con la disposición y la diligencia de quien no ha sido invitado y viene dispuesto a quedarse. Son diez. Sí, son diez. Vuelvo a contarlos, por si algún rabo de nube se me hubiera escapado y se hubiera ido con Silvio Rodríguez a tararearse a sí mismo. Pero no, definitivamente son diez nubes que aterrizan en mi salón con forma de cielo despejado. Pienso en el número, diez. Resuelvo que la cifra tendrá algo que ver con el hecho de que este año que huele a cruasán recién hecho es, precisamente, el 2010, y considero seriamente la posibilidad de que la meteorología se haya vuelto también mágica, por aquello de los anuncios navideños y las calles rojas, y venga ahora a desearme la mejor de las suertes para este nuevo ciclo.
Se sientan ordenados, casi en fila, en mi sofá. Es increíble pero, en mi sofá, caben los diez con una facilidad que me asombra, dejando, además, el chaiselongue vacío, así que me siento en él. Me dicen que no, que la meteorología no tiene, en verdad, mucho que ver con ellos, sino más bien el calendario, y por sus caras candorosas y más que ingenuas, caigo, por fin, en la cuenta: los diez propósitos para este nuevo año han entrado por mi ventana y se han instalado en mi sofá.
El primero, que es una extraña mezcla entre Trinidad Jiménez y Mercedes Milá, me lanza una mirada de desprecio y desaprobación en el momento en que me enciendo un cigarrillo, y asegura que él es el primero de la lista, porque, sin duda, dejar de fumar es el propósito más importante que uno ha de hacerse para este nuevo año.
El segundo, que tenía la planta de Miguel Ángel Moratinos y el acento de Mr. Bean, se puso a hablar en inglés y, por lo poco que pude entender, me pareció que se trataba, precisamente del propósito de aprender, de una vez por todas, un inglés que fuese más allá del Acuarius de Raphael.
El tercero de ellos andaba verdaderamente ausente, consultando su iphone y me recordó mi incapacidad para manejar ciertos elementos informáticos que fuesen más allá del google, el correo y la wikipedia, así que la sugerencia de unas clases de informática avanzada, dieron pie al cuarto de los propósitos que, haciendo el espagat en medio de mi salón, le echó una mirada de compasión a mi michelín post navideño y me aseguró que con esa forma física no llegaría, sin duda, muy lejos, y que lo mejor para remediarlo sería tomarse en serio lo del gimnasio para este año recién llegado.
Mi enfado con éste último, como es lógico, fue notorio, así que tras un silencio un tanto incómodo, el quinto propósito, que anda husmeando en mi nevera, finalmente intervino, argumentando que mi dieta era, visto lo visto, de todo menos equilibrada, y que aumentar la ingesta de verduras, fruta, hortalizas y soja mejoraría notablemente mi salud y bienestar. Pero bien, lo que se dice bien , no estaba, algo que el sexto propósito debió de notar también, porque no tardó mucho en decirme que mi carrera profesional estaba pasando un mal momento y que en mi mano estaba reciclarme y poner todo el empeño del mundo para mejorar mis perspectivas laborales que eran, añadió, claramente mejorables.
No hará falta que les diga que mi humor, llegados a ese punto, era cada vez más funesto, pero sin duda lo fue mucho más cuando el octavo de los propósitos –un híbrido entre Teddy Bautista y la Madre Teresa- me llamó egoísta inculto además de delincuente, y dijo que ya iba siendo hora de que comprara más música y más cine, y dejara de usurpar derechos ajenos por el ciberespacio. Mi enfado ya era clamoroso, ni que decir tiene, pero el noveno de los propósitos pudo con el más difícil todavía, y mirando algunas fotos de las paredes y las estanterías, musitó haciéndose el comprensivo que era una pena, que teniendo la familia y lo amigos que tengo, no los cuidase como tanto como ellos se merecen y que debería, para eso estaba él, dedicarles en este año, todo ese tiempo del que les vengo privando por otros asuntos más intrascendentes.
En ese momento, imagínense, estallé. Mi cabreo era ya monumental y, como en los comics, un bocadillo lleno de signos extraños, rayos y centellas, salía como un tiro de mi boca. Tras el ímpetu verbal de mi enfado, el décimo de ellos intervino: te veo fatal, en serio, con unos niveles de estrés y de ansiedad claramente alarmantes. Un curso intensivo de yoga, de taichí o de sexo tántrico y unos cuantos manuales de autoayuda te vendrían al pelo.
Y aquí siguen. Merodeando entre mis cosas con su forma de nube. Yo los miro de reojo sin llamar demasiado su atención y esperando, secretamente, que el buen tiempo llegue cuanto antes y el cielo azul del año en curso los despeje, de mi vida, hasta el año que viene.
21 Dic 2009
CLARO DE BOSQUE ( Guillermo de Miguel)

13 Dic 2009
EL ANEXO DEL CAPITÁN SPARROW (Bea Gómez González)
“Yo no soy honesto. Y de un hombre que no es honesto sólo se puede esperar que no sea honesto. Honestamente, es con los honestos con los que hay que tener cuidado, ya que nunca puedes prever cuándo harán algo extraordinariamente estúpido”. Eso fue exactamente lo que dijo Jack Sparrow –el gran Johnny Depp de Los piratas del Caribe- mientras trataba de blandir el timón de La perla negra. Y es que, visto lo visto, y tal y como están de revueltas las aguas y de difusos los límites fronterizos de sus costas, lo mejor, como señalaba el bueno de Sparrow, es no fiarse ni del loro, por más honesto y sensato que éste parezca.
Y es que parece que ahora, en pleno siglo XXI, la piratería ha cogido por sorpresa a este país peninsular nuestro y nos afanamos en ponerle diques a ese mismo mar que nos rodea. Parece absurdo, pero es así. Parece inverosímil, suena incluso hasta a chiste, pero es extraño que un país que tiene en rededor tantas aguas y tantos mares no tenga, sin embargo, un bagaje marítimo representativo, ni político, ni sociológico ni siquiera cultural. No me digan que no es paradójico, por ejemplo, que siendo como somos una península, no contemos apenas con obras pictóricas o escultóricas que reflejen la vida del mar y sus gentes –exceptuando las amables y cursis pinceladas que retrataron las orillas de Sorolla, en las que además, el mar, era mero ornamento costumbrista-. No me digan que no es insólito, el hecho de que la obra literaria más universal escrita en nuestra lengua y en nuestra península, sea una especie de road movie desarrollada en la esteparia y árida planicie castellano manchega, y que las poquísimas novelas de mar que ha producido el castellano no sean, en realidad, muy tenidas en cuenta por las historias de la literatura –como algunas obras de Baroja-.
No es de extrañar que, con este desconocimiento del mar, de su cultura, de sus gentes, de sus recovecos y de sus trampas, se nos acabasen colando por estos 7880 kilómetros de costa que nos rodean, un par de tibias y una calavera. Pero, claro, ver en el horizonte una sola bandera sospechosa, se nos hacía como raro, así que ahora, el pendenciero navegante no parece ser sólo somalí, sino que hay otro que urde sus tretas en un mar mucho más bravo, más abierto y más voraz: el del ciberespacio.
Y por eso mismo, el Gobierno se ha puesto a izar las velas y levar el ancla de su buque invencible anti piratas, extrañamente llamado Anexo del Anteproyecto de ley de economía sostenible. Es raro, sí, pero qué quieren que les diga, cada quien llama a su barco como le da la gana. El caso es que, como si de la marina inglesa se tratase, este gobierno nuestro se ha propuesto combatir la piratería a golpe de prohibido, y piensan colocar una boya de esas, de las de prohibido, en la cresta de cada ola internáutica que huela mínimamente a descarga. Pero claro, cuando se pretende legislar con la sospecha en una mano y el mazo en la otra, se corre el riesgo de ver cachalotes en el placton y morralla en los tesoros escondidos.
Por eso, el buque ése del gobierno que tiene nombre tan largo, parece querer tener, sospechosamente, carta blanca en los mares del ciberespacio, y ostentar la potestad de la existencia de los otros buques, de cada web, cada blog, cada foro y cada portal que le huela, aunque sea de lejos, a parche en el ojo y a botella de ron.
Así que, como es normal, el resto de los barcos, pero también las barquichuelas que navegamos por el ciberespacio marítimo que el buque Anexo nos quiere fiscalizar, hemos puesto el grito en el cielo y el ojo en un catalejo desde el que nos ha parecido ver, a lo lejos, una seria maniobra pirata contra los piratas, sí, pero también contra las patas de palo, los loros, el ron y los garfios. El buque Anexo, como era de esperar, ha sido recibido con los brazos abiertos por la SGAE, que es esa cosa con nombre sibilino que, en efecto, lo es, y que acumula más beneficios a costa de la propiedad de autor –lo de intelectual lo dejamos para otro día- de los que podría imaginar el propio Jack Sparrow en sus mejores sueños.
El mar del que quiere hacerse dueño el buque Anexo, es un mar que va, poco a poco, democratizando la creación y convirtiendo en autores a más navegantes de los que cualquier asociación con nombre sibilino sería capaz de controlar. A los creadores masivos que copan el mercado no les basta con formar parte de la cultura dominante, sino que también quieren dominarla económicamente. Por su parte, los creadores independientes, los blogueros, los modestos administradores web, o los simples usuarios que quieren compartir sus creaciones, ven en el mar infinito de la web el lugar ideal para lanzar sus obras, al tiempo que la C del celoso Copyright de los grandes tiburones mercantiles se hace pequeña frente a la fuerza de muchos pequeños creadores. Por favor, pirateen mis canciones, reza más de un enlace en internet.
Mientras tanto, ya lo saben, el mensaje del Gobierno, más que tranquilizador, es inquietante, y recuerda sospechosamente a aquel otro mensaje que Jack Sparrow lanzó mientras se disponía a piratear una nave: “Mantened todos la calma, estamos tomando posesión de este navío”. Pues eso mismo.
23 Nov 2009
PASEANDO EN BICICLETA ( Guillermo de Miguel Amieva)
08 Nov 2009
EL GÉNERO BOBO (Bea Gómez González)
Hay algunos días en los que es mejor no toparse con los noticieros. Hay algunos días, a menudo lo pienso, en los que el café se merece caladas largas y el cigarro sorbos profusos y pausados, puro ensimismamiento, puro trance de pausa sin más, de impasse laboral, de fotografía diaria y exenta, calmada, espumosa y cálida y, sobre todo, alejada lo más posible de las noticias de actualidad, de la prensa diaria, de los mecanismos de información que el universo, en una especie de conspiración mediática, se empeña a cada rato en poner, casi imponer, en nuestros desayunos. Hay algunos días que terminan por convertirse en más días de los esperados y uno tiene, quiera o no, que terminar por hacer algo al respecto. Así que, perdónenme, o no lo hagan si lo prefieren, allá ustedes, pero he tomado la sana decisión de hacerme buzo para con las noticias de actualidad, de hacerme erizo, sobre todo con las verdaderamente importantes, con las serias, contrastadas y fidedignas crónicas del pulso de la política, la sociedad y los sucesos varios. Voy a atrincherarme, lo tengo decidido, en el “habla, Cartucho, que no te escucho” y, aun a riesgo de que piensen que lo mío es, como dice esa nueva canción de Vegas, “del género bobo”, créanme si les digo que se vive bien, mejor que bien, en la más absoluta, incluso puede que absurda, de las ignorancias.
Me alegró el hecho de saber que instalarse al Este del mainstream informativo –esto es, lejos de aquellas noticias de las que la gran mayoría de los medios se hacen eco-, no sólo era saludable, sino también factible. Que se puede, vaya, en definitiva. Se puede si uno está solo, claro, si está loco o si está harto, pero se puede. Y lo cierto es que yo, esta mañana, estaba todas esas cosas juntas, amén de algunas más que prefiero omitir, porque uno nunca se sabe lo fina que tienen la piel algunos de sus lectores. Así que me instalé allí, en el levante del torrente principal, al Este del edén, y se apoderó de mí el espíritu de un James Dean satisfecho y orgulloso; encantando, como yo, de mirarse en los espejos mientras le daba la espalda a los titulares del día. Dean y yo nos pusimos tan contentos que dejamos de estar hartos, y algún parroquiano de cruel perspicacia se acercó a nosotros para despedirse y dejar, con su ausencia, un reguero de noticias envuelto en papel de periódico junto a nuestro café.
En un primer momento, eso no me supuso ningún problema, pues mi voluntad estaba lejos de tener el más mínimo interés por los contenidos que se depositaban en sus hojas, burdos como posos de un café aguado y barato, a la espera de ser torpemente interpretados por millones de zafios aprendices de bruto -perdón, quise decir de brujo- cuyas filas me negaba a engrosar. Era fácil. Bastaba con no mirar. Bastaba con no tocar; con no moverse. Bastaba con no alargar la mano; con no focalizar la vista. Bastaba, en definitiva, con no estar en ese lugar exacto en el que, precisamente, me encontraba yo. Así que, como era de esperar, todo sucedió muy rápido: mi café se enfrió de repente, el cigarro se consumió casi solo, al tiempo que el espíritu de Dean desocupó sin causa mi cuerpo y se fue, gigante, por el Este, por donde había venido, a colonizar, supongo, otros efímeros ataques de rebeldía.
Una embarazada recibe una paliza por no llevar velo y sufre un aborto días después. Lo hice. Titular leído. Lo hice, caí en la trampa. Una trampa de la que no pude zafarme. Una trampa que le conecta a mi “habla cartucho” un directo a la mandíbula y me manda a morder el polvo de la lona de los informados. Es más: Los arrestados, de nacionalidad marroquí, están acusados de un delito de lesiones. Lo que me temía, tropiezo también con la lectura del subtítulo, ya no hay remedio, no hay redención. Estoy abocada a leer la noticia, avanzo: Tú lo que vales es para puta –dijeron los agresores-. Ya es evidente: estoy condenada a alimentar a la bestia de los posos del aguachirri informativo; obligada a desfilar en las filas que conforman el grueso mediático del informado, del aprendiz de bruto, o de brujo, o lo que sea. Castigada, no a no ser ignorante, sino a construir la lista infinita de todo aquello que, en efecto, se ignora. Así que, ya que estamos en harina, continúo y, de la que paso a la siguiente noticia, cae una red que vendía mujeres a otros proxenetas, confirmo que estoy condenada a saber lo que ya sospechaba: que una es, en efecto, “del género bobo”. Del género bobo y no de “El segundo sexo”, como decía Simon de Beauvoir quien, por cierto, también decía que “no se nace mujer, sino que se llega a serlo” o, lo que es lo mismo, que el género -esa palabra que tanto parece gustar a los políticos, a los medios y a todo el séquito que los acompaña a unos a otros- es, en realidad, una mera construcción social, un papel que debemos desempeñar en este gran teatro de nuestro mundo que, lo siento, Calderón, parece ser el mainstream que, por cierto, también se ha apuntado a eso del género. Algo que, por cierto, me pone furioso y furiosa, sobre todo cuando tecleo la palabra mujer en el google, le doy a la pestaña de noticias y aparecen titulares del tipo: la mujer apuñalada por su pareja sigue grave; una revista yihadista tapa el rostro de Carme Chacón por ser mujer; o el aparentemente inofensivo la tecnología es cuestión de sexos. Podría seguir así hasta llegar a las tres cifras de titulares en los que la distinción de géneros, de sexos, siempre lleva dentro un bicho endemoniado, camuflado muchas veces en trajes chistosos e incluso amables, pero que no para hasta desmembrar al género venido a llamar femenino, hasta demonizarlo o victimizarlo a partes iguales; haciéndolas putas o haciéndolas vírgenes pero siempre, haciéndolas cargar con un bagaje que no les corresponde y con el que deberían dejar ya, muchas de ellas, de identificarse.
Porque, mientras sigamos en el eterno bucle al que nos somete el encasillamiento tonto de lo genérico y su simplista e inamovible clasificación (miren que hasta en las categorías gramaticales los académicos vienen, a cada poco, cambiando de opinión como de camisa, y lo que antes era adverbio ahora ya es preposición) estaremos alimentando a la bestia que hace que descreamos de los grandes pensadores, capaces de afirmar que “la mujer es una animal inepto y estúpido aunque agradable y gracioso”, de los intelectuales contemporáneos que aseguran que “la mujer es el precio que pagamos por el placer” y hasta de nuestra vecina, ésa que asegura sin tapujos que “nosotras somos más malas que los hombres”. Al final, doblo el periódico en clara señal de derrota, dejo unas monedas junto a los posos del café que alguien –quizá yo mismo- interprete mal o sin orden y a destiempo, y pienso con añoranza en el James Dean incorpóreo y puede que ignorante pero, sobre todo, libremente agénero, que hace unas horas fui. Me recreo en él, vuelvo a él, a ella, me reinvento, nos reinvento en un género único y, a la vez, poliédrico, vivo y en constante construcción y, ya puestos, juego con las tramposas marcas de género de los sustantivos y los adjetivos; me invento un mundo alejado del mainstream de género, alejado de campañas publicitarias que pugnan por mantener esa consigna tan políticamente correcta como peligrosamente poderosa que afirma que somos iguales y somos diferentes. No, señores, a la mujer, al hombre, al hermafrodita y al genéricamente indefinido que son yo no les engañan. Porque, no es que seamos iguales, es que somos los mismos. Y porque, al final, ya lo viene a decir Vegas, la cosa está bastante clara: sólo existen dos géneros, el bobo, y todos los demás. A partir de ahí, que cada quien se construya el que más le convenga.
20 Oct 2009
EL POLIGONO INDUSTRIAL (G. de Miguel)
Sobre este blog
Los Cuatro Cantones
Cuatro cantonesBeatriz Gómez González, José Luis de Román, Julián Alonso y Guillermo de Miguel son los autores de este blog sobre la realidad de Palencia.
Buscar
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):
Archivos
Secciones
Últimos Comentarios
- EL POLIGONO INDUSTRIAL (G. de Miguel) 1 comentario jesuscuadrado@terra.es
- PERAS Y MANZANAS (Bea Gómez González) 1 comentario Cristo Maestro Andar
- ESCULTURA DE JERONIMO ARROYO ( G. de Miguel) 3 comentarios Elena de la Maza Guillermo admirado
- UN GALGO EN LA PLAYA ( Guillermo Miguel Amieva) 2 comentarios guillermo Cari
- LOS DIEZ PROPÓSITOS (Bea Gómez González) 1 comentario Cari
