08 Mar 2010

PERAS Y MANZANAS (Bea Gómez González)

Llego a casa con la premura de quien llama al ascensor y abre el buzón al mismo tiempo, y allí, entre las consabidas facturas y los reclamos publicitarios, aparece una carta sin destinatario en la que me invitan a una especie de charla, o algo así, para contarme las maravillas de no sé qué batería de cocina. Me dicen, además, que si asisto con mi cónyuge, ambos seremos agasajados con un obsequio. A saber: un juego de pendientes y gargantilla –no me digan que la palabrita no se las trae- para las damas y un reloj de acero templado, waterproof y no sé qué más para los caballeros. Ni que decir tiene que, en cuanto entro en casa, el papelito de marras se pierde en el fondo del compartimento de la basura destinado al papel, y no vuelvo a acordarme de él hasta que no veo por televisión que se ha censurado una campaña publicitaria en la que Paris Hilton bebe un refresco del modo más sexy que puede y los lugareños observan cómo la heredera calma su sed. O sea que está bien que los obsequios sean diferentes para ellos y ellas, pero olvídate de que una marca utilice como reclamo el atractivo sexual de una mujer.

Y todo esto justo hoy, un día antes de que se celebre el día internacional de la mujer. Un día del que, por otro lado, siento verdadero recelo, quizá por el hecho de que hay más días internacionales que longanizas y tampoco parece que vayan más allá de una charla por aquí o un evento por allá, por aquello de justificar gastos sociales. Los días internacionales me dan miedo. Qué le voy a hacer. Es más, me dan grima. Porque su sola existencia es ya suficientemente sintomática, indicativa de que algo va mal. No existe el día internacional de los que miden 1’70, ni el día internacional de los pelirrojos. Por algo será. Así que, mientras el día internacional de la mujer siga existiendo, me temo, mi papelera seguirá llenándose de reclamos sexistas y los escotes de las herederas seguirán estando en el ojo del huracán.

Porque, al fin y al cabo, todo esto de la igualdad no es más que una trampa, una especie de convenio tácito al que la sociedad patriarcal ha llegado con los propios movimientos feministas, que alzan la voz contra la mujer objeto y siguen dando en sus bodas bomboncitos para ellas y purazos para ellos. La mujer objeto no tiene nada de malo, igual que el hombre objeto, siempre que ambos hayan decidido libremente serlo, desempeñar ese rol social o firmar un contrato en el que han de fingir serlo, aunque sólo sea por unas horas.

Es estupendo que una mujer tenga como meta combinar su trabajo de alta ejecutiva con un matrimonio y tres hijos al cargo, pero tampoco es obligatorio. Y el patriarcado, mano a mano con el feminismo reinante (heredero de aquel feminismo decimonónico tan necesario en su día), parece estar empeñado en decirnos que ése es el único camino posible. Porque, que haya igualdad entre hombre y mujeres no significa que éstas tengan que mantener sus roles y asumir, además, las tareas sociales destinadas a aquel, sino que más bien se trata de desdibujar esas barreras que nos diferencian, de desconfigurarlas por completo, hasta que desaparezcan.

Igualdad no es que ellos pongan la lavadora y ellas lleven el coche al taller, porque eso no supone una transgresión en los roles de género, sino una simple asimilación de tareas que se suman a las que, de por sí, ya tiene cada uno. Igualdad, más bien, sería, que el fútbol, los coches, los toros y el wisky solo, no estuvieran asociados en la imaginería popular a un género en concreto, y que tampoco lo estuvieran la moda, el cine romántico, las joyas y los refrescos bajos en calorías, por poner algunos ejemplos.

Y si alguno de ustedes está pensando ahora mismo que hay muchas mujeres a las que les gusta el fútbol y hombres preocupados por su fondo de armario, verán que para llegar a esas conclusiones han tenido que identificar primero el arquetipo y ponerle a cada palabrita su cartelito rosa o su cartelito azul y, por desgracia, aquí nadie está libre de pecado.

Parece claro, por tanto, que los roles no son más que una construcción social que se consigue a base de tópicos, a base de maneras, de modos, de ademanes, de accesorios, de cortes de pelo y de una imaginería concreta asociada a uno u otro género. Por eso, la igualdad no es posible dentro de ese encorsetamiento, sino que únicamente es factible en una sociedad en la que todos esos tópicos, maneras e imposturas sean, no abolidas, desde luego, sino, de algún modo, intercambiables, flexibles, móviles, dúctiles y complacientes. Un hombre sabe perfectamente lo que tiene que hacer para disfrazarse de mujer, y lo mismo ocurre al revés. Pero no solemos reparar en el hecho de que, con gestos aprendidos, imágenes inculcadas, asociaciones inducidas, las mujeres también se disfrazan de mujeres y los hombres de hombres cada día. Y es más, aquellos y aquellas que no siempre lo hacen sufren, con frecuencia, el rechazo de esa misma sociedad que mañana celebra la fiesta del camino a la igualdad. Paradojas del rol y el calendario.

Por eso, el día en el que para escribir un artículo como éste yo ya no pueda echar mano de los adjetivos rosa y azul y estos colores tengan tanto que ver con el género como el amarillo limón o verde veronés, se habrá llegado a la igualdad, es más, el concepto de igualdad se habrá superado con creces, y hablar de hombres y mujeres será tanto como hablar –que Ana Botella me perdone- de peras y manzanas.

24 Feb 2010

ISACIO CALLEJA ( Guillermo de Miguel Amieva)

Cuando era niño difícilmente hubiera llegado a imaginar que aquel lateral izquierdo de la selección española que corría la banda con tanta destreza llegaría a ser amigo y compañero de profesión. Aunque yo jugaba al hockey sobre patines, para todos los chicos de mi generación el fútbol no dejaba de ser el deporte por excelencia. Desde tal excelencia, los grandes jugadores como Isacio alcanzaban el Olimpo de nuestros sueños. También estaban los grandes del Hockey, como Nogué o Sabaté, pero no bastaba que la selección sobre patines fuera cinco veces campeona del mundo para destronar a los ases del balompié, término más pedante que el célebre Matías Prats padre solía emplear en aquellas postrimerías del franquismo en que los anglicismos no tenían tanta resonancia como ahora.
Un buen día de hace muchos años, ejerciendo como letrado incipiente en Palencia, tuve que recurrir por vez primera a un procurador de Madrid que representara ante el Tribunal Constitucional los intereses de mi cliente. No sabía que encontraría la recomendación de Isacio, procurador que, por palentino, suele tratar con más cercanía a sus paisanos. El caso es que trabé relación profesional y personal con él. Me chocaba que un jugador de fútbol de la generación de Isacio se hubiera animado al estudio de las leyes, pues no ha de ocultarse que tal circunstancia, en su tiempo, alcanzaba categoría excepcional. De entre los deportistas de entonces, Isacio destaca por haber sabido compaginar sus estudios con el deporte. Quizás hubo un tiempo, cuando estudiaba en los Maristas de Palencia, en que tal cosa le resultó algo más fácil, pero al deportista ya profesional, entregado intensamente al entrenamiento y a la alta competición, ha de advertirse que debe costarle algo más. Lo cierto, es que el Isacio procurador de los Tribunales de hoy en día se me antoja un excelente lateral izquierdo para abrir la banda por la cual introducir nuestras pretensiones judiciales. Isacio corre la banda con la demanda para que el abogado dispare a puerta su alegato final, tal es la metafórica circunstancia.
El otro día, acuciado por una necesidad profesional resuelta de inmediato, recuperé el contacto charlando telefónicamente las dos horas finales de un relajado viernes por la tarde. Encontré de nuevo al palentino y al futbolista, alguien dotado de enorme memoria, capaz de retrotraerte el pasado de manera fluida. El Isacio palentino resulta amable y fiel al Cerrato del que procede. Sus orígenes, enclavados en Valle de Cerrato, junto a la delicada Hontoria, nos traen la imagen austera de los campos de los años cuarenta, un tiempo agrícola bien distinto, desde luego, al más acomodaticio de ahora. Isacio se cultivó en el esfuerzo y en el sacrificio propio de antaño, cuando las máquinas agrícolas eran una excepción, pero, seguramente, sus pinitos futbolísticos se desarrollaron en la atmósfera de las eras de Valle, lugar donde el niño recreaba las jugadas de los ídolos de entonces sin saber que él llegaría a serlo un día. Resulta que el Cerrato nos une porque a ambos nos gusta el paisaje árido de los cerros y los bosques de robles y sabinas, porque hemos degustado el magnífico lechazo de la zona, y porque hemos cultivado, -lo supimos el otro día-, la amistad de Elpidio Ruiz, personaje con quien he compartido recitales poéticos y a quien en las romerías de la Virgen de Hontoria he sufrido que dolosamente me tirara el agua de bendecir los campos. Dios se lo tendrá en cuenta algún día.
El Isacio futbolista no echa de menos jugar en estos tiempos áureos para los jugadores galácticos. A pesar de que de haber jugado ahora no hubiera necesitado trabajar luego como procurador de los tribunales, su ficha en el Atlético de Madrid tampoco resultaba despreciable en aquel tiempo y, en cualquier caso, sus éxitos deportivos colmarían las expectativas de cualquier jugador de cualquier tiempo. Ha sido uno de los grandes jugadores de nuestra historia futbolística al que cabe atribuir, no sólo el campeonato de Europa con la selección absoluta frente a Rusia, con el famoso gol de Marcelino, sino dos ligas, cuatro copas del Generalísimo (léase del Rey), y una recopa de Europa con el Atlético Madrid, todo ello aderezado con un irreprochable comportamiento deportivo que le honra y dice mucho también del Cerrato que le viera nacer un día.
Las leyes y el fútbol han sido su vida. Si en el fútbol hay leyes que lo reglamentan, en el derecho también cabría hablar de cierta necesaria deportividad exigible profesionalmente, pero las zancadillas, como en todo, son inevitables, y el hombre no deviene máquina capaz de la perfección. Aun así, Isacio nunca ha lesionado a un jugador, pero tampoco ha traicionado a ningún letrado que conjuntamente con él, como es mi caso, sustentara una pretensión. Llega un momento en que la vida posiciona a los hombres colocándolos en el lugar que merecen, pero para ello hay que luchar frente a las adversidades corriendo la banda lateral izquierda de un campo de fútbol cualquiera, -el de la vida, por ejemplo-. Saltar, zigzaguear, driblar, pasar la pelota en el instante correcto, dar juego al compañero, compartir con él la dureza de la pelea o, en su caso, el pleno triunfo al que el buen hacer nos conducen, constituyen las acciones de la persona que se ha construido a sí misma.
Hoy, porque estoy orgulloso de Isacio, no quiero desperdiciar la ocasión de glosar su figura frente a un lector que es paisano, pues en el paisanaje, en lo que hacemos los naturales de una tierra, sucede que construimos la historia que luego es sometida a juicio. Un día de tantos, entre nosotros, nació un chico modesto en un modesto lugar del Cerrato palentino, alguien a quien el destino deparaba ser un jugador para el recuerdo.

07 Feb 2010

EL MIEDO A NO PODER SER HOLDEN (Bea Gómez González)

Hablar de los muertos siempre es una vulgaridad. Por muy bien que lo haga uno, por muy elegante o respetuoso que uno quiera ser, siempre acaba la cosa poniéndose algo pedante, o tosca o, cuando menos, inapropiada y al final, el texto termina por ser un amasijo de torpezas que oscilan sin remedio entre el sentimentalismo maniqueo del nosomosnadie y la mundana trivialidad del muertoalhoyo. Así que confío en que ustedes sean capaces de perdonarme si, a lo largo de este artículo, se cuelan como prófugos en el Titanic, algún que otro epíteto moñas o alguna que otra estupidez en forma de frase hecha manoseada y hortera.

Digo esto porque, ahora que ya han pasado unos días desde que la muerte de J.D.Salinger abriera una brecha en mi mundo literario, precisamente el día de mi cumpleaños, hoy me he decidido a visitar de nuevo las páginas de su Guardián entre el centeno (A catcher in the rye) y he vuelto, de nuevo, a estar de acuerdo. Estar de acuerdo con algo, con alguien, siempre sienta bien, por eso, cuando tengo uno de esos días en los que mataría por tener la patente de la bomba atómica y hacerla explotar de una vez por todas para que reviente el mundo entero, sin miramiento alguno, siempre acabo entre las páginas de El guardián, porque con Holden Caulfield siempre sé que estoy de acuerdo. Por eso, cuando hoy he vuelto a esa edición de bolsillo que tengo ya tan anotada y subrayada y que por tantas manos ha pasado –cómo no compartir los pensamientos de un tipo con Holden con la gente a la que uno quiere- me he dado cuenta de que, en efecto, los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras. No hay muchos libros de esos. Por ejemplo, no me importaría nada llamar a J.D.Salinger, si no fuese ya, claro, porque J.D.Salinger está muerto. Con eso no contaba el propio Salinger cuando escribió esas líneas, con el hecho de que, como a Holden, a uno le podía apetecer de repente, una tarde lluviosa y tonta, telefonearle a él y charlar sobre cualquier tontería, sobre esa idea mía a cerca de la patente de bomba atómica y todo eso. Pero ahora ya no. Ahora Salinger está muerto y su muerte ha acabado también con la posibilidad de fantasear con esas llamadas, por más antisocial y ermitaño que éste fuera en vida. Su muerte ha dejado huérfana una posibilidad, y no es que nos sobren de ésas, precisamente.

Y es que al final, eso es un poco también la muerte. Una posibilidad agotada, extinta, finita, caput. No es tanto el hueco, el agujero o el vacío, como la absoluta certeza que te invade al saber que ya no existe, ni remotamente, la posibilidad, por ínfima que fuera, de llenarlo de nuevo, de ocuparlo otra vez, cuando fuera, como fuera, en un futuro. J.D.Salinger, a pesar de haber vendido más de 35 millones de ejemplares en todo el mundo de la novela de aprendizaje que ha sacudido las mentes de millones de adolescentes y otros tantos peterpanes atrapados en cuerpos de adultos por el ya acuñado síndrome de Holden Caulfield, nunca quiso prodigarse en la vida pública ni editar, más allá de sus relatos sobre la familia Glass, ninguna otra obra. El hombre que no salía en las fotografías estuvo más de cuarenta años sin publicar una sola línea, tal vez por el miedo, más que justificado, de verse eclipsado por el mito de su propia obra, y encontrarse ante el hecho, más que evidente, de no poder dar vida a más holdens, de no poder ser Holden constantemente.

Por eso también, la muerte de Salinger se trata de una muerte exenta. Exenta como su foto vacía –de la que hablaba David Trueba hace unos días en El País-. Una muerte vacía que viene a ocupar un vacío que, en realidad, ya existía, pero que, secretamente, confiábamos en poder llenar algún día, alentados, además, por sus propias palabras, por sus propias ficciones. Y es que, con la ficción, pasa un poco lo contrario que con la muerte: te convierte, casi por arte de magia, en dueño y señor de un sinfín de posibilidades, algunas muy buenas, otras peores, pero sólo de ti depende el modo en el que sean o no aprovechadas.

Pensaba en todo esto esta mañana, mientras releía algunos pasajes de El guardián entre el centeno y escuchaba a The Clash. Y ahí, entre notas arrugadas tomadas en servilletas, algún que otro folleto publicitario de ofertas informáticas y periódicos atrasados apareció, en uno de ellos, la imagen de un cerdo abierto en canal recién chamuscado y aún humeante. En ese momento, sonaba London calling y Holden decía algo acerca de presentarse voluntario a todas las guerras venideras y a mí el mundo me pareció de pronto un lugar verdaderamente impracticable. Volvió de nuevo mi absurda idea sobre la patente nuclear y mis neurotransmisores asociaron al instante, de un modo extraño, la muerte de Salinger con la cruenta exhibición de la obscenamente llamada fiesta de la matanza y eso, unido a la visión apocalíptica de la premonitoria London calling, me llevó a tomarme la vida un poco más en serio y la muerte, mera supervivencia, un poco menos. Tuve miedo, por un momento, de no poder ser Holden Caulfield nunca más y acostumbrarme a la vulgaridad de la muerte, y acomodarme en la calma chicha de la obscena edad adulta que desayuna porras mientras ojea las fotos de los cadáveres y los animales muertos con la voz de Joe Strummer de fondo; pero entonces ocurrió. Pensé que Cristo hubiera vomitado si hubiese visto todo esto y una voz, quiero pensar que la de J.D.Salinger, me contestó que era un ateo sacrílego y, probablemente, tenía razón.

Me sentí realmente bien porque al menos, por esta vez, había logrado volver a ser Holden.

28 Ene 2010

UN GALGO EN LA PLAYA ( Guillermo Miguel Amieva)

A veces pasan cosas extraordinarias que merecen ser contadas. Algunas son tan evidentes que irrumpen en nuestras vidas metiéndose de lleno sin que nada podamos hacer para evitar su explosión colorista. Otras, sin embargo, surgen poco a poco y lentamente se instalan en nuestro interior para ser disfrutadas, sucediendo también, a veces, que de puro discretas pueden llegar a pasar desapercibidas si no prestamos atención. Nuestra sensibilidad determina el umbral amplio o estrecho por el que el cauce de los acontecimientos vitales fluye por nuestra mente, todo de tal manera que, en cierta forma, somos responsables de lo que vivimos. La realidad tiene determinada fijeza que sólo puede ser vencida por la creatividad y las sensibles maneras que demostramos acrisolar frente a las circunstancias. Nosotros interpretamos el mundo, pues ya se dice que el mundo deviene circunstancia repetida a lo largo del tiempo, rutina perversa que sólo la imaginación humana puede recrear. La literatura, por ejemplo, -ésta mía si alcanzara tal categoría-, es una de las maneras que tenemos para sublimar la realidad.
A pesar de que suelo escribir sobre Palencia, viene al caso la excepcional noticia de que hoy no lo haga o que sólo lo haga en parte. No sé si sabe el lector que parte de mi sangre procede de Asturias, -la materna y por ello la más imaginativa-,y que suele ser frecuente que viaje allí numerosas veces. Acudí el día de fin de año para celebrar ritualmente la muerte del tiempo tomando doce uvas y unos cuantos sorbos de cava. El uno de enero por la mañana, día que no sé por qué se torna siempre un tanto melancólico, decidí pasear por la llanisca playa del Sablón con mi hija Blanca, llevando ambos la intención de estrenar la nueva cámara digital que la Navidad nos ha traído y reafirmarnos, así, en nuestra ya asumida condición de cazadores de tiempo. Durante un buen rato disfrutamos de la belleza del lugar, que nos ofrecía la caída vertical de la pared rocosa que forma el paseo de San Pedro y, más al fondo, la impresión pictórica de “ Los Cubos de la Memoria” de Ibarrola.
A salvo quizás de las fotos que sacábamos, nuevas aunque ya obtenidas en ocasiones anteriores, todo transcurría con la inexorable fijeza de un día de fin de año en Llanes. Aún estábamos de espaldas a la escalinata de la playa cuando apareció Vicente Armas, conocido hostelero de la localidad. Lo que sin duda para él era un paseo rutinario con Zar, su perro amigo, príncipe de la lealtad, irrumpiría en mi interior como uno de esos sucesos excepcionales a los que debemos prestar toda nuestra atención. Las pisadas metódicas, lentas, pausadas y casi perezosas del galgo se fueron cuajando sobre la arena de la playa adelgazando su silueta en sombra sin ser advertido. Mas, suele pasar que algo nos hace intuir otras presencias aún inadvertidas cuando estamos solos. Noté la del galgo antes de verla con mis ojos, pero cuando lo vi allí, en medio de la playa del Sablón de Llanes, ocurrió que el tiempo se detuvo.
La sensación del tiempo detenido sólo crece en mi interior cuando sé que voy a obtener una instantánea memorable. Al ver a Zar caminar por la arena advertí de inmediato la excepcional circunstancia que representaba toparme en plena costa con un perro mesetario, estampa inusual que rompió la fijeza con que la realidad construye sus escenarios de costumbre. Su presencia reportaba algo nuevo que yo nunca había visto y que, además, me transportaba a la tierra paterna que habito. Animado por mi apetito fotográfico pedí a Vicente que dispusiéramos a Zar para ser retratado entre las rocas, y el amigo amable accedió sin poner reparo. Lo llevamos ayudándole a sortear las zonas duras que no podía pisar y le quitamos la cadena, no así el collar. Luego, me senté en una roca para disparar. Cronos percibió que el cazador de tiempo quería capturar con la cámara uno de sus instantes, y, quizás por ello, por su egoísmo, alertó a Zar provocando en él cierta excitación que impedía que guardara una compostura digna para el momento. Cronos suele resistirse a ser fotografiado porque probablemente no es coqueto, o porque no quiere dejar que un instante, un simple momento, alcance en manos de un humano notas más propias de la eternidad que sólo a él parecen pertenecer. Pero hace tiempo descubrí que el Dios del Tiempo no puede huir de nuestras vidas porque también está atado a ellas, al menos mientras vivimos, de manera que basta guardar un poco de paciencia para que ceda. La paciencia es la senda que lleva a la eternidad.
La imagen de Zar, elegante y mayestático, con cierto imperio sobre la realidad material de las rocas, ya es un instante capturado para la eternidad. Al mismo tiempo, interpretando la realidad desde mi sensibilidad, descubrí que el galgo era un símbolo de lo que yo mismo represento, pues, de algún modo, me ha tocado asumir mi híbrida condición de asturiano y castellano al mismo tiempo. Cuando perteneces a una doble geografía, como me sucede, la idiosincrasia de las gentes de ambos espacios se adentra en ti conformando una personalidad que nunca es enteramente de ningún sitio. Ocurre que careces de todas las notas de ambas maneras del alma, pero también sucede que te complementas porque puedes ver el mundo desde dos perspectivas. Zar es un habitante del planeta al que le ocurre lo mismo que a mí, perro asturcastellano que un nostálgico día de año nuevo encontré paseando en un lugar que no le es del todo propio. Criado en Asturias por un asturiano de pro, pero perteneciente a la Tierra de Campos, donde sus iguales corren en distinguida carrera por las eras, se puso delante de mi objetivo no casualmente, sino porque el destino había construido nuestro encuentro para mirarnos a los ojos, reconocer nuestra condición híbrida y detener el tiempo. Tal cosa pasó y tal cosa cuento.

10 Ene 2010

LOS DIEZ PROPÓSITOS (Bea Gómez González)

Dejo la ventana abierta. No mucho, porque ya se sabe que en estos días de invierno y de lluvia, áridos y adversos como la boca de un ministro, es mejor no tentar ni a la suerte ni a los virus, porque en situaciones así, uno nunca sabe dónde acaba su ventana y donde empieza el mundo. Así que, como digo, dejo abierta la ventana, lo justo para ventilar, para que el aire se renueve y el oxígeno se retroalimente y también, por qué no, para que el día entre, plomizo y cargado, puede ser, pero que entre, y haga de mí, un poco más él, y un poco menos yo. Observo las nubes, las miro mientras hago alguna otra cosa, cualquier tontería, como ahuecar la almohada o silbar una sintonía absurda de algún politono que deteste y, de pronto, entran. Entran por ahí, por la misma ventana que yo he abierto; entran volando, como aviones de papel o aviones de verdad y tienen formas raras, formas de nubes raras, formas de nubes raras y blancas que me siguen como en los dibujos animados y que se cuelan en mi casa con la disposición y la diligencia de quien no ha sido invitado y viene dispuesto a quedarse. Son diez. Sí, son diez. Vuelvo a contarlos, por si algún rabo de nube se me hubiera escapado y se hubiera ido con Silvio Rodríguez a tararearse a sí mismo. Pero no, definitivamente son diez nubes que aterrizan en mi salón con forma de cielo despejado. Pienso en el número, diez. Resuelvo que la cifra tendrá algo que ver con el hecho de que este año que huele a cruasán recién hecho es, precisamente, el 2010, y considero seriamente la posibilidad de que la meteorología se haya vuelto también mágica, por aquello de los anuncios navideños y las calles rojas, y venga ahora a desearme la mejor de las suertes para este nuevo ciclo.

Se sientan ordenados, casi en fila, en mi sofá. Es increíble pero, en mi sofá, caben los diez con una facilidad que me asombra, dejando, además, el chaiselongue vacío, así que me siento en él. Me dicen que no, que la meteorología no tiene, en verdad, mucho que ver con ellos, sino más bien el calendario, y por sus caras candorosas y más que ingenuas, caigo, por fin, en la cuenta: los diez propósitos para este nuevo año han entrado por mi ventana y se han instalado en mi sofá.

El primero, que es una extraña mezcla entre Trinidad Jiménez y Mercedes Milá, me lanza una mirada de desprecio y desaprobación en el momento en que me enciendo un cigarrillo, y asegura que él es el primero de la lista, porque, sin duda, dejar de fumar es el propósito más importante que uno ha de hacerse para este nuevo año.

El segundo, que tenía la planta de Miguel Ángel Moratinos y el acento de Mr. Bean, se puso a hablar en inglés y, por lo poco que pude entender, me pareció que se trataba, precisamente del propósito de aprender, de una vez por todas, un inglés que fuese más allá del Acuarius de Raphael.

El tercero de ellos andaba verdaderamente ausente, consultando su iphone y me recordó mi incapacidad para manejar ciertos elementos informáticos que fuesen más allá del google, el correo y la wikipedia, así que la sugerencia de unas clases de informática avanzada, dieron pie al cuarto de los propósitos que, haciendo el espagat en medio de mi salón, le echó una mirada de compasión a mi michelín post navideño y me aseguró que con esa forma física no llegaría, sin duda, muy lejos, y que lo mejor para remediarlo sería tomarse en serio lo del gimnasio para este año recién llegado.

Mi enfado con éste último, como es lógico, fue notorio, así que tras un silencio un tanto incómodo, el quinto propósito, que anda husmeando en mi nevera, finalmente intervino, argumentando que mi dieta era, visto lo visto, de todo menos equilibrada, y que aumentar la ingesta de verduras, fruta, hortalizas y soja mejoraría notablemente mi salud y bienestar. Pero bien, lo que se dice bien , no estaba, algo que el sexto propósito debió de notar también, porque no tardó mucho en decirme que mi carrera profesional estaba pasando un mal momento y que en mi mano estaba reciclarme y poner todo el empeño del mundo para mejorar mis perspectivas laborales que eran, añadió, claramente mejorables.

No hará falta que les diga que mi humor, llegados a ese punto, era cada vez más funesto, pero sin duda lo fue mucho más cuando el octavo de los propósitos –un híbrido entre Teddy Bautista y la Madre Teresa- me llamó egoísta inculto además de delincuente, y dijo que ya iba siendo hora de que comprara más música y más cine, y dejara de usurpar derechos ajenos por el ciberespacio. Mi enfado ya era clamoroso, ni que decir tiene, pero el noveno de los propósitos pudo con el más difícil todavía, y mirando algunas fotos de las paredes y las estanterías, musitó haciéndose el comprensivo que era una pena, que teniendo la familia y lo amigos que tengo, no los cuidase como tanto como ellos se merecen y que debería, para eso estaba él, dedicarles en este año, todo ese tiempo del que les vengo privando por otros asuntos más intrascendentes.

En ese momento, imagínense, estallé. Mi cabreo era ya monumental y, como en los comics, un bocadillo lleno de signos extraños, rayos y centellas, salía como un tiro de mi boca. Tras el ímpetu verbal de mi enfado, el décimo de ellos intervino: te veo fatal, en serio, con unos niveles de estrés y de ansiedad claramente alarmantes. Un curso intensivo de yoga, de taichí o de sexo tántrico y unos cuantos manuales de autoayuda te vendrían al pelo.

Y aquí siguen. Merodeando entre mis cosas con su forma de nube. Yo los miro de reojo sin llamar demasiado su atención y esperando, secretamente, que el buen tiempo llegue cuanto antes y el cielo azul del año en curso los despeje, de mi vida, hasta el año que viene.

21 Dic 2009

CLARO DE BOSQUE ( Guillermo de Miguel)

Antes de revelar el misterio que el presente artículo contiene he de referirme al claro del bosque, lugar hermoso que permite encontrarnos a nosotros mismos. Podemos imaginar un claro de bosque cerrando los ojos, detenernos en su contemplación recreándolo cual singularidad que abre un oasis de luz en la foresta. Hay algo mágico en él que invita a la ensoñación, podría decirse que nos saca de la realidad permitiendo que olvidemos aquellas cosas que nos hacen sufrir. El claro del bosque aumenta la sensación de la individualidad, aunque en él, -para ser más preciso-, nos sentimos libérrimamente solos y unidos al cosmos al mismo tiempo. Se puede percibir la plenitud manando como el chorro de una fuente. Espacio presto a ser invadido, más aún, dúctil a serlo, deseoso de que alguien acabe diluyéndose en soledad elegida, el claro de bosque deviene válvula de aire fresco que todos de vez en cuando necesitamos sentir.
El claro del bosque unifica lo grande con lo pequeño, dispone las cosas de tal modo que todo deviene singular y cósmico al mismo tiempo. Nuestra respiración, debido a un extraño sortilegio, se armoniza con la respiración del universo y descubrimos en la unidad el sentido final de nuestra propia existencia. Cuando somos conscientes de que no estamos separados de la materia sino fundidos en ella, al punto de que no podríamos establecer una frontera entre nosotros y ella, encontramos cierta tranquilidad explicable porque, entonces, la vida y la muerte están abocadas a compartir el mismo destino. El claro de un bosque, musical partitura compuesta por un expresivo silencio, nos permite comprender todo lo que digo.
Hay muchas clases. Los reales podemos encontrarlos dentro del bosque, pero no siempre solemos tener uno cerca de nosotros. Otros son metafóricos. Acabo de encontrar uno escuchando una caracola de mi hija Blanca. Hay veces que pienso en la mítica tabla redonda del Rey Arturo, excepción a la arbórea y entretejida realidad del egoísmo humano. En otras ocasiones abro un libro y me adentro en ésa pletórica luminosidad literaria suya, perdiendo entonces la conciencia de tener conciencia. En el claro de un bosque la alquimia produce la transformación del plomo en oro, la soledad se envuelve de extraña compañía.

La ciudad que habitamos suele contener islas que operan como claros de bosque, habitáculos que se hacen íntimos cuando los descubrimos y que, al ser descubiertos en su esencia más misteriosa, nos hacen portadores de su secreto. La consabida apariencia urbana, que tanto nos enajena, acrisola pliegues profundos que debemos escarbar para vivir con intensidad. Entonces ocurre que lo mágico se hace posible. La fotografía que muestro revela un lugar muy especial para mí. No recuerdo el día que lo descubrí, ni siquiera el año. Probablemente el tiempo se ha difuminado desde que se estableciera la mágica conexión que me une a éste lugar. Ubicado dentro del Salón de Isabel II, pequeño bosque urbano, un círculo formado por árboles delimita la presencia de un claro que contiene una fuente. Dentro del claro, puede apreciarse otro círculo formado por pequeños taburetes de piedra, asientos dispuestos para caballeros artúricos. En mi imaginación, éste claro de bosque equivale a la mítica tabla redonda de Arturo y sus caballeros, claro de bosque donde alguna vez medito, me recojo, me sumerjo en el interior más hondo que comunica con todo. Busco el Santo Grial.
En éste recóndito lugar de la ciudad, que suele pasar desapercibido, el bosque diminuto del Salón, y también el propio bosque urbano extendido más allá, se disipan completamente diluyéndose en ausencia, parece que ya no están presentes, que su espacio encuentra una excepción y que el tiempo ha desaparecido, efectos benéficos que percibo de inmediato recuperando mi condición de ser un humano, inmerso, al igual que el lector ahora, en la inercia unificadora del Cosmos. A veces olvidamos que todo empezó hace quince mil millones de años, cuando toda la materia contenida en la semilla de un diminuto punto estalló, no recordamos que nuestra materia, ahora aparentemente individual, estaba unida sin separación alguna, como olvidamos también que hace miles de millones de años una enana blanca explotó formando luego nuestro sistema solar, olvidando, así, que somos polvo del harakiri de ésa estrella. Polvo eres y en polvo te convertirás, -dicen los religiosos-, preciosa frase que armoniza Ciencia y Religión.
Nuestra mente nos ha apartado de la materia. El alma humana, residente en la razón, en el cerebro, que es la casa que la conserva, nos ha colocado en tal esquizofrenia. El claro del bosque, sin embargo, te devuelve a la procedencia originaria porque, por breves momentos, dejas de pensar. La razón, no por ser razón, idea espiritual o etérea, deja de tener su origen en la materia. Y la materia es única, cosa que entiendes en el Claro de un Bosque, en éste por ejemplo. Los árboles en círculo, los taburetes de piedra, el hombre sentado que huye de la ciudad y de sí mismo…, la materia entera converge en la circularidad del claro del bosque sumergiéndose en el tiempo infinito, en el centro del círculo que lo absorbe todo.
He traído a las líneas éste particular “Claro de Bosque” para reflejar su apreciable singularidad urbana, agujero de gusano por el que podemos viajar a los confines más remotos del universo. Con ello quiero hacer ver que nada es imposible, que los tesoros están ocultos y que hay que descubrirlos, que la hermosura más excelsa no se muestra nunca a las claras, antes se esconde, porque el destino del aventurero, del buen caminante, radica en encontrar por sí mismo lo más grande.

13 Dic 2009

EL ANEXO DEL CAPITÁN SPARROW (Bea Gómez González)

“Yo no soy honesto. Y de un hombre que no es honesto sólo se puede esperar que no sea honesto. Honestamente, es con los honestos con los que hay que tener cuidado, ya que nunca puedes prever cuándo harán algo extraordinariamente estúpido”. Eso fue exactamente lo que dijo Jack Sparrow –el gran Johnny Depp de Los piratas del Caribe- mientras trataba de blandir el timón de La perla negra. Y es que, visto lo visto, y tal y como están de revueltas las aguas y de difusos los límites fronterizos de sus costas, lo mejor, como señalaba el bueno de Sparrow, es no fiarse ni del loro, por más honesto y sensato que éste parezca.

Y es que parece que ahora, en pleno siglo XXI, la piratería ha cogido por sorpresa a este país peninsular nuestro y nos afanamos en ponerle diques a ese mismo mar que nos rodea. Parece absurdo, pero es así. Parece inverosímil, suena incluso hasta a chiste, pero es extraño que un país que tiene en rededor tantas aguas y tantos mares no tenga, sin embargo, un bagaje marítimo representativo, ni político, ni sociológico ni siquiera cultural. No me digan que no es paradójico, por ejemplo, que siendo como somos una península, no contemos apenas con obras pictóricas o escultóricas que reflejen la vida del mar y sus gentes –exceptuando las amables y cursis pinceladas que retrataron las orillas de Sorolla, en las que además, el mar, era mero ornamento costumbrista-. No me digan que no es insólito, el hecho de que la obra literaria más universal escrita en nuestra lengua y en nuestra península, sea una especie de road movie desarrollada en la esteparia y árida planicie castellano manchega, y que las poquísimas novelas de mar que ha producido el castellano no sean, en realidad, muy tenidas en cuenta por las historias de la literatura –como algunas obras de Baroja-.

No es de extrañar que, con este desconocimiento del mar, de su cultura, de sus gentes, de sus recovecos y de sus trampas, se nos acabasen colando por estos 7880 kilómetros de costa que nos rodean, un par de tibias y una calavera. Pero, claro, ver en el horizonte una sola bandera sospechosa, se nos hacía como raro, así que ahora, el pendenciero navegante no parece ser sólo somalí, sino que hay otro que urde sus tretas en un mar mucho más bravo, más abierto y más voraz: el del ciberespacio.

Y por eso mismo, el Gobierno se ha puesto a izar las velas y levar el ancla de su buque invencible anti piratas, extrañamente llamado Anexo del Anteproyecto de ley de economía sostenible. Es raro, sí, pero qué quieren que les diga, cada quien llama a su barco como le da la gana. El caso es que, como si de la marina inglesa se tratase, este gobierno nuestro se ha propuesto combatir la piratería a golpe de prohibido, y piensan colocar una boya de esas, de las de prohibido, en la cresta de cada ola internáutica que huela mínimamente a descarga. Pero claro, cuando se pretende legislar con la sospecha en una mano y el mazo en la otra, se corre el riesgo de ver cachalotes en el placton y morralla en los tesoros escondidos.

Por eso, el buque ése del gobierno que tiene nombre tan largo, parece querer tener, sospechosamente, carta blanca en los mares del ciberespacio, y ostentar la potestad de la existencia de los otros buques, de cada web, cada blog, cada foro y cada portal que le huela, aunque sea de lejos, a parche en el ojo y a botella de ron.

Así que, como es normal, el resto de los barcos, pero también las barquichuelas que navegamos por el ciberespacio marítimo que el buque Anexo nos quiere fiscalizar, hemos puesto el grito en el cielo y el ojo en un catalejo desde el que nos ha parecido ver, a lo lejos, una seria maniobra pirata contra los piratas, sí, pero también contra las patas de palo, los loros, el ron y los garfios. El buque Anexo, como era de esperar, ha sido recibido con los brazos abiertos por la SGAE, que es esa cosa con nombre sibilino que, en efecto, lo es, y que acumula más beneficios a costa de la propiedad de autor –lo de intelectual lo dejamos para otro día- de los que podría imaginar el propio Jack Sparrow en sus mejores sueños.

El mar del que quiere hacerse dueño el buque Anexo, es un mar que va, poco a poco, democratizando la creación y convirtiendo en autores a más navegantes de los que cualquier asociación con nombre sibilino sería capaz de controlar. A los creadores masivos que copan el mercado no les basta con formar parte de la cultura dominante, sino que también quieren dominarla económicamente. Por su parte, los creadores independientes, los blogueros, los modestos administradores web, o los simples usuarios que quieren compartir sus creaciones, ven en el mar infinito de la web el lugar ideal para lanzar sus obras, al tiempo que la C del celoso Copyright de los grandes tiburones mercantiles se hace pequeña frente a la fuerza de muchos pequeños creadores. Por favor, pirateen mis canciones, reza más de un enlace en internet.

Mientras tanto, ya lo saben, el mensaje del Gobierno, más que tranquilizador, es inquietante, y recuerda sospechosamente a aquel otro mensaje que Jack Sparrow lanzó mientras se disponía a piratear una nave: “Mantened todos la calma, estamos tomando posesión de este navío”. Pues eso mismo.

23 Nov 2009

PASEANDO EN BICICLETA ( Guillermo de Miguel Amieva)

Habitamos la ciudad o no la habitamos, ésta es la cuestión, de tal manera que habitarla representa manifestar nuestro ser en ella y en ella vaciarnos. Si vivir no puede constituir mejor cosa que hacerse uno paso a paso, vivir la ciudad, habitarla, debe representar hacer cosas en ella. Cuando el habitante desprecia su ciudad porque piensa en otras mejores, evidencia pobreza de espíritu.

Habitando Palencia me he dejado llevar por la inercia del paseo contemplativo, la natación, la fotografía, el vivir la infancia de mis hijas, el patinaje urbano, el inmiscuirme en la vida social de la ciudad haciendo algo más de lo que por destino profesional me corresponde, -como por ejemplo escribir aquí, en Los Cuatro Cantones, o recitar poemas-, y, así, un largo etcétera de actividades realizadas para habitar la ciudad, vaciarme en ella. Sin embargo, nunca había recorrido en bici su atmósfera. Heliodoro me ha brindado una oportunidad excelente implantando bicicletas municipales prestadas a cambio de un mensaje de móvil (coger b15 c504 pa1971). El sistema tiene la ventaja de que la bici siempre está engrasada, hinchada, y bajo techo. No tienes que ocuparte de ella porque permanece silente muy cerca de ti. En mi caso, además, debajo de casa.

Al coger la bici sientes formar parte del aire, te elevas por encima del suelo y ruedas silenciosamente. Tengo varios recorridos, pero siempre empiezo atravesando el Puente de hierro para descender luego por la margen derecha del Carrión. La impresión tranquila del río impulsa a recrearse en la contemplación de remansos escondidos que sirven de refugio a los patos, pequeñas islas orgánicas a la deriva. Sin darme cuenta llego al puente que comunica Santiago Amón con el Parque de Isla dos Aguas. Cruzo este otro puente, bajo cuyo imperio los sauces besan las aguas, y retomo un recorrido que me permitirá recuperar la margen izquierda. Los árboles surgen a mi paso y juego a rozar sus ramas con la cabeza mientras mis hijas procuran lo mismo. Estoy feliz, tranquilo, pedaleando en dirección hacia Puentecillas. Antes de llegar tomo carrera y asciendo una cuesta a cuyo fin alcanzo la deliciosa estructura del puente, transito hacia las Huertas del Obispo. Ya en ellas, un sombrío pasadizo de castaños (el Paseo de los Canónigos que Julián Alonso glosaba el otro día) se cierne al paso de la bicicleta, mudos árboles que únicamente rompen su silencio dejando caer alguna castaña. Bordeo las huertas trazando un círculo, paso por detrás de las piscinas, saludo a personas desconocidas porque no comprendo el pasar cerca sin decir nada, cruzo un par de puentes sin nombre y viro en dirección inversa pedaleando por el césped, sensación blanda y hermosa, hasta alcanzar un bar con terraza a cuya ribera los ancianos palentinos juegan a la petanca. A veces me paro a tomar algo, pero habitualmente sigo por la margen izquierda retomando el camino inicial, llego de nuevo al Puente de hierro, que cruzo por debajo de su estructura metálica. En éste punto del recorrido el paseo hecho ya merece la pena, pero me noto con fuerzas y sigo. Apuro los metros de verdor, nombro interiormente los árboles que rinden la guardia, me diluyo en el aire que me acoge, siendo entonces viento, manera disuelta de mí mismo, puro vacío, hombre sin nombre, un habitante más que, al habitar Palencia, se deshabita.

Voy hacia La Lanera y la alcanzo tras admirar exclamativamente el abeto gigante plantado en el Paseo de la Julia, un símbolo del triunfo vegetal sobre el urbanismo. Quiero contemplar la estatuas de la rotonda, esa familia desnuda, ligera de equipaje, que parece pasear eternamente dentro de ése territorio circular. Más allá, el camino se desvía nuevamente hacia la ribera siguiendo el olor de Villamuriel. Recupero el carril bici que discurre entre el río y un campo de golf que no ha sido reconocido como tal. Pero las dunas del terreno lo delatan, también su angostura, no importando el disfraz con que se viste. El agua plácida serpea. Hay meandros hermosos, también conjuntos de árboles que parecen decir un algo indescifrable construido con sus formas. Me llaman la atención algunos más arqueados y otros oblicuos al plano del río. Anoto en el cuaderno de mi mente lo que he de escribir, pues, al tiempo que pedaleo, escribo, pienso en el lector que no ha venido y que ahora me acompaña. Al acabar el carril me aventuro por los caminos rústicos. Encuentro un pasadizo angosto de tierra por entre los árboles del río. Pedaleo siguiendo su rastro, me cobijo entre la sombra, no doy crédito a la belleza del lugar, que no conocía, lo recorro, dejo mi huella, que mis hijas siguen. Al fondo encuentro un puente improvisado con tablas que me transporta a un hermoso plantío de chopos. Mis hijas absorben el vocablo nuevo que, como quien no quiere la cosa, les dejo caer. Tras el plantío, egregias lanzas al cielo, vuelvo a un camino rústico que me lleva a una finca perdida tras cuyo horizonte una cadena me detiene. La herrumbre me dice que ése es mi final. La tentación me viene, asoma con su voz diabólica, pero unos perros ladran y Carmen se asusta. Ante el fin, sólo cabe el regreso. Lo demás deviene imaginable en sentido inverso.

El aire que soy, esa disolución del ser en la atmósfera habitable de la ciudad, lentamente, pedal a pedal, ya algo cansado, va mutándose en tierra por el juego de una alquimia cuyo poder no domino. He sido objeto de una transformación que luego, por sí sola, también se deshace, pero he sido feliz habitando Palencia en bicicleta. Cuando finalizo el recorrido, -ya soy barro con soplo divino-, dejo la bici en donde estaba. Otro mensaje de móvil (dejar b15 c504 pa1971), representa el fin. Mis pies recuperan la memoria de la calle.

08 Nov 2009

EL GÉNERO BOBO (Bea Gómez González)

Hay algunos días en los que es mejor no toparse con los noticieros. Hay algunos días, a menudo lo pienso, en los que el café se merece caladas largas y el cigarro sorbos profusos y pausados, puro ensimismamiento, puro trance de pausa sin más, de impasse laboral, de fotografía diaria y exenta, calmada, espumosa y cálida y, sobre todo, alejada lo más posible de las noticias de actualidad, de la prensa diaria, de los mecanismos de información que el universo, en una especie de conspiración mediática, se empeña a cada rato en poner, casi imponer, en nuestros desayunos. Hay algunos días que terminan por convertirse en más días de los esperados y uno tiene, quiera o no, que terminar por hacer algo al respecto. Así que, perdónenme, o no lo hagan si lo prefieren, allá ustedes, pero he tomado la sana decisión de hacerme buzo para con las noticias de actualidad, de hacerme erizo, sobre todo con las verdaderamente importantes, con las serias, contrastadas y fidedignas crónicas del pulso de la política, la sociedad y los sucesos varios. Voy a atrincherarme, lo tengo decidido, en el “habla, Cartucho, que no te escucho” y, aun a riesgo de que piensen que lo mío es, como dice esa nueva canción de Vegas, “del género bobo”, créanme si les digo que se vive bien, mejor que bien, en la más absoluta, incluso puede que absurda, de las ignorancias.

Me alegró el hecho de saber que instalarse al Este del mainstream informativo –esto es, lejos de aquellas noticias de las que la gran mayoría de los medios se hacen eco-, no sólo era saludable, sino también factible. Que se puede, vaya, en definitiva. Se puede si uno está solo, claro, si está loco o si está harto, pero se puede. Y lo cierto es que yo, esta mañana, estaba todas esas cosas juntas, amén de algunas más que prefiero omitir, porque uno nunca se sabe lo fina que tienen la piel algunos de sus lectores. Así que me instalé allí, en el levante del torrente principal, al Este del edén, y se apoderó de mí el espíritu de un James Dean satisfecho y orgulloso; encantando, como yo, de mirarse en los espejos mientras le daba la espalda a los titulares del día. Dean y yo nos pusimos tan contentos que dejamos de estar hartos, y algún parroquiano de cruel perspicacia se acercó a nosotros para despedirse y dejar, con su ausencia, un reguero de noticias envuelto en papel de periódico junto a nuestro café.

En un primer momento, eso no me supuso ningún problema, pues mi voluntad estaba lejos de tener el más mínimo interés por los contenidos que se depositaban en sus hojas, burdos como posos de un café aguado y barato, a la espera de ser torpemente interpretados por millones de zafios aprendices de bruto -perdón, quise decir de brujo- cuyas filas me negaba a engrosar. Era fácil. Bastaba con no mirar. Bastaba con no tocar; con no moverse. Bastaba con no alargar la mano; con no focalizar la vista. Bastaba, en definitiva, con no estar en ese lugar exacto en el que, precisamente, me encontraba yo. Así que, como era de esperar, todo sucedió muy rápido: mi café se enfrió de repente, el cigarro se consumió casi solo, al tiempo que el espíritu de Dean desocupó sin causa mi cuerpo y se fue, gigante, por el Este, por donde había venido, a colonizar, supongo, otros efímeros ataques de rebeldía.

Una embarazada recibe una paliza por no llevar velo y sufre un aborto días después. Lo hice. Titular leído. Lo hice, caí en la trampa. Una trampa de la que no pude zafarme. Una trampa que le conecta a mi “habla cartucho” un directo a la mandíbula y me manda a morder el polvo de la lona de los informados. Es más: Los arrestados, de nacionalidad marroquí, están acusados de un delito de lesiones. Lo que me temía, tropiezo también con la lectura del subtítulo, ya no hay remedio, no hay redención. Estoy abocada a leer la noticia, avanzo: Tú lo que vales es para puta –dijeron los agresores-. Ya es evidente: estoy condenada a alimentar a la bestia de los posos del aguachirri informativo; obligada a desfilar en las filas que conforman el grueso mediático del informado, del aprendiz de bruto, o de brujo, o lo que sea. Castigada, no a no ser ignorante, sino a construir la lista infinita de todo aquello que, en efecto, se ignora. Así que, ya que estamos en harina, continúo y, de la que paso a la siguiente noticia, cae una red que vendía mujeres a otros proxenetas, confirmo que estoy condenada a saber lo que ya sospechaba: que una es, en efecto, “del género bobo”. Del género bobo y no de “El segundo sexo”, como decía Simon de Beauvoir quien, por cierto, también decía que “no se nace mujer, sino que se llega a serlo” o, lo que es lo mismo, que el género -esa palabra que tanto parece gustar a los políticos, a los medios y a todo el séquito que los acompaña a unos a otros- es, en realidad, una mera construcción social, un papel que debemos desempeñar en este gran teatro de nuestro mundo que, lo siento, Calderón, parece ser el mainstream que, por cierto, también se ha apuntado a eso del género. Algo que, por cierto, me pone furioso y furiosa, sobre todo cuando tecleo la palabra mujer en el google, le doy a la pestaña de noticias y aparecen titulares del tipo: la mujer apuñalada por su pareja sigue grave; una revista yihadista tapa el rostro de Carme Chacón por ser mujer; o el aparentemente inofensivo la tecnología es cuestión de sexos. Podría seguir así hasta llegar a las tres cifras de titulares en los que la distinción de géneros, de sexos, siempre lleva dentro un bicho endemoniado, camuflado muchas veces en trajes chistosos e incluso amables, pero que no para hasta desmembrar al género venido a llamar femenino, hasta demonizarlo o victimizarlo a partes iguales; haciéndolas putas o haciéndolas vírgenes pero siempre, haciéndolas cargar con un bagaje que no les corresponde y con el que deberían dejar ya, muchas de ellas, de identificarse.

Porque, mientras sigamos en el eterno bucle al que nos somete el encasillamiento tonto de lo genérico y su simplista e inamovible clasificación (miren que hasta en las categorías gramaticales los académicos vienen, a cada poco, cambiando de opinión como de camisa, y lo que antes era adverbio ahora ya es preposición) estaremos alimentando a la bestia que hace que descreamos de los grandes pensadores, capaces de afirmar que “la mujer es una animal inepto y estúpido aunque agradable y gracioso”, de los intelectuales contemporáneos que aseguran que “la mujer es el precio que pagamos por el placer” y hasta de nuestra vecina, ésa que asegura sin tapujos que “nosotras somos más malas que los hombres”. Al final, doblo el periódico en clara señal de derrota, dejo unas monedas junto a los posos del café que alguien –quizá yo mismo- interprete mal o sin orden y a destiempo, y pienso con añoranza en el James Dean incorpóreo y puede que ignorante pero, sobre todo, libremente agénero, que hace unas horas fui. Me recreo en él, vuelvo a él, a ella, me reinvento, nos reinvento en un género único y, a la vez, poliédrico, vivo y en constante construcción y, ya puestos, juego con las tramposas marcas de género de los sustantivos y los adjetivos; me invento un mundo alejado del mainstream de género, alejado de campañas publicitarias que pugnan por mantener esa consigna tan políticamente correcta como peligrosamente poderosa que afirma que somos iguales y somos diferentes. No, señores, a la mujer, al hombre, al hermafrodita y al genéricamente indefinido que son yo no les engañan. Porque, no es que seamos iguales, es que somos los mismos. Y porque, al final, ya lo viene a decir Vegas, la cosa está bastante clara: sólo existen dos géneros, el bobo, y todos los demás. A partir de ahí, que cada quien se construya el que más le convenga.

20 Oct 2009

EL POLIGONO INDUSTRIAL (G. de Miguel)

Desde hace tiempo me fascina este lugar sin viviendas para humanos, sin parques o jardines, sin tránsito de peatones despreocupados, pues aquí la gente camina ocupada en algo, tensión que inevitablemente conduce a un estar sin presente. Es una ínsula dentro de la capital, una pequeña ciudad sin gobierno, pero ordenada y limpia hasta el ultimo confín de su territorio.
Huele a metalurgia, a pintura, a chasquidos de soldadura, a madera, a plásticos nuevos, a óxido, a vías de tren que lo circundan, a uralita enmohecida o nueva, -según los casos-, también a humo, pero igualmente a frescura de coches recién lavados que exhalan su estrenada fragancia, y huele a neumáticos y a coches siniestrados, si bien el olor de los vehículos recién nacidos expuestos en los concesionarios compensa las herrumbrosas formas accidentadas de los autos caídos en desgracia. Huele a tuercas, a cables, a miedo por pasar el examen riguroso de la ITV, y a un todo amalgamado y contradictorio de temporalidad, fijeza e intemporalidad, pues el tiempo, como transido por ciclón, resuelve aquí todas sus maneras y las consuma.
La transitoriedad del Circo o la Feria pesan sobre lo inmutable como excepciones que prenden el fuego de la ilusión. La circularidad de la carpa o la aérea sensación de esas prodigiosas máquinas destinadas al vaivén ocioso de las personas, pero también las luces, los puestos de tiro, de perritos calientes, o de churros y de almendras garrapiñadas, y los ojos hermosos de las gitanas, reverberación de la mirada del Ganges, o la desorbitada algarabía de los niños, componen el mosaico que el tiempo transitorio recrea, como un mandala, presto a ser deshecho una vez que la Feria finaliza.
Y justo al lado de la Feria, cual contraste de silencio, inadvertido o solo advertido cuando su tañido nos llama, se alza el Tanatorio, y, con él, la expresión permanente del tiempo eterno, instalado aquí, en esta cuadricula poligonal, como primer dormitorio de muertos. Algo parecido, pero inverso, a las salas hospitalarias de los bebes que estrenan tiempo. Tanatos, la bella palabra griega que designa la muerte, vive en mi alma de poeta como una de las protegidas. ¿ Acaso no es la gran liberadora de la vida, la que convierte a ésta en un paraíso en lugar de una prisión eterna?
Y porque amo las palabras, se me meten por los ojos los nombres de las calles del polígono, muchos relacionados con provincias, con destinos geográficos que permiten huir a ellos ,como una evasión, mientras, sumidos en medio de todos los aromas industriales, nos preocupamos por el quehacer que aquí nos ha traído. Nombres de lugares que identifican las calles en donde, al tiempo y como levitando, se escuchan los vocablos relacionados con los oficios y con las acciones propias de ellos. Soldar, pintar, recauchutar, lavar, engrasar, transportar, imprimir, resonancias de trabajos sencillos, eco sin ampulosidad que nos transmite la voz de una vida sin pretensiones, la que nos proporciona soluciones a problemas diarios, meollo laborioso y armónico que, al unísono, recrea esta atmósfera fascinante.
Cuando subo la pasarela de Cardenal Cisneros surge ante mí la panorámica aérea del lugar. A veces pienso que piloto un “Boeing 747” a punto de aterrizar, y entonces desciendo tomando a la derecha un carril curvo que me permite aterrizar en una pista recta paralela a la vía del tren. Lo que antes visualizara globalmente se me muestra concreto, pues inmerso en el paisaje industrial del lugar atiendo la lectura de los rótulos indicadores de lo que allí se hace, pertenezco a ése mundo fascinante en el cual, sin embargo, desprovisto de mono de trabajo, parezco un extraño. He acudido, primordialmente, a reparar la chapa del coche, a recoger algún que otro paquete Express, a buscar una llave para el garaje, a lavarlo, a comprar uno nuevo, a cambiar neumáticos, pero también he paseado un día con mis hijas mientras esperábamos que nos repararan una avería inoportuna. Aquel día pateamos la pequeña urbe autónoma que el polígono representa y no dejó de sorprenderme, a su vez, la capacidad de sorpresa que los niños tienen ante cualquier circunstancia, es decir, cómo son capaces de ver el mundo real más allá de lo que la propia realidad muestra. Incluso alguna parcela sin edificar que albergaba chatarra llegó a provocar su fascinación, como también, más que ningún otro lugar, el Parque de Bomberos, templo sagrado del que emana un aura de respeto imponente.
Mas este polígono, que abarca todas las posibles manifestaciones del tiempo, se desnuda de vida por la noche. La nocturnidad lo vacía de los hombres que de día lo llenaran, inmigrantes por horas que retornan luego a su ciudad verdadera. La vaciedad, hueco inmenso, muestra la verdadera personalidad del lugar, ciudad anónima desprovista de verdadera habitabilidad, ciudad de despojos, de herramientas, de vida definitivamente fragmentada donde el fragmento, lo que se deshecha, deviene útil o recuperable. Mi amigo Luís Castaño, el de “ Desguaces Monzón”, tiene un cementerio de coches apilados, y es allí, en ése espacio, donde he comprendido que la sociedad vierte infinidad de excrementos porque o no sabe cómo recuperarlos o no puede hacerlo. Los fragmentos de lo que un día fuera útil aguardan su vuelta a la vida, -para eso está este trabajador incansable que se llama Luís-, percibo una impresión arrugada del metal que me hace recuperar la imagen del cartón, los coches, esas islas nuestras, antes seguras y fuertes, evidencian su debilidad. Pero ningún estado deviene definitivo, las circunstancias parecen reversibles si simplemente desechamos la idea de que han adquirido fijeza. Tal cosa se comprende bien cuando con ojos humildes nos aventuramos en nuestro Polígono.

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Los Cuatro Cantones

Beatriz Gómez González, José Luis de Román, Julián Alonso y Guillermo de Miguel son los autores de este blog sobre la realidad de Palencia.

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