18 Nov 2009
En busca de las prioridades
En ocasiones, es difícil determinar las prioridades en nuestra vida, porque nos cuesta trabajo escoger, y no disponemos de todo el tiempo que quisiéramos. Todo sería más fácil si las opciones fuesen solamente blanco o negro, pero lamentablemente suele ser más complicado, pues existe una amplia escala de grises. ¿Cómo elegir lo más importante?
No hay guía de usuario, así que tenemos que hacerlo a ciegas y confiar en que nos decantamos por lo que es mejor para nosotros y los que nos rodean. La elección resulta fácil si las opciones a escoger son muy diferentes o una es más acuciante que la otra. Yo por ejemplo, esta temporada estoy envuelta en una "cruzada" que apenas me deja tiempo libre, y como corre prisa, no me ha costado decidirme. Es por eso que no estoy escribiendo cada miércoles como era mi costumbre. Me gusta reflexionar sobre la vida y los seres humanos, me encanta escribir y compartir esos pensamientos con vosotros, y por supuesto, valoro mucho esas líneas que vais depositando cada semana en este blog y que reflejan vuestra opinión sobre el tema tratado. Pero cuando alguno de los aspectos prioritarios de mi vida (salud, amor, familia, etc.) requiere mi atención, no me importa dejar aparte temporalmente todo lo demás. Pero quiero que sepáis que no me he olvidado de vosotros, mis queridos lectores.
A veces, el problema no es realmente determinar lo que consideramos más importante, sino que nuestras prioridades no coincidan con las de nuestros seres queridos, y surjan enfrentamiento. Así por ejemplo, hay parejas que se rompen porque para ambas partes es diferente el aspecto de la vida que consideran más importante. También muchas riñas entre padres e hijos tienen su origen en la disparidad entre lo que cada uno estima como preferente.
O puede suceder que nos surja un conflicto interno porque lo que queremos difiere mucho de lo que sabemos que nos conviene. E incluso, muchas veces pensamos que queremos algo, pero no actuamos en consecuencia... ¿tal vez es que no lo deseamos de verdad? En esos casos, creo que lo mejor es aprender a conocerse mejor a uno mismo y averiguar qué es lo que realmente queremos y cómo debemos orientar nuestros pasos para obtenerlo y mantenerlo. Por ejemplo, no podemos considerar prioritaria en nuestra vida la salud y sin embargo, dedicarnos a comer desenfrenadamente, no dormir, evitar hacer las revisiones médicas oportunas, etc. O no tiene lógica considerar prioritarios a nuestros hijos, sin saber a quién tienen de amigos, qué sueños persiguen, qué miedos les asaltan... Esas contradicciones hay que intentar solucionarlas, aunque lamentablemente, no siempre depende de nosotros.
Analicemos nuestro comportamiento, y tratemos de que nuestros actos sean consecuentes con lo que pensamos y queremos. Tal vez hay cosas que antes nos parecían importantes y ahora ya no lo son; o puede que hayan aparecido otras prioridades en nuestro día a día con las que antes no contábamos... Fijémonos en los peldaños de la escalera, y vayamos de uno en uno, en el orden adecuado. Y si la nuestra no tiene escalones, nunca es tarde para empezar a fabricarlos.
21 Oct 2009
Dejando huella
A veces no somos conscientes de que cada acción que llevamos a cabo en nuestra vida, deja una huella en la de los demás. Puede que para nosotros, un simple saludo o una sonrisa carezcan de importancia, pero es posible que le ilumine el día a la persona que la ha recibido. Puede también que esas malas palabras o esa expresión de indiferencia que a veces nos sale sin pensar y que después se nos olvida, haya afectado profundamente a su receptor.
Miremos hacia atrás y analicemos las huellas que vamos dejando... ¿nos gustan? Si nos sentimos satisfechos, estupendo, vamos por buen camino. Pero si ese rastro que dejamos tras nosotros no es positivo, aún estamos a tiempo de cambiarlo. Esas huellas pasadas, marcadas en los demás como pisadas hechas en el cemento antes de que se seque, difícilmente pueden borrarse, pero es posible colocar al lado o encima otras más adecuadas que las contrarresten.
No pensemos solamente en nosotros, observemos alrededor para ver las consecuencias de nuestros actos. No vivimos solos en el mundo, sino que interaccionamos con familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, e incluso personas que nos acompañan día a día en el autobús, o hacen cola en el mismo supermercado. Tal vez una sonrisa y unas palabras amables, que no cuestan dinero, pueden alegrarle a alguien la mañana. Así de sencillo es aportar algo a nuestro entorno para mejorarlo... ¡Ojalá todo fuese tan fácil en la vida!
14 Oct 2009
Derribando muros
Si observamos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que vivimos rodeados de muros: unos más altos, otros más gruesos, de diferentes materiales, unos impuestos y otros elegidos.
Es evidente que nos gusta delimitar espacios a nuestro alrededor, para separarnos del resto de personas. Por ejemplo, al trozo de tierra existente entre cuatro paredes, que hemos adquirido o alquilado, lo llamamos hogar y allí nos encerramos, creyéndonos a salvo. Además, como esas paredes son un poco asfixiantes, abrimos ciertos huecos que denominamos ventanas, y así parece que tenemos algo de libertad porque podemos ver el mundo exterior a través de ellas, pero en realidad, constituyen una separación igual que el resto. Sin embargo, son muros que necesitamos, pues a nadie le gusta permanecer a la intemperie cuando hace frío, o dormir al raso por la noche.
Lo peor de todo son los muros que creamos en nuestro corazón o en nuestros pensamientos: el miedo, el egoísmo, la envidia... Son invisibles pero nos aíslan de tal manera que se asemejan a gruesos muros de piedra, imposibles de horadar. A un lado de la muralla estamos "yo y lo mío", y al otro lado, el resto del mundo. Preferimos vivir sumergidos en una especie de vacío, y separar a quien es diferente, a quien no piensa como nosotros, a quien ha escogido otras opciones en su vida, a quien no sigue las normas establecidas... Siempre hay alguna excusa para separar. Y al final, excluímos a tanta gente, que apenas queda ya nadie dentro del círculo. ¿Merece realmente la pena?
¿Por qué tenemos tanta manía de separar un todo que debería permanecer unido? No nos queda más remedio que aceptar que algunos muros son necesarios, pero los que no hagan falta, intentemos derribarlos. ¿Acaso se acabará el mundo si tumbamos unas cuantas paredes?
07 Oct 2009
El baúl de los recuerdos
El baúl de los recuerdos, en el que guardamos todas las experiencias vividas, carece de fondo. Es como una inmensa cueva, que cada año que pasa se hace más y más profunda. Desde niños, acumulamos dentro de él, las sorpresas recibidas, las caricias, las alegrías, mas también las tristezas, los desengaños, los sueños rotos. Todas esas vivencias van perfilando quienes somos, pero en ocasiones, este baúl constituye un lastre porque lo abrimos demasiado a menudo en lugar de mirar hacia delante.
Tal vez pensemos que sería conveniente hacer un poco de limpieza y borrar todos los recuerdos negativos, las desilusiones, los errores, y de esta manera, aligeraríamos el peso y podríamos avanzar más fácilmente. Sin embargo, no es la mejor solución, ya que sin nuestro pasado no seríamos quien somos. Si eliminamos los errores, borraremos también lo aprendido de ellos; si eliminamos las tristezas, borraríamos además el punto de referencia para apreciar las alegrías.
Todo tiene una razón de ser, tanto los sucesos positivos que suceden en nuestra vida, como los negativos, y cada uno de ellos merece un espacio en nuestro baúl de los recuerdos. Pero no tienen por qué estar todos revueltos, sino que es posible distribuirlos en diferentes niveles. Lo que nos hace sentir bien, sonreír o vivir con ilusión lo podemos almacenar en la parte superior, mientras que los sucesos que preferimos olvidar porque nos han causado daño, tristeza o desesperanza, se pueden ir directamente al fondo, donde es más difícil encontrarlos. De esta manera, los recuerdos agradables florecerán fácilmente, iluminando nuestra vida diaria, mientras que los más duros permanecerán escondidos, pero servirán de base y enseñanza para el resto del camino.
No nos anclemos en el pasado, pero tampoco intentemos borrarlo, pues es una parte de nosotros. Simplemente, aprendamos de él y sepamos situar cada recuerdo en el lugar que le corresponde: en el pasado, no en el presente. Dejemos que ese baúl que portamos cumpla su función: un espacio personal donde ir depositando todo lo vivido para avanzar más ligeros y saber orientarnos a lo largo del camino. Y sobre todo, vivamos el presente, pues al fin y al cabo, es el regalo que día a día nos otorga la vida.
30 Sep 2009
Qué sabrán ellos...
Aceptar las críticas es un arte difícil de dominar, pues tenemos cierta tendencia a no querer escuchar a quienes nos comentan algo negativo sobre nosotros. De hecho, cuando la gente nos dice que tenemos tal o cual defecto, tendemos a pensar "qué sabrán ellos...", pues nadie nos puede conocer mejor que nosotros mismos. Sin embargo, la imagen que cada uno tiene de sí mismo no suele ser idéntica a la que los demás perciben, así que tal vez sería interesante escuchar con más atención lo que tienen que decirnos.
Por supuesto, hay críticas y críticas. En ocasiones, personas maliciosas tratan de ponernos en ridículo ante los demás mediante críticas destructivas. En esos casos, lo más adecuado sería evitar que nos afecten y tener la suficiente seguridad en nosotros mismos como para que nuestra autoestima no se tambalee. Lamentablemente, a veces no es tan fácil, y se puede sufrir mucho cuando no somos capaces de quitarle importancia a esos comentarios hechos con mala fe.
Sin embargo, los familiares y buenos amigos nos pueden dedicar algún comentario constructivo, que nos ayude a conocer nuestras propias carencias, para así ser conscientes de ellas y ponteciarlas. Si no fuesen sinceros con nosotros con respecto a lo que piensan u opinan, significaría que no nos quieren lo suficiente. Por ello, creo que es esencial para nuestra propia evolución, dejar de lado el orgullo, tener en cuenta lo que los demás tienen que decir con respecto a nosotros, y considerar esas críticas como oportunidades para mejorar. Al fin y al cabo, no somos perfectos, y si podemos pulir un poco algunos aspectos de nuestro carácter o comportamiento, ¿por qué no hacerlo?
Una crítica sincera hacia nuestra persona implica que algo no funciona bien y que es necesaria una modificación de nuestra conducta para poder mejorarlo. Pero lo cierto es que, en general, no nos gustan los cambios, pues nos asustan y requieren un esfuerzo que muchas veces no estamos dispuestos a realizar. Resulta más sencillo ignorar lo que nos han sugerido y negar la posibilidad de que ese cambio sea necesario, pues de esa manera no hay que hacer absolutamente nada.
Si en lugar de ignorar o descalificar a quien nos ha criticado, nos paramos a reflexionar, tal vez podamos obtener alguna conclusión útil para superarnos un poco y mejorar. Y si además, conseguimos darnos cuenta de que nosotros también solemos criticar a los demás, puede que logremos aceptar las críticas recibidas con un poco más de naturalidad. No pongamos límites a la crítica constructiva, pues nos permitirá ver más allá de nuestros ojos. Critiquemos y seamos criticados, pero siempre desde el corazón y con buenas intenciones.
23 Sep 2009
El negocio del miedo
Estos días en mi oficina, al igual que en muchos otros lugares públicos, han colgado unos carteles explicando cómo "lavarse" correctamente las manos. ¿No se supone que sabemos lavarnos desde niños? La causante de esta indicación y de muchas otras medidas que se están tomando en un gran número de países, incluido el nuestro, es la gripe A. La alarma generada por esta variante de gripe es una buena muestra de lo sencillo que resulta influir sobre las personas, si se tiene el poder suficiente, y meterles miedo para que actúen sin reflexionar.
Por supuesto, a nadie nos gusta caer enfermos, pero estaría bien que nos parásemos a pensar un poco antes de dejarnos llevar por ese temor colectivo que está invadiendo la sociedad. ¿Acaso no muere cada año mucha gente por la gripe estacional (la "normal")? ¿Y es esto motivo para colgar carteles sobre cómo lavarse las manos, o para sugerir que deberían cerrarse colegios si enfermasen varios niños? Creo que es positivo ser cautos, pues con la salud no se juega, pero a veces nos dejamos llevar demasiado por la información que se muestra en los medios de comunicación, sin filtrarla mediante el sentido crítico.
Recuerdo cuando hace un tiempo nos asustaban con la gripe aviar y con los millones de muertos que iba a haber en todo el mundo. Al final, parece que todo quedó en mucho menos de lo esperado. ¿Sucederá lo mismo con la gripe A? De todas formas, independientemente de lo que suceda, hay quienes ya están obteniendo beneficios de esta alarma social que se ha creado: los fabricantes de los medicamentos para tratar esta enfermedad y la vacuna de reciente creación. ¿Cuánto pueden estar ganando estos meses a costa de dichos productos? Al respecto de ello, me pregunto si con las prisas que se han dado para preparar y comercializar esa nueva vacuna, han tenido tiempo de comprobar al 100% su eficacia, efectos secundarios futuros, etc, dado que existen una serie de mecanismos de control que debe atravesar cualquier sustancia que se comercialice con fines medicinales, y en este caso, da la sensación de que todo ha ido muy rápido. De hecho, ahora recomiendan que las embarazadas no se vacunen porque se desconocen todavía los posibles efectos sobre el feto. ¿Los conocerán con total seguridad dentro de uno o dos meses? ¿Y qué ocurriría si los problemas apareciesen a los 6 ó 7 meses de haberse inyectado la vacuna, o más tarde del alumbramiento, por ejemplo?
En fin, simplemente quisiera animar a todos a reflexionar un poco y a actuar con sentido crítico. Cada uno es libre de tomar las medidas que considere oportunas, pues nadie está libre de coger esta enfermedad y hay personas más proclives a ello debido a determinados factores de riesgo. Pero por lo menos, mantengamos los pies firmemente enraizados en la tierra, y así no nos veremos arrastrados por esos "vientos" que a veces soplan cerca de nosotros con dudosas intenciones.
09 Sep 2009
Las desgracias ajenas
Si vamos conduciendo por una carretera y observamos que se ha producido un accidente, ¿qué solemos hacer? ¿pasar de largo? No, generalmente aminoramos la marcha y nos dedicamos a mirar, tratando de distinguir a los heridos, comprobar si hay muertos, etc. ¿Por qué nos interesa tanto? ¿Va a cambiar en algo nuestra vida?
Lo mismo sucede con esos programas de televisión, en los que la gente cuenta sus desgracias. Cada tarde, muchas personas se sientan frente a ese aparato a sufrir con los problemas ajenos. ¿No tenemos ya bastantes dificultades cada uno, como para querer saber las de los demás? Sin embargo, los documentales o los programas educativos; es decir, aquéllos que son constructivos, despiertan mucho menor interés. ¿Por qué será?
Otro ejemplo claro: los telediarios. Se comenta que en tal sitio han asesinado a cierta persona, o en tal otro, han violado a una adolescente, pero no cuántos se han librado de un intento de asesinato o de violación. Se habla de las cifras de muertos en carretera, pero no de cuántos se han salvado. Se informa de que otra persona más ha muerto de Gripe A, pero no de cuántos han enfermado y se han curado perfectamente... Y en medio de tanta noticia desagradable, puede que tengamos la suerte de que comenten algo positivo, pero seguramente no nos fijaremos tanto en ello.
Está claro que en la vida de los seres humanos, el morbo juega un cierto papel. Imagino que se debe en parte al hecho de que las personas necesitamos consolarnos de alguna manera ante las desgracias que nos ocurren a nosotros mismos. Y una forma es fijarnos en lo que le sucede a los demás, para comparar y darnos cuenta de que lo nuestro no es tan grave. O tal vez se trate de una cierta empatía, pues pensamos que aquello tan malo que le ha sucedido a esa persona, nos podría haber ocurrido a nosotros. Y me parece lógico, pues hay que ser conscientes de lo que sucede en el mundo, y del sufrimiento por el que atraviesan muchas personas.
De todas formas, ¿no sería mejor centrarnos en lo positivo y alegrarnos con todo lo bueno que le sucede a los demás? Seamos realistas, el hecho de que al resto de la gente les vaya bien o mal, no va a producir un efecto directo en nuestra vida. Centrémonos mejor en solucionar nuestros problemas y en disfrutar de lo positivo que tenemos, en lugar de buscar sangre y dolor en nuestro alrededor. Si no nos fijásemos tanto en las desgracias ajenas y sonriéramos más a la vida, probablemente la vida también nos sonreiría más a nosotros.
26 Ago 2009
Cuando la vida pierde su esencia
La salud suele ser uno de los aspectos que más valoramos, pues nos permite disfrutar de la vida durante más años, y eso verdaderamente no tiene precio. Pero, a cualquiera de nosotros nos podría pasar, que un día nos dieran la noticia de que la enfermedad se ha instalado en nuestro cuerpo de forma definitiva, y que nuestra salud empezará a empeorar, sin posibilidad alguna de mejora. Sabemos que hay enfermedades graves que pueden superarse con el tratamiento adecuado, pero lamentablemente hay otras que hoy en día no tienen cura y conllevan un inmenso deterioro, físico o mental. Es muy difícil saber cómo reaccionaría cada uno en ese último caso, ¿no os parece? ¿Qué haríamos si fuésemos conscientes de que hemos iniciado un camino sin retorno, cuyo único destino será el sufrimiento y la pérdida total de nuestra libertad?
Sería extremadamente duro ver cómo nuestras capacidades van mermando día a día, y asumir que un sufrimiento continuo se está convirtiendo en nuestro compañero cada segundo. ¿Podríamos seguir llamando "vida" a esa situación? ¿Querríamos continuar el camino y luchar, aun sabiendo que sólo irá a peor, o tal vez consideraríamos la opción de finalizarlo ya mismo y dejar de sufrir? Cuando llega una tormenta, siempre aguantamos el chaparrón, confiando en que terminará pasando, pero ¿y si fuese a durar siempre? Somos conscientes de que la vida tiene momentos duros que hay que intentar superar, pero cuando esas piedras del camino se vuelven insuperables y anulan todo resquicio de esperanza, ¿merecería la pena seguir? Cada persona tomaría una decisión en base a su carácter, sus creencias y su modo de entender la vida. Unos continuarían, por considerar que merece la pena luchar, y otros preferirían poner punto y final, porque si la vida pierde su esencia ya no merece la pena ser vivida.
Pero aún podemos subir a un escalón más dramático, que surgiría en el caso de que ni siquiera dependiese de nosotros tomar esa dura decisión, porque nuestro deterioro físico fuera tal, que no tuviéramos forma alguna de terminar con nuestra vida sin ayuda externa. Esa situación sería equivalente a estar condenados a una cadena perpetua de sufrimiento, encerrados para siempre en una sombría celda de tortura, de la cual no podremos escapar salvo si alguien nos entrega la preciada llave. Y lo peor de todo es que, desde nuestra cárcel, observaríamos que el mundo al otro lado de los barrotes continúa, y que muchas personas que ni siquiera nos conocen se dedican a opinar sobre si nosotros debemos mantenernos vivos o no, y algunos incluso tienen capacidad para decidirlo. Entonces pensaríamos, ¿qué saben ellos? ¿acaso se han visto en la misma situación? ¿cómo puede alguien valorar con criterio lo que nunca ha vivido? ¿por qué me condenan a una vida de dolor? ¿dónde está mi derecho a decidir con libertad sobre mi propia vida?
A los que disfrutamos de buena salud, nos resulta demasiado fácil opinar, pensar en lo que haríamos si nos viésemos en tal o cual situación, y tal vez criticar a los que han decidido continuar por un camino opuesto al que nosotros escogeríamos. Pero independientemente de cuál sería nuestra elección, es conveniente darnos cuenta de que cada persona debería ser libre de tomar sus propias decisiones, que pueden diferir de las nuestras. En estos temas, tras dar nuestra opinión, volvemos después a casa y continuamos haciendo nuestra vida normal, mientras que esas personas sobre las que hemos opinado con tanta ligereza siguen en su cárcel de sufrimiento, sin mayor esperanza que la muerte. Si de repente alguien llegase y nos obligase a quitarnos la vida, ¿qué nos parecería? Seguro que diríamos que nosotros somos libres de decidir, y preferimos seguir vivos, pues nadie tiene derecho a obligarnos a morir. Pero la moneda tiene otra cara, ¿tiene derecho un ser humano a obligar a otro a vivir, si ha decidido lo contrario? ¿quién nos ha otorgado ese derecho? Podemos acogernos a nuestras creencias y defender la vida por encima de todo, pero, ¿no tienen los demás derecho a tener sus propias creencias y actuar de acuerdo con ellas? Por favor, no observemos la moneda desde una sola perspectiva. Intentemos soltar esa cuerda con la que atamos a los demás y permitamos que sean libres para volar en la dirección que prefieran. Ya hay bastantes cadenas en el mundo, como para que nosotros aportemos una más.
19 Ago 2009
En silencio
Hoy te acercas a mí y abrazas mi almohada con tu profunda mirada, reflejo de la calma que duerme en la calle. Ese silencio que cierra puertas y oscurece tardes. Mas también aquél que observa, escucha y todo lo sabe.
Anhelo que lucha por romper las cadenas invisibles de un ser que renace. Ola que rompe contra rocas impenetrables, y avanza en las tinieblas en busca de sueños olvidados más allá de la inmensidad de los mares...
Estos párrafos los escribí hace poco pensando en el silencio, y no pude continuar porque recibí una llamada de teléfono que rompió la tranquilidad de aquel momento. Fue una de tantas veces...
El silencio es un tesoro cada vez más difícil de encontrar, pues habitamos un mundo ruidoso, frenético, estresante, y nuestra mente tiende a verse arrastrada diariamente por ese bullicio. No tenemos tiempo para disminuir el volumen al máximo y sumergirnos por un momento en ese mágico mundo que esconde tantas respuestas, y sobre todo, que es fuente de tantas preguntas.
Y a pesar de lo difícil que es encontrarlo, muchas veces cuando llega, nos incomoda. Así por ejemplo, ¿cuántas conversaciones peligran cuando ninguno de los interlocutores, de repente, ya no sabe qué más decir? ¿cuántas mentiras se descubren cuando la excusa adecuada no surge rápida ante quien pide explicaciones? En esos momentos, el silencio nos hace naufragar, y buscamos cualquier ocasión para zambullirnos de nuevo en la palabrería y el alboroto.
No huyamos del silencio, no es nuestro enemigo. Dejemos que se acerque a nosotros de vez en cuando y nos calme la mente. Intentemos permanecer abiertos a las soluciones o sugerencias que puede aportarnos cuando tenemos dificultades. Disfrutemos de él. No dejemos que el ruido de fondo nos agobie y nos impida reflexionar; escapemos del mismo modo que apagamos la televisión cuando no nos gusta el programa. ¿O acaso el problema es que no sabemos apagar esa tele? No es tan difícil. Podemos irnos a pasear un rato a un parque tranquilo, dejando el móvil en casa y también las preocupaciones. O busquemos algún rincón apacible de nuestra casa, y meditemos un poco, dejando que cuerpo y mente se relajen. Hay mil maneras de encontrar momentos de paz y silencio, para centrar nuestra vida. La cuestión es quererlo... y hacerlo.
12 Ago 2009
¿Hombrecitos verdes?
Ayer estuve un rato contemplando las nubes mientras volvíamos a casa en el coche, y me quedé pensando en lo insignificante que parece nuestra vida si la situamos en el marco general del cosmos. Cada uno de esos seres humanos que íbamos en el coche en ese momento, consideramos que nuestra propia vida es lo más importante, de modo que todo lo relacionado con ella (salud, trabajo, amistad, amor, etc) constituye el principal centro de atención. Y esto es completamente normal y lógico. Pero si nos elevásemos más allá de esas nubes, hasta donde la distancia pierde su medida, tanto el coche como las personas en su interior nos convertiríamos en meros puntos de una de las millones de cuadrículas que perfilan nuestro planeta. Un simple punto más entre tantos otros.
Y qué decir si nos paramos a pensar que habitamos un planeta llamado Tierra, que es uno más entre los 8 que conforman el sistema solar (he eliminado Plutón, pues ya no se considera un planeta). Además se estima que, en la galaxia a la que pertenecemos, hay 200 mil millones de estrellas, y cada una de ellas es un sol como el nuestro, capaz de atraer a diversos planetas en torno a él. Por tanto, es fácil imaginarse cuántos planetas existen en nuestra galaxia... Podríamos continuar considerando los billones de galaxias que hay en el universo, cada una con sus correspondientes estrellas y planetas, pero creo que no es necesario, pues seguro que ya os habéis dado cuenta de lo que quiero decir: somos apenas nada en el conjunto del universo.
Y en medio de este mundo infinito, repleto de galaxias y sistemas solares, alguno de esos puntos vivos del espacio piensa que su planeta es el único que alberga vida inteligente... Es más habitual que la gente crea en un Dios o ser todopoderoso (que nadie ha visto pero por el que algunos llegan incluso a matar), que en la posibilidad de que haya vida fuera de nuestro planeta. ¿Acaso es tan imposible que en uno de los miles de millones de planetas, haya algún ser vivo? ¿Acaso solamente podemos considerar "vida" la que se ha desarrollado en nuestro planeta? Una cosa es creer que no existen hombrecitos verdes con tentáculos que nos quieran invadir, y algo muy diferente estar convencidos de que somos los únicos seres vivos e inteligentes en todo el universo. Me parece que deberíamos adoptar una perspectiva más humilde, y sobre todo, más cauta. Tratemos de ser menos extremistas y analicemos las situaciones con más detenimiento antes de emitir un juicio.
Personalmente, opino que la creencia en la existencia de vida más allá de nuestro planeta y nuestra galaxia no es descabellada. Lo habitual en las exploraciones científicas que parten hacia otros planetas, es que busquen vida similar a la nuestra, basada en el carbono y el agua, y como no la encuentran, concluyen que no existen seres vivos en ese lugar. Mas es posible que dichas formas de vida existan pero estén sustentadas sobre una base diferente a la nuestra. Puede ser cierto o no, pero mientras no haya pruebas concluyentes que demuestren su inexistencia, esta opción pertenece al campo de lo posible. ¿Qué os parece a vosotros? ¿Somos los únicos habitantes de este universo infinito?
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El prisma de la vida
SilviaSoy una asturiana residente en Valladolid desde hace un año. Química de profesión, poeta de corazón. Escribo cada miércoles en este blog. ¡Bienvenidos a mi pequeño rincón en internet!
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