13 Jul 2009

FINANCIACION LOCAL

Aunque no goce de muy buena prensa y se utilice como uno de los peligros a los que puede conllevar el exacerbamiento del sentimiento nacionalista, resulta indudable que el local es nuestro más fuerte carácter identitario. Somos de donde somos, lo que, aparte de una verdad de Perogrullo, viene a demostrar que el resto de pertenencias sentimentales -cuando de una tierra hablamos- pueden ser más artificiales que otra cosa. Las patrias -entendidas en el significado que se les da a las naciones actuales- y sobre todo las autonomías, son, en muy buena medida, construcciones políticas de tan reciente invención que nuestro cerebro y corazón no han tenido tiempo de asimilar.
La identidad territorial, la pertenencia a un grupo humano (nótese la cercanía de esas dos palabras, territorio y humano) es una cosa -¿qué será la identidad? ¿Un sentimiento? ¿Una idea? ¿Un carácter? ¿Una elección?- que únicamente necesita reafirmarse en la distancia. Decimos lo que somos, de dónde somos, cuando estamos lejos de lo que consideramos nuestro hogar, el sitio que es nuestro y que sirve para definirnos. Así, curiosamente, y por encima de todos los intentos peligrosos de establecer artificialmente sentimientos nacionalistas y autonomistas, cuando estamos fuera de España nos definimos como españoles. Sin orgullos ni reivindicaciones patrias o patrioteras, por ahí fuera deja de tener significado si eres vasco, catalán, gallego, castellanoleonés o del Alto Aragón. Para nosotros mismos y para los demás -que en esto de la identidad tienen mucho que decir los que nos miran, los otros- somos españoles. Bien, España es una realidad innegable -social, cultural e histórica- que no discuten más que los muy estúpidos. Somos españoles como otros son franceses, americanos o como Hércules Poirot era belga.
Y cuando estamos dentro de España, somos de un lugar mucho más pequeño, de un pueblo o una ciudad. Para referirnos a nosotros mismos, imagino que serán muy pocos los vallisoletanos que al preguntarles su lugar de origen no respondan que Valladolid y así ocurrirá con todas y cada una de las localidades que componen esta comunidad autónoma llamada Castilla y León.
La tribu. Hablamos de la tribu original, de la cueva protectora, de la comunidad humana que compartía vida y peligros con nosotros y a la que también confiábamos nuestra defensa. Así nacieron primero las ciudades -la señal identitaria más primigenia- y un poco después las naciones: un acuerdo, un agrupamiento de personas que compartían valores e intereses. La ciudad, o el pueblo, siguen conservando buena parte de su carácter original y por eso es la primera instancia a la que el ciudadano se dirige cuando tiene problemas. Lo local tiene una importancia tremenda en nuestra vida y está cuajado de símbolos que no conviene echar en el olvido. La importancia de lo local -y todas las previsiones políticas parecen indicar que ésta irá en aumento-, la influencia que los servicios municipales tienen y tendrán en nuestras vidas, es tan decisiva que no comprendo muy bien qué hacemos perdiendo el tiempo y las energías en hablar de la financiación autonómica.
Aun a riesgo de generalizar y de exagerar un poco, cuando los ciudadanos tienen problemas al primer sitio al que se dirigen es al Ayuntamiento. Porque es de Valladolid -o de donde sea- y sabe que Valladolid ha de protegerle. Y por eso, independientemente de las competencias políticas o de las transferencias que el Estado haya hecho a las autonomías, es el Ayuntamiento a quien le pedimos escuelas, consultorios, asistencia, comida si hay hambre, etcétera. Los municipios y toda su infraestructura son el primer escudo contra la adversidad. O así debería de ser y para eso se necesita una financiación adecuada que nadie parece estar dispuesto a estudiar y plantear.
Por el contrario, las autonomías, por su influencia política, por el poder de ciertos partidos nacionalistas -es muy fácil comprender su arraigo entre los ciudadanos, vistos los resultados económicos que obtienen con la constante reclamación- se llevan la parte del león sin haber logrado establecerse en el subconsciente colectivo como un poder cercano y paliativo de la desgracia. Sus mayores logros -que los hay, tampoco conviene ser demasiado injusto- se obtienen a través de la cooperación con los ayuntamientos y del aprovechamiento de su maquinaria. Se hace urgente, repito, negociar una financiación adecuada para el poder más cercano que poseemos y, de paso, hasta se lograría que los gestores municipales olvidaran un poco ese afán recaudador que los convierte poco menos que en vampiros. También, si lográsemos que sus arcas tuvieran algo más que telarañas -el dinero del Plan E se acabará enseguida- sería una buena manera de ir disminuyendo la maquinaria burocrática de esos 17 reinos autonómicos que cada día crecen más y más. Esta España no está para aguantar a 17 gobiernos que reproducen la estructura estatal y una excelente manera de gastar correctamente es hacerlo a través de la Administración local.
Y corre prisa, mucha prisa, que la bancarrota de los municipios no es ningún imposible y sus consecuencias pueden ser catastróficas.

06 Jul 2009

ESTA VIDA, ESTA ESTAFA

Podría dar la impresión de que nos apartan conscientemente, de que nuestro papel en la vida es el de poco privilegiados espectadores porque para mirar hay que tener información y nosotros apenas sabemos nada de nada. El mundo es grande y acaso -que no lo creo- lejos de aquí sucedan cosas diferentes y las gentes piensen que influyen más decisivamente en los acontecimientos, pero aquí, en esta España actual, estamos todos a verlas venir. Animalitos asustados que miran la realidad desde una rendija mientras acumulan alimentos en la estancia más oscura de la casa para cuando llegue el crudo invierno, para cuando el cielo se cubra de nubes oscuras y la nieve torne intransitables los caminos. Hormigas somos, usted y yo, a las que el mañana da miedo y que ahorran pensando en la próxima penuria. Dicen que las familias españolas han incrementado su capacidad de ahorro en un ocho por ciento, que la crisis nos vuelve previsores y que estamos esperando la hora de que nos digan que todo pasó, que ya podemos gastar sin miedo a las deudas e hipotecas, que el futuro se ha despejado. Enseguida ocurrirá, las máquinas registradoras llevan bastante tiempo notando un descenso en los ingresos y comenzarán las campañas del 'gaste gaste', del 'compre compre'. Es cuestión de salvación nacional que unos pocos sigan haciéndose más ricos: no podemos vivir sin su riqueza. ¿Cuánto ganan? Estamos en rebajas y vemos que se aplican descuentos del setenta, del ochenta por ciento… ¿Cuánto ganaban?
El caso es que aquí estamos, espectadores a ver qué pasa. Oímos los debates y hasta es posible que repitamos alguna frase en el bar de la esquina durante el fin de semana. No hay créditos. Fusión de las cajas de ahorros. Hay que subir los impuestos, modificar el mercado laboral. No hay que modificar el mercado laboral, hay que asegurar la protección social. Deuda. Déficit. Brotes verdes. Baja el paro, estacionalidad. El Tribunal Constitucional no se pronuncia a propósito del Estatuto catalán. Tres años ya, ¿dónde está la independencia del poder judicial? Financiación autonómica. Pan E. Plan Renove. Habrá que empezar a discutir acerca de la aumentar la edad de jubilación, dicen los mandatarios de las cajas de ahorro, a quienes tanto debemos y a quienes vamos a ayudar en sus fusiones tratando de que los políticos locales no pierdan poder.
Un día nos levantaremos y oiremos que la crisis ha terminado. Quizás entonces nos demos cuenta de cómo la carga del miedo ha encorvado nuestros hombros o tal vez no, tal vez nos limitemos a respirar aliviados a pesar de que, si hemos conseguido esquivar al jinete malo del paro, nuestra vida no haya experimentado ninguna variación. Quién sabe, si hemos ahorrado hasta es posible que salgamos de la crisis un poco más ricos. Y también un día se pronunciará el Tribunal Constitucional. Y llegará un día en el que cambie el gobierno, y otra vez y otra vez. Y ETA desaparecerá. Y habrá inviernos suaves e inviernos duros, veranos tórridos y tornará aquel verano raro de Sabina en el que no dejó de nevar.
Y un día, de pronto, estaremos fuera. Fuera. La vida nos pegará una patada en el culo. No hablo de que estaremos muertos, sino de que seremos viejos y lo miraremos todo con ojos de extrañeza, como si viéramos una película que no nos interesa demasiado. Y pensaremos que nuestro tiempo ha pasado y quienes nos vean pensarán que nuestro tiempo pasó. Y el recuerdo nos engañará como ahora veo que engaña a ciertas gentes, ya ancianas, que conozco bien y creeremos que un día influimos en los acontecimientos. Seremos exiliados de ninguna parte, de un país que jamás existió.
Conozco a personas que figurarán en los libros de Historia, que hablen de la España de los últimos 60 ó 70 años. Gentes que se supone que decidieron, que influyeron, que dirigieron… Creen que hicieron este mundo actual del que no entienden nada, esta vida de hoy que los echó a patadas y a la que miran sin entender nada. La vejez, creo, es incomprensión. Y hablan del ayer como de una época de actividad. Por eso a los de alrededor de cincuenta años les gusta tanto referirse a la Transición: imaginan que marcaron el rumbo, que tuvieron un papel protagonista. Y hasta buena parte de nuestra afición a la Guerra Civil, a novelarla, a estudiarla, a hacer películas sobre ella, proviene de esa ilusión, de que una etapa en la que el comportamiento humano fue de capital importancia. Pero no es verdad: los que hoy son viejos vieron a la vida cambiar, presentar los hechos consumados, desarrollarse como si fuera un organismo independiente. Y los que todavía no lo somos aquí estamos, aguardando a que las cosas sucedan, simples espectadores.
Esa sensación de extrañeza, que embargó también a cuantos hombres poderosos hubo en el mundo -desde el emperador que construyó la Muralla a Carlos V, desde César a Stalin-, quizá encuentre explicación para los creyentes en la idea de Dios; los biólogos hablarán de la fuerza de la vida; los físicos, del caos, de las leyes del azar, de la termodinámica… Pero, para usted y para mí, que estamos aguardando a que suceda algo mientras hacemos lo que siempre hicimos, todo esto no pasa de ser una estafa o una burla.

MENTIRAS PARA DAR MIEDO

Hace unos pocos días, en León, en una conferencia, el profesor Francisco Mora, catedrático de la Complutense y de la Universidad de Iowa, uno de los neurobiólogos de mayor prestigio en el mundo, aseguraba que los pecados de los padres acaban pagándolos los hijos. Los hijos o los nietos. Bien es verdad, explicaba, que no todos nuestros actos tienen las mismas consecuencias y que no son lo mismo los 'pecados' de juventud, los que cometemos durante la edad reproductiva, que nuestros errores o traumas más tardíos, cuando ya nos está vedada la posibilidad de descendencia, la oportunidad de multiplicarnos. Todo nos afecta, decía el profesor, todo nos altera, todo modifica nuestros genes. El ambiona: el paisaje, nuestro entorno, nuestra forma de vida; también está el genoma. Un gran disgusto, el 'estrés', la alimentación, si fumamos o amamos en exceso o en defecto... Somos de plastilina, como de aquel barro inicial, y transmitimos a nuestros hijos las consecuencias de nuestra vida. Luego ya no, en cuanto abandonamos la edad fértil todo es estéril: el cuerpo, el alma, la vida... Los cambios mueren en nosotros, con nosotros. Por eso, antes, la vida se encargaba de matarnos jóvenes; en cuanto cumplíamos la función reproductiva, dejaba de interesarse por nosotros. La Ciencia y la Medicina nos han dado más años, pero esa prórroga de la existencia es casi estéril. Podríamos hablar del Arte, de lo que nos transciende, pero mejor otro día.
Estábamos con que los hijos o los nietos pagan los pecados de los padres o los abuelos. El beso que di a los quince años, la conmoción, la emoción modificó un gen que tendrá su importancia cien, doscientos años después, que se manifestará en mis descendientes. ¿Cómo se llamaba la muchacha que me hizo estremecer? Naturalmente que no he olvidado su nombre, pero mis nietos no lo sabrán nunca, aunque deberán algún rasgo de su carácter, quizás la estupidez o la genialidad, acaso una enfermedad, el suicidio o la longevidad, quién sabe de aquella tarde de amor. Qué extraño es el pasado, qué rara la vida, qué complicada, bella. No recordaremos nada anterior a los dos años y medio, pero lo que nos ocurra en ese periodo también es trascendental. Quien maltrata a un niño, quien abusa de él -cuesta hasta escribirlo- está cambiando el futuro, aunque más tarde, adulto, no quede nada en consciencia.
El profesor Mora es un gran experto en el cerebro, en su envejecimiento, en su funcionamiento. Sabe de herencias, como los notarios, los registradores de la propiedad. Rajoy es, era, registrador de la propiedad.
Mienten los economistas cuando afirman que estamos hipotecando el futuro, que la deuda que generamos la arrastrarán generaciones enteras de desarrapados por nuestros pecados. Los pecados se heredan en genética, mucho menos en Economía. Con la excusa de un crecimiento exagerado del déficit, de la deuda, se congelan los servicios sociales en estos tiempos de crisis, cuando miles y miles de personas hacen cola ante los comedores de Cáritas para poder hacerse con un plato caliente. El director de Cáritas lo dijo muy claro: todos los organismos públicos abandonan su obligación de dar de comer al hambriento. Ni Estado, ni comunidades autónomas, ni ayuntamientos. Es verdad lo que dijo Silverio Agea, el hambre aumenta escandalosamente en España y haría falta un pacto de Estado para dar de comer.
Los políticos se niegan, el déficit, la deuda. Los neocom, los ultraliberales, aducen que España se está endeudando, que el país está en la quiebra y que la ruina durará mucho, más allá de nuestros nietos. Mienten, mienten, mienten, no hay más enfermedad más leve que la bancarrota. Padecerla es duro, es verdad, pero sus efectos son pasajeros como los de una gripe. Las naciones, por qué será, salen de la ruina mucho más fácilmente que las personas; en cuanto llega una época de vacas gordas reverdecen como muchachas en primavera. Olvidan fácilmente las penas, las penurias las naciones, y cuantos vaticinios se hacen acerca de su futuro resultan fallidos. Alguien, hablando de Alemania, se retrotraerá hasta el Tratado de Versalles, pero recordemos que en 1945 se hablaba de un país en ruina que tardaría varias generaciones en levantar cabeza. Pocos años después, los españoles comenzamos a emigrar hacia allí con nuestras maletas de cartón y la misma mirada con la que muchos llegan ahora a España.
Me temo mucho que la gran víctima de esta crisis será el llamado Estado de bienestar. Fueron cincuenta años dorados para Europa, pero parece que están llegando a su término. El déficit, que hay que bajar impuestos, que no podemos hipotecarnos -ellos, que han vivido y se han hecho ricos gracias a nuestras deudas-, que el futuro, que si el futuro... Para ahuyentar al fantasma del hambre venidera no les importa convocar al del hambre actual y quieren hacer el mundo que siempre quisieron hacer. Pero tenemos un buen mundo por estos lares y nos convendría conservarlo, conservarlo a toda costa. Y no dejarnos engañar por los profetas de un futuro inexistente ni que nos convenzan de que las economías son como los genes. El futuro sólo se cuida y prepara en las personas, pero se utilizan demasiados argumentos falsos para ir minando ese Estado de bienestar que es caro, es cierto, pero muy barato si lo comparamos con la alternativa que se nos ofrece. Bajen a ponerse enfermos por ahí fuera. O a estudiar.

22 Jun 2009

YA ESTÁ BIEN, AUTONOMÍAS

Qué se fue de las autonomías? No están muy lejanos los tiempos en los que cada Gobierno autónomo reclamaba el mérito de la buena vida, la paternidad de todos los avances sociales, médicos, técnicos, científicos y hasta morales que la España de los últimos veinte años ha experimentado. Cuando los bloques de viviendas surgían en los extrarradios con la facilidad con la que los champiñones nacen de esos fardos de paja humedecida; cuando los empleados de los concesionarios de automóviles de lujo miraban al potencial comprador como a un tipo molesto e incordiante; cuando hasta en los menús de diez u once euros pedíamos la botella de vino de treinta o cuarenta; cuando las calles de Londres parecían sucursales de Valladolid, de Madrid, de Bilbao y las etiquetas de la ropa se llenaron de palabras que no entendíamos, pero que aprendimos a fuerza de repetirlas; cuando las generaciones que aprendieron a leer y a escribir en la escuela pública se peleaban por llevar a sus hijos a los colegios más caros; cuando se nos olvidó que apenas ayer viajábamos a Europa con nuestra maleta de cartón y aquí empezamos a rechazar ciertos trabajos, reservándolos para los emigrantes; cuando pasaba todo eso y muchas más cosas, las autonomías aseguraban que todo ese bienestar procedía de su gestión, de su mano benefactora y se presentaban como enemigos naturales del Estado, el monstruo cuyo único objetivo era entorpecer todo ese bienestar local y a quien tenían que ir reclamando, arrebatando, todas las transferencias.
Eran los tiempos de las vacas gordas, aunque esas vacas estuvieran alimentadas únicamente con hierba y su gordura no fuese más que el vientre hinchado, y las autonomías y sus gobiernos se comportaban como los hijos desagradecidos que reclaman su herencia porque el padre está viejo y ya no sabe gestionar el patrimonio familiar; como los vástagos de aquel rey, Lear, que dio su herencia en vida se comportan las autonomías. Madrid funcionaba por Esperanza Aguirre; Cataluña, por Pujol o Maragall; Euskadi, por el PNV; Castilla y León, por Herrera, por Lucas; Navarra, por Sanz y su UPN, Castilla-La Mancha, por Bono... Así todos, sacando pecho, renegando del Estado, negando que las autonomías son parte sustancial de ese Estado y compitiendo en una carrera por ver quién le saca más fondos y le deja menos tareas. Gestionaban el cuarenta, el cincuenta por ciento del patrimonio y daba la impresión de que todo lo lograban a pesar de Madrid. No estuvieron a la altura, nadie, ni los gobiernos autónomos de derechas ni los de izquierdas, ni los nacionalistas ni ninguno. La práctica habitual era la traición al Estado del que forman parte como altos representantes. Algunos de esos gobiernos, incluso, se referían abiertamente al Estado español como su enemigo, aquel que impedía su desarrollo.
Y llega la crisis, queda patente que la vaca, el orgullo de la feria, está alimentada solamente con hierba, y las autonomías vuelven su mirada acusadora hacia papá Estado. Da igual que esos minirreinos gestionen equitativamente la mitad de los dineros que producen los impuestos de los ciudadanos -en algunos sitios, como el País vasco, el ciento diez por cien- y que hasta ayer mismo hayan estado sacando pecho, adueñándose de la prosperidad, el empleo y crecimiento que parecía no tener fin. Da lo mismo que la responsabilidad de la crisis económica les alcance y que su gestión haya contribuido en buena medida a estos tiempos de penuria: ellos esconden la cabeza y siguen señalando con su dedo sarmentoso a papá Estado, al Gobierno de turno. Muchos se esconden. ¿No han notado que los presidentes locales han desaparecido de la circulación? Es posible que algún asesor de imagen les haya aconsejado que durante estos meses es mejor mantener un perfil bajo, no asomar mucho la cara para que a nadie se le ocurra preguntar qué están haciendo para solucionar los problemas. Pero ya no veo tanto en la tele al señor Revilla, el presidente de Cantabria, y su séquito de anchoas en salazón. Y en Navarra es como si hubiera desaparecido aquel señor que en su día rompió su pacto con el PP. ¿Y el de La Rioja? ¿Qué me dicen del de La Rioja, un personaje salido de las novelas de Le Carré? Hasta el señor Montilla reclama un poco más bajito la nueva financiación, pero todos siguen poniendo palitos en las ruedas al carro del Estado y arrojando a su cara el guante de la acusación.
Desgraciadamente, las autonomías, que han servido para -perdón- vertebrar España y para acercar muchos servicios y administraciones al ciudadano, padecen dos peligrosos males que redundan en perjuicio de todos: o bien están infectadas por el virus del nacionalismo -lo que irremediablemente convierte a sus gobiernos en enemigos y no en representantes del Estado- o bien se utilizan como herramientas partidistas para tratar de desgastar al Gobierno de Madrid. En muchas ocasiones, los presidentes autonómicos sirven los intereses de partido -tanto el PSOE como el PP- mucho más que los generales que están obligados a defender.
Las autonomías han de dejar de una vez por todas su actitud de adolescente enfadado con el mundo y mucho más enfadado con su padre y dejar de esperar a que el Estado, el G-8, el G-20 u Obama resuelvan sus problemas. Como el niño que ni sabe ni quiere saber de problemas, cada año pasa para pedir su paga con la mano extendida y después refunfuñar que qué padre más rácano le ha tocado en suerte. Que están ahí para algo más que para inaugurar ferias y bailes regionales.

16 Jun 2009

LA FALSA DESUNIÓN EUROPEA

Acabamos de pasar las elecciones europeas y todos los políticos, los que se presentaban como los que no, han lamentado la escasa participación de la gente en estos comicios, asistencia a las urnas que apenas ha llegado al cuarenta y cinco por ciento, menos de la mitad del censo electoral. Tampoco, no vayan a creer, es que hayan puesto el grito en el cielo o rasgado las vestiduras o entonado un mea culpa con golpes de pecho. Con gesto circunspecto y la voz un poco engolada, como si fueran a decir algo interesante o importante, han deplorado el escaso interés cosechado, han hecho las consideraciones democráticas de rigor -ya saben, bla bla bla- y se han dirigido a sus asuntos, a sus escaños y a sus batallitas.
Los euro escépticos, los que no acaban de tener claro esto de Europa, los que no consiguen deshacerse de esa estructura tribal que organiza, en buena medida, nuestros cerebros, aprovechan para recordarnos lo lejana que todavía está una unión europea efectiva, el poco entusiasmo que despierta y el escaso o nulo interés que muestran los políticos hacia los problemas comunitarios. Y el hecho de que no haya un gobierno continental, sino que sean los propios gobiernos locales los que dictan las directrices de la Unión -hace muchos años ser llamaba Mercado Común. ¿Se acuerdan?- hace que siempre primen los intereses nacionales sobre los continentales.
Podríamos seguir dando vueltas a la noria hasta el mareo, utilizando argumentos que demostrarían que el poco fervor que levanta la Unión Europea y su parlamento entre los electores se debe a la división política, a que la alianza es ficticia y a que cada uno tira por su lado.
Pero no sería verdad. La fuga de los votantes de los colegios electorales se debe, principalmente, a la sensación de traición y abandono que embarga a millones y millones de europeos. La gente, pese a lo que suela afirmarse, suele ir muy por delante de los políticos y tiene perfectamente asumido que dentro de cincuenta años -probablemente menos; tal vez un poco más- de las entidades nacionales, de los países tal y como hoy los conocemos, no quedará más que el nombre, una referencia etimológica, poco más. Esas decenas de millones de electores que el domingo se quedaron en casa, justificaron su escaso entusiasmo electoral con el deplorable espectáculo político ofrecido en los últimos meses por nuestros mandatarios, en los comienzos de la crisis. No es verdad que en la Unión Europa exista una división paralizante: ¿no se acuerdan cómo todos los primeros ministros corrieron como ratas asustadas cuando el sistema bancario y financiero amenazaba con irse a la mierda? ¿Ya se han olvidado los rápidos, rapidísimos acuerdos que lograron para inyectar cientos de miles de millones euros en una economía -la financiera- que presentaba más agujeros que las botas de Carpanta?
Bien, se hizo. Los españoles, alemanes, franceses, ingleses... todos asistimos más o menos impávidos al fenomenal rescate que con dinero público ser hacía de intereses que bien podríamos llamar privados. Se hizo, se reunieron los europeos, los del G20, Cristo y la madre y los habitantes europeos no censuraron ni levantaron voces airadas. Se salvó a los bancos, y está bien, hace apenas siete u ocho meses y todos fuimos espectadores.
Y la crisis continuó, ese desbocado caballo del Apocalipsis siguió galopando, abandonó los espaciosos salones donde se reúnen los consejos de administración, y corrió a sus anchas por la calle. El paro, el temido paro asola Europa, devasta España, mucho más afectada que el resto de países. Se cierran fábricas, bancarrotas, no se dan créditos, se paralizan obras, se anulan pedidos… Dicen que nos aguardan dos años terribles, que el déficit y el paro se dispararán en España. También en otros lugares.
¿Y qué ven los europeos, los españoles, los ingleses que tenían que votar el pasado domingo? ¿Ven que sus primeros ministros, sus presidentes, pierdan el culo como cuando quien estaba en peligro eran los bancos? ¿Acaso consideran que sus políticos defienden sus puestos de trabajo con el mismo ardor, celeridad y recursos con los que salieron a proteger al sistema financiero? ¿Cuántas cumbres mundiales se han convocado para tratar de solucionar estos problemas que afectan a los ciudadanos de a pie?
Ninguna. Por el contrario, cada uno, en solitario, muchas veces en contradicción con el vecino, intenta sus propias medidas sin tener en cuenta que la crisis es global y que requiere acuerdos supranacionales. Está muy bien que el ayuntamiento de mi pueblo dedique unos meses a limpiar las cunetas, pero el capital que sostiene muchos centros de producción es internacional e internacionales han de ser las medidas. Lo vemos a diario con las fábricas de coches.
No es verdad que Europa esté dividida: sólo lo está cuando se trata de defender los intereses de la gente, no los de las grandes corporaciones. Y los votantes lo ven e imponen su castigo, su indiferencia, su rechazo. Hoy pasa en Europa, aparentemente sólo en Europa, y por eso los responsables políticos, que son torpes y cegatos, no le conceden mucha importancia. Siempre ocurrió, dicen. Pero que se anden con ojito, con mucho ojito, que enseguida vienen comicios más locales y el personal anda hasta las narices..

10 Jun 2009

ÁBRETE, SÉSAMO

La mirada está hecha de palabras y la palabra sigue siendo la puerta de acceso a todo conocimiento. El mundo siempre fue una cueva de Alí Babá en la que, para entrar, se nos exige la contraseña adecuada. Nuestra mente también está organizada para comprender a través de las palabras, la claridad lleva gracias a la verbalización, aunque sea interior, aunque únicamente nosotros oigamos el eco de lo pensamos. Naturalmente, esto que digo no tiene mayor fundamento científico que mi convicción y si alguien afirmara todo lo contrario, por ejemplo que es verdad esa tontería de que vale más una imagen que mil palabras, sus argumentos serían tan válidos como mi impresión.
Eso es lo que no acaban de comprender los sucesivos gobernantes y me temo que tampoco muchos de los maestros que tratan de educar a nuestros niños. Desgraciadamente, al final, una buena educación se resume en la buena suerte, en la 'buona' fortuna de dar con el educador adecuado que accione el resorte correcto que despierte nuestra curiosidad e interés. Pueden ustedes hacer la prueba y preguntar a ese conocido suyo tan sabio, tan listo: a buen seguro que les confirma que un día, en su remota niñez, en la escuela, hubo alguien que les susurró en el alma la contraseña secreta, la palabra mágica. «Ábrete, Sésamo». El ser humano, por sí solo, es un ente desvalido; la vida es una especie de laberinto en el que se necesita la ayuda de un guía que nos lleve de la mano, mucho más en nuestros primeros pasos. Puede haber alguien -aunque lo dudo- que haya tomado en solitario la senda de la curiosidad, pero lo normal es que esa persona sabia que usted conoce -y espero que admire- haya sido introducida en esa secta, en ese selecto club, por un viejo maestro.
De nada valdrán los sucesivos y fracasados planes de educación; para nada servirán las diferentes políticas y argumentos pedagógicos; si me apuran, hasta puedo afirmar que serán inútiles las más grandes inversiones de fondos, si no hay un buen maestro detrás que sustente y avale todo ese artificio. Pero lo cierto es que hay muy pocos, que se han ido acabando los buenos. Los males educativos de los últimos veinte o treinta años proceden, en su mayor parte, de lo mediocres que han sido y son los profesores que se encargan de las edades primeras. Claro está que la generalización es absurda y que existirán maestros admirables que se dejan la piel del alma por abrir la mente de los niños a la curiosidad de saber cómo funciona el mundo, pero en los últimos años he visto arrojar culpas sobre los niños, sobre la televisión, sobre el sistema, los videojuegos... Sobre todo, a todo hemos achacado responsabilidades del fracaso, como si el mundo se hubiese confabulado para crear unas generaciones de analfabetos ágrafos, indoctos e iletrados.
Pero muy pocas veces he visto que se culpara a los maestros: por el contrario, siempre se los convertía en víctimas, en los grandes damnificados de los cambios sociales que experimentó nuestra sociedad en las últimas dos o tres décadas. Y muchos de esos argumentos tenían su parte de verdad, no podemos negarlo: al niño se le han otorgado los derechos de un tirano sin que se les reclame ninguno de los deberes, se han convertido en reyes absolutos que intentan manejar el mundo a su antojo. Pero, al reclamar la vuelta de los buenos maestros, no añoro la vara y el tente tieso de antaño, sino algo tan simple como el amor a la sabiduría. Veo que los maestros pierden el culo por cumplir los absurdos programas, por acabar los libros, por rellenar los formularios, por explicar como papagayos las materias… Van como equinos con orejeras que no ven más allá de junio; su horizonte vital y profesional es ese mes de junio en el que cerrarán el libro y respirarán tranquilos por haber cumplido el mandato de su comunidad autónoma o de su ministerio.
¿Qué tiene eso que ver eso, ese comportamiento tan extendido con ser maestro? ¿Algún niño actual levantará la mano el día de mañana y pronunciará el nombre de alguien, de un profesor, que le confió la contraseña secreta para que se abriera la cueva del saber? La reciente promesa de Zapatero, formulada en el Debate del Estado de la Nación, de dotar a todas las escuelas de ordenadores y pizarras digitales es una gran cosa, una iniciativa maravillosa. Quien se oponga a ello es un tonto sin remisión y los inconvenientes -casi todos de carácter romántico- que pueda esgrimir de nada valen ante la posibilidad de que los niños tengan, desde su aula, acceso al universo, que eso proporciona Internet. Pero ese mundo que se abre como un abanico de nada valdrá, para nada servirá, si no hay un buen maestro que pronuncie las palabras que la mente del niño comprende.
Sí, han fallado los profesores, falla el personal docente en muchos casos (y atentos a la nueva y mal entendida disciplina que está empezando a nacer en las escuelas) y ése es un mal que hay que atajar de inmediato. Está bien, repito, dedicar millones a comprar ordenadores, pero a lo mejor las carreras pedagógicas necesitan ser repensadas y hay que empezar a prestar mucha mayor atención a la preparación y la aptitud de muchos nuevos maestros. Nada hay en el mundo de igual importancia para el desarrollo del espíritu y la mente, pero esa fenomenal herramienta la tenemos bastante desatendida.

19 May 2009

LA OFICIALIDAD DE LAS COSAS

Es muy sencillo entender lo que sucedió el pasado día, en la final de la Copa del Rey, en el estadio de Mestalla de Valencia, cuando TVE cometió uno de los ejercicios de censura más burdos y soeces de los que se tiene memoria. Televisión Española, en el mejor estilo de algunas televisiones autonómicas, decidió ahorrarnos el bochornoso espectáculo de miles y miles de espectadores silbando al Rey y al himno nacional. Y, como el censor suele ser un estúpido, no se les ocurrió otra cosa que conectar con Bilbao y con Barcelona mientras tal cosa sucedía, en la confianza de que la ausencia del himno pasara más o menos desapercibida. Luego, en el descanso, nos emitieron un vídeo trucado, burdamente manipulado, en el que el himno español sonaba como un trueno y algún espectador, tocado con chapela, se llevaba emocionado la mano al corazón. Un error humano, pedimos disculpas.
Qué cosa más absurda, dirán ustedes; como si en España no estuviéramos acostumbrados a espectáculos semejantes y no hubiésemos oído, mil veces, reclamar desde la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados la independencia para determinados territorios españoles. ¿Son tontos éstos de Televisión Española?, se preguntarán ustedes. ¿Es que no hemos contemplado en los telediarios de esa misma cadena cómo se quemaban banderas españolas y retratos de los Reyes? ¿Es que no sabemos que la bandera española brilla por su ausencia en la inmensa mayoría los organismos públicos de Euskadi y Cataluña, autonomías ambas cuyos equipos más representativos disputaban la dichosa final de fútbol?
Este anómalo -o no tan anómalo- comportamiento de los dirigentes de Televisión Española (yo, como ustedes, no me creo que la cosa se debiera a un fallo y que las responsabilidades hayan de solventarse con la destitución del jefe de Deportes) no encuentra explicación solamente en la estupidez que caracteriza al ser humano, sino que entran en juego otras circunstancias dignas de un análisis un poquito más serenado. La cosa en sí misma es muy sencilla y comprensible: la oficialidad de las cosas. Seguro que no me equivoco cuando afirmo que el baranda de televisión que ordenó censurar las imágenes de la pitada al himno y a los reyes fuma. Ese individuo fuma. O bebe, sin que ello quiera decir que sea un borracho. Pero bebe. O ha tenido novia o novio. La maldita oficialidad de las cosas, el momento exacto, 'alea jacta est'. Tenemos que remitirnos a la adolescencia, a los primeros cigarrillos a escondidas, a las primeras copas, a los primeros besos de amor... Bebemos, fumamos, nos enamoramos, pero lejos de las miradas de nuestros padres. El vicio, al tabaco, a la copita, al amor, se va asentando en nuestro interior y por la calle ya fumamos libremente, entramos en los bares y damos besos apasionados sin reparo, sin pudor. Esto del pudor es una característica de la niñez y de la madurez, la juventud es insolente, desvergonzada, maravillosa. Todo eso lo hacemos fuera, en la calle, pero en casa mantenemos las formas y abrimos la ventana de nuestra habitación para que se airee el humo del cigarrillo.
Hasta que un día decidimos que ha llegado el momento y encendemos el pitillo en la mesa familiar, nos servimos un vaso de vino en la comida o llevamos a nuestra pareja a casa. La cosa se hace oficial, ya no hay marcha atrás, tu padre te mira con ese pitillo y, por un instante, es como si fuera tu primer cigarrillo, tu primera copa, tu primer beso. 'Alea jacta est', que diría César mientras se dirigía a la Galia, aunque parece ser que eso también es mentira.
Pues el tonto de Televisión Española que censuró las imágenes de la final de la Copa del Rey entre el Barcelona (qué malos son todos los demás equipos españoles) y el Athletic de Bilbao es como ese padre que sabe perfectamente que su hijo fuma fuera de casa, pero que no consiente de ninguna manera que lo haga ante él. ¿Qué muchos vascos y catalanes reclaman independencia de España? Que lo hagan. ¿Qué queman banderas? Que las quemen. ¿Qué queman retratos de los Reyes? Que lo hagan. ¿Qué silban al himno español o que lo suprimen de sus actos públicos y deportivos? Que hagan lo que quieran. Pero, por Dios, que la cosa no adquiera oficialidad haciéndolo delante de sus majestades y en presencia de varias decenas de millones de espectadores.
Lo único que hacía especial esa noche, lo que la diferenciaba de muchas otras, era la presencia de los Reyes en el palco. Pero estoy seguro de que el censor que ordenó que no se pinchara la cama adecuada -la retransmisión del partido fue nefasta, hubo sólo césped, ni una imagen de ambiente, de palco, nada de nada- no lo hizo para 'proteger' a sus Don Juan Carlos y Doña Sofía, sino a nosotros. Sí, a usted y a mí, que tales buenos sentimientos suelen embargar a los inquisidores y a quienes arrojan libros o herejes a la hoguera. En cierta medida, pensó, la sonora pitada ante las narices reales era como si nos arrebatara la inocencia, como si nos convirtiera en adultos de repente. No quiso de dejáramos de ser niños ni que encendiéramos un pitillo en la mesa familiar ni que lleváramos a nuestra pareja a nuestra habitación. No quiso que los independentistas -de eso habría mucho que hablar, pero el artículo se acaba- adquieran categoría oficial.

10 May 2009

¿CUÁNDO SE JODIÓ ELPAÍS?

Que la recesión será larga y dolorosa lo escuchamos hasta en la sopa y ni siquiera los políticos, acostumbrados a mentir, se atreven a poner una fecha para salir de este túnel en el que nos encontramos. La verdad es que yo les agradezco esa renuncia a las profecías -aunque de vez en cuando salgan con tonterías poéticas como eso de 'los brotes verdes' de la ministra Salgado. Supongo que habrá leído hace poco alguna antología de Machado (los políticos, salvo excepciones que no me atrevo a decir honrosas, únicamente leen antologías que les preparan sus asesores) y recuerda aquello de que «al olmo viejo hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido»-, profecías, decía, que siempre resultan falsas y hasta disparatadas. Además, con ese tipo de advertencias -ya saben, a finales del 2010, principios del 2011, tercer trimestre del 2009- siempre saco la impresión de que la marcha de la economía es una especie de 'fatum' inevitable, como si se rigiera más por las normas de un destino insalvable que por las acciones humanas.
Larga y dolorosa, aseguran, será esta especie de travesía del desierto que el mundo padece y -juran y perjuran- resultará mucho más penosa para España, donde la crisis se agudiza con un paro verdaderamente intolerable. Da hasta miedo contemplar la perspectiva de cinco millones de parados, la imagen es más pavorosa que la de aquel santo -o santa, ya no recuerdo bien quién era- que veía caer almas al infierno con la abundancia de los copos de nieve en una gran nevada. ¿Por qué España sufre mayor paro que Europa? Porque todos los gobernantes españoles de los últimos veinticinco años han resultado nefastos para la salud de este país. Aquí no nos hemos preocupado más que de hacernos ricos, de ganar elecciones y de hacer casas. Zapatero también, tan culpable como González y Aznar.
Pero eso ya está hecho, el futuro no existe y el pasado es imposible de modificar. Aceptemos que estamos hechos unos zorros, apuntalemos el edificio para que resista sin derrumbarse y vamos, de una vez por todas, a hacer las cosas bien. Convirtamos la necesidad en virtud y saquemos adelante esta realidad que ahora parece que se desmorona ante nuestras propias narices.
Porque no han sido únicamente la avaricia y la falta de previsión de nuestros políticos y de los empresarios que no supieron diversificar sus inversiones las causas de esta crisis actual. También hay que contar con la estupidez, con la cerrazón española -un poco innata, seamos justos- que hizo que cuando había abundancia de dinero y de aparente progreso no se dedicara nada extra a la educación. Desde que el ministro Solchaga dijera -ya ha llovido, pero es una cosa que merecería estar en la historia de España- que aquí era más fácil hacerse rico que en ninguna otra parte del mundo, la educación se fue a la mierda. Un personaje de Vargas Llosa se pregunta, en una de sus novelas, que «cuándo se jodió el Perú». Zavalita, se llama el personaje, y 'Conversaciones en la catedral', la novela, por si hay alguien con la suerte de no haberla leído aún. Bueno, pues es muy probable que España se jodiera cuando Solchaga pronunció esa frase. El Audi, el BMW, el Mercedes, el chalé, el reloj IWC, la operación de tetas, el restaurante más caro, el hotel más desproporcionado, los viajes en primera, el vino carísimo... ¿Cuándo se jodió España? Cuando hacerse rico era más fácil que en cualquier otro lugar del mundo. Cuando un bloque de pisos daba más rentabilidad que la investigación, que la educación, que la dotación de las universidades, que la lectura. Cuando los analfabetos millonarios disfrutaban de prestigio social y poder político. Se jodió el país.
Pero lo hecho, hecho está, y no vamos a ir metiendo a la cárcel a los políticos que lo alentaron o permitieron. De ese pecado hemos participado todos y, lo que es peor, nuestra mayor esperanza parece radicar en que podamos seguir haciéndolo. Todos los esfuerzos, ruegos, afanes y dineros parecen ir dirigidos a que las aguas vuelvan a su cauce anterior y no oigo ni a personas relevantes, ni a instituciones ni a bancos que nuestro verdadero cáncer proviene de un fracaso escolar inasumible y vergonzoso; de que ninguna de nuestras universidades figure entre las doscientas más importantes y mejor valoradas del mundo; de que nuestro conocimiento de lenguas extranjeras -centrémonos en el inglés, que si nos referimos al alemán, chino o ruso la carcajada puede matarnos- es penoso; de que nuestra inversión per capita en educación es risible. Y todo eso es así porque no se ha querido remediar, lisa y llanamente, que para arreglar otros agujeros enseguida se encuentran miles de millones.
Para que la próxima crisis -si es que salimos de ésta- no nos coja con los pantalones bajados, tendríamos que ponernos manos a la obra. La tarea tampoco es demasiado ingente, las cosas se arreglan más rápidamente de lo que puede parecer y en diez o veinte años -con voluntad y recursos- a este país, que diría Alfonso Guerra, no le conoce ni la madre que le parió. Olvidemos nuestra vergonzosa historia reciente -ya harán los historiadores el recuento exacto de lo que hemos perdido- y pongámonos a hacer un país decente, honorable, culto y emprendedor. Invirtamos -no sólo dinero- en ese bien magnífico que es la cultura, la educación y la próxima generación no vivirá solo del ladrillo.

04 May 2009

EL AGRADABLE APOCALIPSIS

Cuiden a su pareja como oro en paño, que parece que a la vida se le ha despertado su espíritu recaudador y quiere dejarnos en pelotas, más pobres que las ratas. ¿Se acuerdan: tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor? El dinero ha volado, que si no se lo llevó la hipoteca -almacén de caballos, dice mi niño, con una cierta lógica etimológica- se lo robaron los de Afinsa o Fórum -¿en qué mundo vivimos, miles de millones estafados y nadie en la cárcel?-, la caída de la Bolsa, la crisis o sabe Dios qué otra cosa. Dos cosas hay en la vida y ahora nos amenazan con arrebatarnos la salud. Una nueva gripe, dicen, que acabará infectando a más de la mitad de la población y cuyo potencial, como ese adolescente que toca bien el balón, pero cuyo desarrollo futuro ignoramos, nos es todavía desconocido. La gripe normal, la de toda la vida, la que vuelve llorosos los ojos y la nariz goteante, mata cada año a tres mil personas en España. Yo, la verdad, nunca he conocido a nadie que muera por un catarro, pero en estos días todos los periódicos dicen que fallecen tres mil personas por la gripe, así que será verdad. Tres mil difuntos son ocho o nueve fiambres diarios, más víctimas que por los accidentes de tráfico. ¿Ha sufrido usted alguna tragedia cercana por accidente de coche? ¿Y por la gripe?
Pero bueno, vale, que sean tres mil. Este nuevo virus todavía no ha matado a nadie no ya en España, sino en Europa, y ya ocupa las portadas de todos los medios de comunicación. Pandemia, qué bonita palabra. A los periodistas les gusta escribir bonitas palabras en las portadas. Pandemia, peste, mortandad, ruina, crisis, corrupción, desastre… Palabras eufónicas, plenas de significado y que -estoy convencido- provocan un placentero estremecimiento en nuestro interior.
Las compras, muchas compras, aseguran los expertos en márquetin, no se realizan obedeciendo a criterios racionales. Son muy pocos, por ejemplo, los que adquieren un coche pensando únicamente en que se trata de un vehículo que ha de transportarles de acá para allá y cuyas máximos atractivos han de ser la eficacia y la economía. La vida tampoco se vive de una manera racional, tal vez tuviera razón Freud con aquello de Eros y Tánatos, el sexo y la muerte, las dos pulsiones más poderosas en el ser humano. El sexo, de momento, vamos a dejarlo de lado, que no están los tiempos para darnos homenajes ni mucho menos para andar presumiendo, pero en lo de la muerte no andaba del todo descaminado.
Yo, que si no soy viejo me voy haciendo mayor aunque no me lo crea, me acuerdo hasta de la amenaza del ébola. Ébola, para los más jóvenes, no es un modelo que la Renault vaya a fabricar en Valladolid, sino un río del Congo -creo que entonces se llamaba Zaire- en donde, allá por 1976, se descubrió un virus al que se le llamó de esa manera. El ébola -como pasó después con las vacas locas, con la gripe aviar, con un montón de epidemias que surgen cíclicamente- iba a liquidar a una gran parte de la Humanidad en cuatro días. Aquello era el acabose, se hicieron hasta películas con argumentos catastróficos.
Ignoro, ya les digo, en qué acabará esto de la gripe porcina -ya no se llama así, los productores de cerdos se han quejado y ahora su denominación es AH1N1, que parece un robot de la Guerra de las galaxias- y si acabará mutando para convertirse en otra peste negra o en otra gripe española, por no retroceder tanto en el tiempo. Pero la posibilidad es atrayente. Pandemia, gritan los profetas mediáticos como hace ocho siglos los profetas del fin del mundo gritaban peste, y todos salimos a escucharlos porque sus voces destempladas no acaban de desagradarnos.
¡Qué bicho más raro es el ser humano! Nunca, dicen los expertos, estamos más vivos que en las guerras, en las calamidades. Desaparecen los infartos, las depresiones… Necesitamos sentir cercana la respiración de Tánatos, el hijo de la Noche, el hermano gemelo de Hypnos, el sueño; la presencia perturbadora del hermoso jovencito al que Heracles encadenó cuando descendió al Infierno en busca de Alcestes, la virtuosa esposa de Admeto (yo, por una esposa virtuosa, no voy a ningún lado). Necesitamos que algo, a la manera de los antiguos emperadores romanos, nos susurre al oído que somos mortales, que la vida es pura incertidumbre, que la muerte se agazapa en cada vuelta de la esquina. La aventura de la vida, la aventura de vivirla. Y por eso inventamos amenazas, el año 1000, el fin del mundo, el meteorito, la batalla de Armagedón, la gripe aviar, las vacas locas, el ébola, la gripe AH1N1... Me temo que el cambio climático es otra cosa.
A lo mejor es que, en el fondo de nosotros mismos, hay un gen que necesita sentirse vulnerable. Antes eran los dioses los que jugueteaban con nuestro destino. Luego vino el hombre del saco, el lobo, la bruja mala, la madrastra, el sacamantecas, el destripador... El miedo se habitúa a los nuevos tiempos y ahora son los virus las herramientas de la catástrofe. Las armas nucleares, los misiles con cabezas atómicas han dejado paso a los virus y sus mutaciones. La peste, la nueva peste, la gripe que surge y que se une a la crisis económica para que todo contribuya a dar la impresión de Apocalipsis.
No sé si llegaremos al domingo que viene. Si algo no nos mata, aquí nos veremos.

Escrito por: val 0 comentarios 04 May 2009 URL Permanente Compartir
Tags: , ,

30 Abr 2009

Pues vale, reformemos

El patio anda revuelto, la proximidad de las elecciones europeas excita a los políticos como la llegada de un cantante de moda alborota a sus fans. ¿Para qué vive un ser humano? No está muy claro, muchos de nosotros seríamos incapaces de mencionar una razón primordial, pero los políticos viven única y exclusivamente para las elecciones. Nada hay más allá de los comicios, todo ha de supeditarse a las urnas. Tienen la ventaja sobre los demás mortales de que ellos sí que saben cuándo vendrá el amo -pienso en la parábola bíblica- y, además, la cita con el destino se produce muy a menudo. La vida de los políticos es muy rica, su sentido está muy claro y además tienen la oportunidad de hacer balance vital cada poco tiempo. Entre elecciones generales, autonómicas, europeas y locales -hay que añadir las reuniones congresuales, las votaciones dentro de su partido, las diputaciones...- no hay año en el que no se enfrenten al verdadero objetivo de su existencia: ser elegidos.
Nada se puede comparar al sillón oficial, todo lo demás es una especie de exilio, de muerte. Aunque en España la política pueda parecer una especie de oposición a la riqueza -no porque sus señorías se lo lleven crudo, sino porque a todos parece estar aguardándoles un puesto ejecutivo o consultivo magníficamente pagado. González, Aznar, Zaplana, Acebes, Martín Villa, Rato, Josu Jon Imaz...-, lo cierto es que la inmensa mayoría de ellos se dejarían cortar una mano por volver. Volver aunque fuera con la frente marchita y las nieves del tiempo plateando las sienes -o los bigotes-, pero volver, estar otra vez vivos, respirar poder. Un día me lo decía Valdano: «Lo daría todo por volver al campo, nada hay como la cancha». Háganme caso: los que están fuera se sienten muertos, están muertos, aunque vuelen en avión privado o den conferencias en elitistas universidades.
Se acercan las europeas y se revuelve el gallinero. Da lo mismo que esas elecciones apenas interesen a nadie, les da igual, es pura excitación en vena. Pura excitación aunque se disfrace de crisis, de economía, de pensiones, que parece ser el tema de moda. Pero no se dejen engañar. Miguel Ángel Fernández Ordóñez, el gobernador del Banco de España, no manifiesta tanto su preocupación por el bienestar de los viejecitos venideros como su malestar por no haber sido nombrado ministro de Economía. Qué cosas, la Seguridad Social no corre riesgo de bancarrota hasta que nombran ministra del ramo a la Salgado y no a él. Y, hablando de entendidos en Economía, muchos de ustedes se preguntarán dónde anda Borrell. ¿Se acuerdan de Borrell? Zapatero le tachó de la lista cuando se opuso en el Parlamento europeo a la llamada 'Directiva de la vergüenza', una infamia a los derechos humanos perpetrada por el grupo socialista.
Y ahí andan liados. El PP sabe que ha mordido un punto doloroso y anda con las pensiones para arriba y para abajo, el miedo como arma electoral traicionando el Pacto de Toledo, aquel acuerdo que aseguraba la subida de las pensiones precisamente para evitar que fueran utilizadas como arma partidista. Y el PSOE diciendo que lo peor de la crisis ya ha pasado, engañándonos, y acusando a Rajoy de no querer hacer políticas sociales. Hasta Aznar ha entrado en liza para decir que los parados tienen que espabilarse, que ya está bien de comer la sopa boba. Aquí, como ven, la sopa boba no la comen más que los parados y los jubilados. Miserias de los unos y de los otros que no buscan más que el voto, los pocos votos de las elecciones europeas. Seguirán así hasta junio.
A mí me parece muy bien que se abra un sereno y profundo debate acerca de la posible reforma de las pensiones y del mercado de trabajo. No acabo de entender muy bien porqué, siempre que se habla de las reformas necesarias, se da por sentado que han de resultar perjudiciales para la gente. Reformar el mercado laboral no tiene que significar necesariamente que los obreros pierdan todos sus derechos y que se conviertan en esclavos. Y discutir acerca de los cambios en las pensiones no puede ni debe significar que rebajen las cuatro perras que cobran muchos jubilados. Vamos a hablar de reformas, es necesario y urgente, pero no vayamos a aceptar de entrada los recortes.
Tal vez, piensen lo que piensen MAFO y el ex ministro Sevilla, una reforma en profundidad de la Economía, un mayor control de los Estados sobre los movimientos de dinero y las ganancias de las empresas en épocas de vacas gordas, la supresión de los paraísos fiscales y la desaparición de los bonus que negocian muchos ejecutivos, conllevan una sustancial mejora de las políticas sociales.
Digan lo que digan, este tinglado no se ha venido abajo porque las pensiones estuvieran altas ni porque los trabajadores acumularan excesivos derechos; tampoco porque el subsidio de paro bloqueara nuestra economía. Las razones de la hecatombe -todos lo sabemos- están en otra parte, pero yo sólo oigo hablar de reducciones para los mismos, siempre para los mismos. Los trabajadores de Seat han aceptado bajarse el sueldo para poder fabricar en Cataluña el nuevo todoterreno de Audi. Y el Estado y la Generalitat han prometido a la empresa 300 millones de euros. ¿Cuánto gana Eric Schmitt, el presidente de Seat?: varios millones de euros.
Hablemos de reformas, hablemos.

Sobre este blog

Avatar de val

CANTA UN CARRO

Tomás Val es escritor y periodista.

ver perfil »

Tags

Suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):