Que la recesión será larga y dolorosa lo escuchamos hasta en la sopa y ni siquiera los políticos, acostumbrados a mentir, se atreven a poner una fecha para salir de este túnel en el que nos encontramos. La verdad es que yo les agradezco esa renuncia a las profecías -aunque de vez en cuando salgan con tonterías poéticas como eso de 'los brotes verdes' de la ministra Salgado. Supongo que habrá leído hace poco alguna antología de Machado (los políticos, salvo excepciones que no me atrevo a decir honrosas, únicamente leen antologías que les preparan sus asesores) y recuerda aquello de que «al olmo viejo hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido»-, profecías, decía, que siempre resultan falsas y hasta disparatadas. Además, con ese tipo de advertencias -ya saben, a finales del 2010, principios del 2011, tercer trimestre del 2009- siempre saco la impresión de que la marcha de la economía es una especie de 'fatum' inevitable, como si se rigiera más por las normas de un destino insalvable que por las acciones humanas.
Larga y dolorosa, aseguran, será esta especie de travesía del desierto que el mundo padece y -juran y perjuran- resultará mucho más penosa para España, donde la crisis se agudiza con un paro verdaderamente intolerable. Da hasta miedo contemplar la perspectiva de cinco millones de parados, la imagen es más pavorosa que la de aquel santo -o santa, ya no recuerdo bien quién era- que veía caer almas al infierno con la abundancia de los copos de nieve en una gran nevada. ¿Por qué España sufre mayor paro que Europa? Porque todos los gobernantes españoles de los últimos veinticinco años han resultado nefastos para la salud de este país. Aquí no nos hemos preocupado más que de hacernos ricos, de ganar elecciones y de hacer casas. Zapatero también, tan culpable como González y Aznar.
Pero eso ya está hecho, el futuro no existe y el pasado es imposible de modificar. Aceptemos que estamos hechos unos zorros, apuntalemos el edificio para que resista sin derrumbarse y vamos, de una vez por todas, a hacer las cosas bien. Convirtamos la necesidad en virtud y saquemos adelante esta realidad que ahora parece que se desmorona ante nuestras propias narices.
Porque no han sido únicamente la avaricia y la falta de previsión de nuestros políticos y de los empresarios que no supieron diversificar sus inversiones las causas de esta crisis actual. También hay que contar con la estupidez, con la cerrazón española -un poco innata, seamos justos- que hizo que cuando había abundancia de dinero y de aparente progreso no se dedicara nada extra a la educación. Desde que el ministro Solchaga dijera -ya ha llovido, pero es una cosa que merecería estar en la historia de España- que aquí era más fácil hacerse rico que en ninguna otra parte del mundo, la educación se fue a la mierda. Un personaje de Vargas Llosa se pregunta, en una de sus novelas, que «cuándo se jodió el Perú». Zavalita, se llama el personaje, y 'Conversaciones en la catedral', la novela, por si hay alguien con la suerte de no haberla leído aún. Bueno, pues es muy probable que España se jodiera cuando Solchaga pronunció esa frase. El Audi, el BMW, el Mercedes, el chalé, el reloj IWC, la operación de tetas, el restaurante más caro, el hotel más desproporcionado, los viajes en primera, el vino carísimo... ¿Cuándo se jodió España? Cuando hacerse rico era más fácil que en cualquier otro lugar del mundo. Cuando un bloque de pisos daba más rentabilidad que la investigación, que la educación, que la dotación de las universidades, que la lectura. Cuando los analfabetos millonarios disfrutaban de prestigio social y poder político. Se jodió el país.
Pero lo hecho, hecho está, y no vamos a ir metiendo a la cárcel a los políticos que lo alentaron o permitieron. De ese pecado hemos participado todos y, lo que es peor, nuestra mayor esperanza parece radicar en que podamos seguir haciéndolo. Todos los esfuerzos, ruegos, afanes y dineros parecen ir dirigidos a que las aguas vuelvan a su cauce anterior y no oigo ni a personas relevantes, ni a instituciones ni a bancos que nuestro verdadero cáncer proviene de un fracaso escolar inasumible y vergonzoso; de que ninguna de nuestras universidades figure entre las doscientas más importantes y mejor valoradas del mundo; de que nuestro conocimiento de lenguas extranjeras -centrémonos en el inglés, que si nos referimos al alemán, chino o ruso la carcajada puede matarnos- es penoso; de que nuestra inversión per capita en educación es risible. Y todo eso es así porque no se ha querido remediar, lisa y llanamente, que para arreglar otros agujeros enseguida se encuentran miles de millones.
Para que la próxima crisis -si es que salimos de ésta- no nos coja con los pantalones bajados, tendríamos que ponernos manos a la obra. La tarea tampoco es demasiado ingente, las cosas se arreglan más rápidamente de lo que puede parecer y en diez o veinte años -con voluntad y recursos- a este país, que diría Alfonso Guerra, no le conoce ni la madre que le parió. Olvidemos nuestra vergonzosa historia reciente -ya harán los historiadores el recuento exacto de lo que hemos perdido- y pongámonos a hacer un país decente, honorable, culto y emprendedor. Invirtamos -no sólo dinero- en ese bien magnífico que es la cultura, la educación y la próxima generación no vivirá solo del ladrillo.
